Qué locura
Definir con precisión el límite que separa lo normal de la locura es tarea compleja, probablemente imposible.
Si admitimos que la normalidad (o lo que por ella se entiende socialmente) se basa en inhibiciones, habría que darle razón a Pascal cuando decía que el hombre es necesariamente loco y que el hombre normal es aquel que no excede ninguna medida; claro, Pascal se refería a que, sin cierta locura, no habría sabios, santos ni héroes.
En la misma línea está aquello, más poético, de Calderón de la Barca: «Pues ningún loco se hallare/ que más incurable fuera/ si ejecutara y dijera/ un hombre cuanto pensare».
Pero ahora hay otro ejemplo, por cierto mucho más vulgar aunque también más conmovedor.
Es el caso de la uruguaya Alda Ribeiro, detenida en Bolivia junto a su marido, bajo la acusación de terrorismo: ambos serían responsables de dos atentados con explosivos en hoteles de La Paz.
Hay quienes dicen que Alda es culpable y finge inocencia; hay quienes dicen que es inocente y cayó en una trampa, embobecida por el hombre que la conquistó. Se trata de una cuarentona atractiva, oriunda de Rivera, a la que las pocas fotos que la captaron muestran en un estado de enajenación mientras declama que no hizo nada, trata de maldito a su esposo y pide que lo maten.
Culpable o inocente –la justicia boliviana dirá– no hay duda de que, aunque por ahora no le alcanza para sabia, santa ni heroína, está loca. Al menos en esa concepción popular, con mucho de sentido común, que una persona simple usa para analizar algunos comportamientos.
Atienda, lector, estos datos: el marido de Alda es norteamericano, se presentó en Bolivia como ciudadano de Arabia Saudita, le descubrieron un pasaporte donde figura como sacerdote, declaró a los cuatro vientos ser admirador de Bin Laden y puso una empresa de venta de explosivos, fuegos artificiales y licores. Además, tenía unas fotos con Alda posando desnuda sobre cajas de dinamita.
Alda, lo tuyo no es normal. Si lo de loca es excesivo, de pelotuda al mango se te puede calificar. *
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