Programas que abonan el lado oscuro del corazón

¿Qué papel cumple la televisión privada?

No voy a tomar como tema de esta nota la tragedia ocurrida en Young. No me corresponde analizar si hubo negligencia, impericia, irresponsabilidad, imprevisión u omisiones. Tal vez haya habido un poco de todo eso ya que las cosas no ocurren porque sí, pero entiendo que la investigación es tarea de las autoridades (municipio, policía, juzgado) y de los organizadores de la prueba.

No se trata, pues, de señalar culpables. De eso se ocupará el juez, a quien compete establecer las responsabilidades del caso.

Pero lo que sí me interesa es detenerme en las características del programa televisivo que organizó la fiesta devenida en tragedia. Me apresuro a aclarar que en modo alguno pretendo echar la culpa del luctuoso suceso al programa en cuestión. Lo que pretendo es poner en tela de juicio la pertinencia de ciertos modelos de programas de televisión que explotan determinados mecanismos del alma humana.

Me refiero a los programas de televisión que, como «Desafío al corazón» de canal 10, pretenden ser filantrópicos y en los que abunda un componente cursi o sensiblero. Son propuestas de comunicación que trabajan a dos puntas: con el pretexto de ayudar pecuniariamente a alguna institución en escombros (hospitales, escuelas, cotolengos, y todo organismo que desarrolla una tarea loable), se ofrece al público televidente un espectáculo circense, donde hay riesgos reales para los participantes sometidos a exigencias especiales para sortear pruebas o cumplir tareas.

En tales condiciones, el éxito está asegurado. Es una forma de alimentar el morbo natural del ser humano, el lado oscuro del corazón, disfrazado de obra de beneficencia. El mismo lado oscuro que añora el coraje de los malevos, que asiste a una una exhibición de pugilato, que se emociona con los trapecistas arriesgando su vida, o que asiste a los espectáculos taurinos. Es la versión moderna de aquellos que estimulaban a los gladiadores en el circo romano; y es el mismo sentimiento que también los hace disfrutar corriendo algún riesgo, realizando alguna actividad peligrosa para su propia integridad física, que los hace sentir un placer morboso viendo una película de terror, o que los impulsa a subirse a la montaña rusa para lograr que se libere adrenalina.

Me entero de que el canal 10 ha resuelto, con buen tino, «levantar» el ciclo de este año del programa «Desafío al corazón», para el cual ya había material grabado con pruebas realizadas en México y Miami; también han postergado el anunciado lanzamiento de «El gato y el ratón», un programa de estilo «cacería» con pruebas, aventuras y deportes extremos.

Este último adjetivo nos da la clave: deportes extremos, que es como decir situaciones límite. En rigor, el mecanismo es similar al que emplean los llamados reality shows, esa suerte de exhibición impúdica de la intimidad de una serie de individuos que exponen su privacidad de modo tal que otros puedan ver sus reacciones, sus emociones, sus sentimientos. Y el público voyeur, los telespectadores, encuentran muy entretenido ver cómo van a hacer caca, qué cocinan, a qué juegan, cómo discuten; y de paso se nutren con las sesudas reflexiones que los participantes exponen en sus diálogos profundos.

Se ve que toda esa basura integra el lado oscuro del corazón, pues del mismo modo que para que una relación sadomasoquista sea tal es preciso contar con un individuo sádico y otro masoquista, los reality shows suponen la participación de exhibicionistas (los protagonistas del programa) y de voyeurs (los televidentes).

Tonto sería negar que la televisión es un formidable medio de comunicación, especialmente apto para informar, divulgar conocimientos y entretener. Sin embargo, esta última función parece ser la única que cumplen las emisoras privadas; a eso se reduce su papel. Y para colmo de males, todo vale para ese fin; incluso usar y promover ese lado oscuro del alma humana.

Y no me vengan con el argumento de que es lo que a la gente le gusta o lo que la teleaudiencia espera. La única razón de atosigar al telespectador con enlatados, shows chabacanos y programas como los señalados radica en que es el medio más fácil de obtener beneficios económicos. No importa que lo que se ofrece en la pantalla embrutezca a la población.

La tarea de los gobernantes, de las personalidades prestigiosas y de las instituciones, entre ellas los medios encargados de transmitir valores y de formar opinión, debe apuntar precisamente a lo contrario, no al camino fácil de complacer a la masa, de estimular el mal gusto y las inclinaciones jodidas del alma humana.

Aunque sean privados, los canales usan ondas públicas. Bien podría exigírseles un compromiso mayor con la tarea de inculcar valores y divulgar cultura.

Digo yo, ¿no? *

(*) Periodista

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