Es el miedo
Esto lo escribió Camilo Cela. En Orense vivió don Romualdo Vaqueriza, quien motejaba al bidet de cabeza de puente de la masonería en la vetusta civilización hispánica; la gente, como no sabía qué quería decir eso de vetusta, lo dejaba hablar. Pues bien, don Romualdo murió de un incordio anal que quizás hubiera podido desprendérsele con jabón. O sea, murió de miedo al agua.
El miedo está detrás de muchas de las actitudes humanas.
Por ejemplo, detrás de la actitud del coronel (r) Regino Burgueño, que fue al juzgado a prestar apoyo a su amigo Gavazzo, recostándose como al descuido a la entrada de la sede penal, con aires de patrón de la vereda. Cuando los periodistas se acercaron, intentando dialogar de modo absolutamente respetuoso, como respuesta hallaron una mezcla de laconismo malevo con apelación gestual a la prepotencia, y de expresiones que, entre líneas, parecieron sugerir alguna forma amenazante de regreso. Me hizo acordar al epitafio en la tumba de Tamerlán: «Si yo viviese, la humanidad temblaría»; pobrecito, murió, en realidad, por miedo al conocimiento y pretendió seguir jeteando desde una losa en el cementerio de Samarkanda.
Y pobrecito el coronel. Su patética actitud, su irrespetuosidad con los periodistas, sólo se explican por el miedo de quien no advierte o no quiere admitir que lo siente. Todo indica que padece lo que Alfred Adler llamó la simulación: una huída hacia delante, hacia afuera; una fuga agresiva, desesperada, intentado justificarse ante sí mismo y ante los demás.
Cómo no entenderlo. Se ha ido estrechando tanto el cerco, luego de décadas de ocultamiento e impunidad, que a esta gente le ha agarrado un miedo terrible, mal disimulado detrás de sonrisas irónicas y verbosidades de patota barata.
De todos modos, hay algo de lo que seguramente han de librarse y tal vez no están valorando como se debe: no morirán, como don Romualdo, de un incordio anal.
Que debe ser espantoso y uno no se lo desea ni al peor enemigo. *
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