Como parias del destino
Dedito pa’bajo al pucho. Tiempos de aires puros para todos. Y por ahí andan los pobres fumadores, como «parias del destino», al decir de El Mago.
Se esconden para seguir echando humo y todos los miran de reojo como si fueran sapos de otro pozo. Para esos nicotínicos compatriotas hoy les dedicamos estos garabatos que hablarán de la edad de oro del cigarro. Aquellos felices días en que tenías derecho a amasijarte como se te cantara. Para saciar esos apetitos de pitar a más no poder, en el Montevideo de antaño, estaban los llamados «saloncitos». Los había en todos los barrios, a veces más de uno por cuadra y abarcaban desde la venta de tabacos y cigarrillos, diarios, revistas y las tradicionales lustradas de zapatos. Todo eso en un local que lucía en sus vidrieras grandes carteles publicitarios de marcas como El Sheik, con la foto de Rodolfo Valentino fumando o de los exquisitos Gitanes acompañados de la sonriente imagen del gran actor Chevalier. Entrabas al salón y detrás del mostrador aparecían hileras y más hileras de cajillas de cigarros. Grandes surtidos de lo que más pitaban aquellos muchachos peinados a la gomina y de bigotes finitos. Allá por El Reducto, en la segunda mitad de la década del 30, estaba el popular Salón Astros, entre las calles Caridad y Zapicán. De tardecita siempre llegaba «el canario» Iriarte que descalzo se entreveraba con la botijada de la cuadra en aguerridos picaditos, justo en la puerta de ese popular salón. Aunque ya era un crack futbolero no podía con su genio y mientras adentro le lustraban sus tamangos, él se prendía a esos callejeros partidos. Después, muy contento entraba al Astros, compraba un paquete de Guerrillero, se ponía los relucientes zapatos y fumando muy tranquilo retornaba a su casa en la esquina. En esos salones no sólo se atendía la pasión por el faso sino que también se le daba al berretín de aquellos montevideanos por tener sus zapatos muy brillantes. Marcas de calzado como los Fort o Scalone también los primeros Bagnulo, quedaban impecables después del betún cepillo y lustrada. si entrabas a comprar cigarros y uno de los dos sillones estaba vacío, ¿quién no terminaba con los zapatos como dos espejitos? Pero la tentación eran las estanterías repletas de pecados para hacerte humo. Coquetos paquetitos de tabaco como el Rio Novo, Toro Blanco, Haití y el Carrito Amarelino. Si te dejabas tentar por los pitillos había marcas muy conocidas como Guerrillero, Record, Montevideo o los finitos Libre y Oxibitué. Para los vecinos con ganas de gastarse algún pesito extra o por si recalaba algún copetudo, ahí estaban los aristocráticos habanos Livorno y Corona. También por esas primeras décadas del viejo siglo fue muy popular una costumbre traída por los inmigrantes. Fue la de mascar tabaco a toda hora y pegó hondo en los laburantes. Para todos ellos, en los salones se vendía el llamado «Naco» que era un gran toscano de tabaco muy prensado. No se encendía sino que se masticaba lentamente de a pedacitos. Para los que ahora muy escondidos como parias del destino tienen que esquivar las astutas narizotas de los inspectores, para todos esos perseguidos fueron estos recuerdos. Con más añoranzas y música, los esperamos en la 1410 AM LIBRE. *
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