Juventud festejó ayer el campeonato del mundo en su casa: con hinchas y vecinos de Las Piedras
Gladys Fernández hizo lo «imposible» para que su hijo Matías Rodríguez no jugara al fútbol. «Este deporte te da todo o nada. Mi marido fue jugador y se quedó con lo segundo, por eso luché para evitar que a Matías le pasara lo mismo», contó a LA REPUBLICA. Hasta ahora no logró su cometido, por eso se la vio ayer festejando «orgullosa» el triunfo de su hijo de 18 años, que practica fútbol desde los 4 años.
Más allá de lo profesional, Gladys resaltó la posibilidad que tuvo Matías, al igual que sus compañeros de equipo, de viajar por Europa. «Conoció Madrid, Venecia y otras ciudades europeas. Es un viaje que nosotros no hubiéramos podido pagar», dijo la mujer, quien siguió los partidos por Internet y mediante las comunicaciones con su hijo y con dirigentes del club que se quedaron en Las Piedras.
Claro que no se perdió la llegada del equipo al Aeropuerto Internacional de Carrasco. Y no fue la única: el sector de arribos de la estación aérea estaba colmado de hinchas, familiares, dirigentes y jugadores de Juventud de otras divisiones.
A las 12.45 horas se asomaron los primeros campeones, vestidos prolijamente con trajes a rayas y la corbata del club, y dieron el pie a sus seguidores para empezar los cánticos y los aplausos. Ni los tamboriles faltaron en la bienvenida.
Wilson Martella, de 45 años, pidió el día en el trabajo y se fue al aeropuerto. «Vine porque soy hincha de este club desde los 7 años y es el único cuadro que llevo en el corazón». Wilson «nunca» se imaginó «salir campeones. La expectativa era poder competir a nivel internacional pero en ningún momento se me cruzó que podían ser primeros».
Caravana azul y blanca
Tal como estaba programado, el ómnibus que trasladaba a los juveniles partió del aeropuerto seguido por una caravana de otros cuatro coches y unos veinte autos, tapizados con banderas azules y blancas. Después de atravesar barrios de Montevideo llegaron a Canelones, más precisamente a Las Piedras.
Allí, a las 14.45 horas se empezaron a escuchar las sirenas de las motos de Tránsito que encabezaban la caravana y las bocinas de los ómnibus que venían atrás. Al pasar por Lavalleja y Artigas, la esquina de la sede del club (a metros de la plaza principal), los jugadores se asomaron por las ventanillas del coche para mostrar los trofeos traídos de Europa.
El Obelisco y la cancha de Juventud fueron una parada obligada. Y de ahí partieron nuevamente rumbo a la plaza. Luego de ser recibidos por la esposa del intendente Marcos Carámbula, quien estaba de viaje en Francia, los campeones se asomaron al balcón de la sala para saludar a sus seguidores y minutos después se los vio brindando en la sede del club.
«Los vinimos a recibir porque somos de acá», dijo Roberto Cazaux, de 67 años, mientras esperaba la llegada de los muchachos, con dos amigos. Roberto, al igual que la mayoría de los vecinos e hinchas, se «sorprendió» del puesto obtenido en el campeonato «porque en 48 años nunca había ocurrido que un equipo sudamericano lo ganara».
El técnico del equipo, Julio Ribas, no se sorprendió «de ninguna manera. Desde el primer momento soñábamos cuando nos empezamos a preparar. Para nosotros salir segundos era ser últimos». El DT, que está en el club desde hace cinco meses, dijo que es una «alegría para Uruguay porque nos venía faltando».
Orgulloso como técnico y padre
A la hora de responder si en la última victoria, contra el equipo italiano Juventus, fue doble la emoción porque el gol lo convirtió su hijo Sebastián, Ribas manifestó estar «orgulloso de tener 26 hijos campeones del mundo». Y de que «se esté hablando de Canelones en todo el mundo».
Los jugadores Santiago Fosgt, de 19 años, y Raúl Cuesta, de 17, no conocían Canelones hace seis meses, porque llegaron desde Argentina y Colombia respectivamente, para jugar en el club. A pesar de practicar el mismo deporte no tienen iguales objetivos. Santiago confesó que juega «por la gloria, por obtener triunfos haciendo lo que te gusta, más que por un sustento económico», mientras que Raúl lo hace para «sacar a su familia adelante y ser alguien en la vida».
Tienen que «cuidarse y ser diferentes al resto de los jóvenes» por la profesión que eligieron. Pero ayer se los vio exultantes, por eso están dispuestos a cambiar «mil salidas a la noche por un campeonato del mundo». *
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