Irreparable
Hay palabras muy crueles: «irreparable» es una. Siento que ha sido incrustada entre Argentina y Uruguay y puesta como un torpedazo bajo la línea de flotación de un Mercosur ya escorado.
Parece que ahora también Kirchner pide parar las obras (por 90 días) para buscar una solución.
Imaginemos que eso es aceptado y por ende se levantan los piquetes. ¿Qué garantía puede haber de que a los 91 días no se reinstalen? ¡Lo están declarando así ahora! (He tomado el penoso trabajo de leer y oír a los piqueteros)
Peor aún: supongamos que esta tarde los levantan porque hace frío. ¿Qué significado o sentido común alguno puede tener esa cosa?
Kirchner o Busti, tanto da, instalaron la falta de garantías internacionales a corto y mediano plazo.
El relacionamiento internacional de Argentina, por lo menos con los países que supone débiles, pende de cualquier piquetero. Mañana estos autodenominados ambientalistas deciden irse para su casa pero pasado mañana cualquier otro grupo de presión puede hacer lo mismo. Argentina quedó sin diplomacia.
El daño es irreparable hacia el pasado, en el presente y hacia el futuro. Y no sólo en términos monetarios.
Porque quien vino a Uruguay a pasear este verano y ya pasó por ese calvario; quien intentó venir y no pudo; y quien está planificando ahora sus vacaciones del verano que viene, tratará de evitar puentes hacia playas uruguayas. Quién sabe dentro de un año qué otro capricho de qué piqueteros los estará bloqueando.
Los empresarios de todo tipo que también ya sufrieron las consecuencias y las están sufriendo, tomarán las medidas correspondientes. Los inversores nacionales y extranjeros de ambos lados hacen y harán lo mismo.
Este gigantesco absurdo ha trampeado los puentes con minas aleatorias, de efecto retardado y sorpresivo (que son las peores). Porque ni tan siquiera sería garantía que Uruguay declarara solemnemente que aceptará presuroso y de antemano, la exigencia de cualquier piquete. Puede haber bloqueos contra cualquier cosa o persona independientemente de lo que haga el gobierno uruguayo. Ahora mismo, los piqueteros dejan pasar motos, argentinos que regresan, gente uruguaya que va a trabajar del otro lado y, lo más insólito, las estaciones de servicio del lado argentino están negociando que dejen pasar los vehículos uruguayos que contrabandean combustible… ¡Y así lo declaran, muy sueltos de cuerpo, a la prensa uruguaya y argentina sin darse tan siquiera cuenta de la barbaridad que reconocen!
En suma: los presentes y futuros bloqueos pueden también llegar a la sofisticación selectiva. Nos están queriendo instalar un apartheid sudafricano. Para ellos Uruguay es un condominio. Se han roto las «garantías del contrato». Aquellas que Artigas, anticipándose como todo profeta, exigía contra la sabida veleidad de los hombres en sus Instrucciones del Año 1813.(!)
No voy a repetir el famoso cuento de Rosencof, aquel del legendario guapo de su barrio quien informado acerca de que su mujer lo engañaba, la esperó emboscado en la cercana «casa de citas». El barrio, en ascuas, esperaba el consabido desenlace tanguero.
Viéndola salir con quien no debía salir, el «taita» la encaró con todo coraje y, apoyando el espeluznante «naife» en el grácil cuello de la «mina», le dijo lentamente: «que ésta sea la última vez».
Tampoco quiero imaginarme a Kirchner asegurándole a Tabaré que esta fue la última vez. Ni al mundo creyéndolo. Es muy difícil coser lo que tan roto quedó.
-¿Y dónde está el imperialismo? – exigía la otra tarde un compañero ante el análisis publicado el jueves pasado en esta columna; agregando: – ¡O por lo menos la sombra de ese bicho!
Si estamos a un análisis «liso», sencillo, y aparentemente claro hasta lo evidente, podríamos afirmar que los autodenominados ambientalistas, Greenpeace, Busti y Kirchner, le han hecho y están haciendo el más grande favor de los últimos tiempos en América Latina al gobierno de Bush.
Porque este atentado es el peor imaginable contra un Mercosur ya debilitado. Me adelanto presuroso a decir que no creo que esa haya sido la intención de todos ellos (salvo Greenpeace).
Tiendo a creer que esto ha sido obra de esa izquierda cholula (proliferante en Argentina) que denuncié a mediados de diciembre ganándome las medallas de sus insultos. Su mamarracho está a la vista, acá y en Argentina.
Porque, como ya dije, esa enfermedad es internacional. Y una ganga en manos de cualquier imperio. Cholula por un lado y boba por el otro (valga la redundancia) traga cualquier pastilla. El resultado objetivo está a la vista.
Leen demasiado poco y por eso -como ya dijo Vaz Ferreira- no tienen la más mínima duda, son fundamentalistas y por lo tanto una pista de carreras expedita para todo imperio. Un imperiódromo. Siembran orégano, tienden alfombras rojas a su paso, caen en las más groseras trampas tendidas por los más mediocres agentes. Sin saberlo, por supuesto; eso es lo peor. El problema es cuando, además de ese analfabetismo funcional, toman iniciativas: no hay peor burro que ese. ¡Hay que oír hoy mismo los disparates «técnicos», las mentiras, las inexactitudes y las falsedades que repiten a voz en cuello, transpirando brutal ignorancia, los esforzados «ambientalistas» del piquete! De allá y de acá.
En su ceguera (que no les permite ver maniobras imperiales más grandes que un portavión) se parecen al memorable ciclista a quien le decían el «ciego» Fulano (omito el apellido por otra parte muy conocido en el ambiente) que, lamentablemente, era muy miope (usaba en ruta un par de lentes gruesos como culo de sifón firmemente atados con hilo sisal): en una primera etapa (la mejor de su vida) de la Vuelta Ciclista (a Trinidad) llegó solo, escapado, parado en los pedales y «enroscado» en el manubrio, a Colonia, no vio de madrugada la bifurcación a Ruta 3… ¡Y nadie se lo dijo! (largaba sin acompañantes). No se rían: se trata de un prócer del ciclismo uruguayo.
Creo que a ciertos gobernantes argentinos lo que les falta es eso: una moto con por lo menos dos acompañantes. Gente que les avise. Y lentes buenos. La única diferencia sustancial es que a los «ambientalistas» de allá los respalda (y ni tan siquiera los corrige ni avisa) el Gobierno de allá (Provincial y Federal); tienen atenuantes.
Mientras que los de acá han quedado huérfanos de apoyo y aplastados por un alud imponente de avisos solidarios, información seria, veraz y científica, que les explicó pacientemente cuantos pares son tres botas; no tienen atenuantes.
Por ahí se mueve también la sombra del bicho. Desde esa regalada plataforma, operó el imperio movilizando además su «Task Force» para estos menesteres: Greenpeace.
Es muy difícil, casi un escollo insalvable, intentar usar la razón para explicarse las actitudes del gobierno argentino. Ello sucede a menudo. Stalin decía que Hitler tenía el problema de no saber dónde parar.
Conocí en la benemérita Liga Penitenciaria (afiliada a la AUF) al más veloz de los punteros izquierdos cuyo único problema era que cuando «agarraba» velocidad, no sabía doblar.
Necesitaba la Ruta 1 para jugar al fútbol. Obviamente ello, a pesar de sus méritos indiscutibles, lo llevaba al desastre (se daba contra el muro de Punta Carretas igual que Hitler contra el invierno ruso o el desierto africano).
A veces hay que contar con la irracionalidad del «otro». Stalin y Churchill sabían contar con ella.
Roosevelt la provocaba (así le fue a Japón) e hizo escuela de ello en la estrategia de los EEUU hasta hoy. Así nos va. *
(*) Senador de la República
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