Con "la Catalina" pasó una ráfaga murguera por el Templo de Momo
Nuevamente el espectáculo sin par del Teatro de Verano, repleto de público, ofreciendo el entorno apropiado para una inolvidable noche de Carnaval. Cinco mil personas que habían agotado las entradas con bastante antelación, estuvieron presentes hasta el instante final de la bajada del último conjunto, la murga Agarrate Catalina, que fue despedida por una salva de aplausos y una cerrada ovación. Esta noche, se cierra la Primera Rueda, con la realización de la 3ª Etapa que fuera suspendida por mal tiempo, y en seguida se procederá a dilucidar qué conjuntos pasan a la Segunda Rueda.
Un Josesito real… «y envido»
«Resuena la clarinada… la calle es un teatro sin platea ni telón», dice casi en el arranque la murga Real Envido, que llena la escena con su vestuario vistoso y el excelente maquillaje de José Dorta. La «fábrica de espejos» que proponen los dirigidos escénicamente por un solvente Leonardo Alonso, le dará la posibilidad a «Josesito», un uruguayo como tantos, un malabarista como muchos, de salir de la vorágine diaria, e intentar otros caminos, que aunque transiten por la época en que Solís descubrió su Mar Dulce, indefectiblemente siempre conducen al mismo lado. Real Envido tiene un coro pequeño, que de todos modos es exigido al máximo por Alonso, sin perder la musicalidad y la afinación. Este Josesito que tan bien encarna Jorge Rivarola, se convierte en el punta de lanza de la original idea desarrollada por la murga, que recrea una buena puesta en escena, mejor lograda y al servicio del libreto. Hay situaciones que están muy bien planteadas, como la satirización del empleado público, cuando el incauto de Solís, el descubridor, se presenta en una oficina estatal a iniciar los necesarios trámites, o la «salida» de los reclusos »se van, se van los presos…» , apelando siempre a una crítica muy aguda, «el Uruguay más que un río, será un mar de celulosa». Real Envido 2006 se jugó hasta la ropa por un espectáculo que vale, que llega muy adentro, y cuenta con el cierre apropiado de una retirada en clave poética, «se queda el alma de la murga que se va…»
En el atelier de C1080
Sorprende y acapara inmediatamente la atención, la presencia de C1080 en el escenario del «Ramón Collazo», cuando se corre el telón, con una llamativa escenografía y un derroche de blancos, que se conjugan también con el vestuario del coro y de las bailarinas. Enseguida, el show de tambores domina la escena, pero sólo es un anuncio. De ahí en más, se desgrana este espectáculo homenaje, a la figura del artista plástico Carlos Páez Vilaró, íntimamente ligado a la historia y a la tradición candombera de Cuareim, inclusive desde antes de la aparición de Morenada, mítica comparsa en la que Waldemar «Cachila» Silva dio sus primeros pasos comparseros junto a su padre y sus tíos. Mucho de esa historia se hace presente durante el transcurso de la actuación, que C1080 deberá ajustar en algunos puntos y detalles. Con un buen manejo del color, un muy eficiente cuerpo de baile y acertadas intervenciones solistas, se conforma igualmente un espectáculo que posee mucha plástica y una gran fuerza visual. Como ya resulta tradicional en la comparsa del barrio del Yacumenza, los tambores son casi un espectáculo aparte, aunque vayan acompañados con el consabido despliegue gimnástico de los ejecutantes, que por momentos se parecen mucho a los fuegos artificiales que se lanzaron desde las canteras en los instantes previos al final; son sólo eso, artificio. La propuesta y el espectáculo de C1080 pueden llegar más lejos.
Una «Catalina» arrolladora
Lo escribió Manolo de Castro, un cronista gallego de un diario de Vigo cuando la selección celeste jugó un partido como parte de la gira que le llevaría finalmente a las Olimpíadas de 1924: «Por los campos de Coya pasó una ráfaga olímpica». Frase premonitoria si las hay… y que nosotros parafraseamos como título de esta nota. Agarrate Catalina fue una ráfaga murguera que nos despeinó, nos levantó de los asientos y nos recordó al oído, con voces de tercia gastada y ecos lejanos de viejos cuplés, que la murga uruguaya está más viva que nunca. La murga protagoniza además un escandaloso romance con el público carnavalero que la sigue, la aplaude y la rodea constantemente; habiendo iniciado ya sin retorno posible , su recorrido popular por los caminos de Momo. Todo el espectáculo de Agarrate Catalina se basa en la espera del fin del mundo, hipotético momento en el cual parece ser que las únicas sobrevivientes serán las asquerosas cucarachas. Precisamente «la murga cucaracha» caracterizada de forma tan acertada como impactante, acerca sus «irreflexivas reflexiones» a una platea que no pierde el hilo ni por un instante. Excelente puesta en escena, al servicio constante del espectáculo, que nos regala momentos de gran factura, como la relación surreal y descabellada de todo lo que puede llegar a ocurrir en Fray Bentos a raíz de la instalación de las plantas de celulosa, o el coro de los «taitas» o «malevos», una creación original y muy bien lograda, con textos punzantes, críticos y hondamente reflexivos. El público, que no abandonó su lugar hasta el último segundo, se puso de pie mucho antes del final para aclamar a esta «ráfaga murguera» que nos estremece y nos eriza, tensando nuestras fibras más íntimas. *
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