Escrito por: XOSE DE ENRIQUEZ

Nosotros no recordamos un arranque de Concurso con tan buenos y parejos espectáculos, cuando la norma general, hasta por una razón perogrolluesca, es que las primeras etapas presenten cierto desnivel entre las propuestas e incluso en la calidad artÃstica de las agrupaciones. No ocurre asà este año Âhecha la salvedad de que participan sólo tres conjuntosÂ, augurando ello una árdua labor para quienes tienen la responsabilidad de determinar, no ya clasificaciones a la liguilla o tercera rueda, sino el propio pasaje a la vieja y querida Rueda de Ajuste.
El “Ramón Collazo” lucÃa casi repleto en la noche del martes, y el comienzo de la segunda etapa ya fue un preanuncio de la caracterÃstica que tendrÃa en cuanto a la jerarquÃa de los espectáculos. EscenografÃa bien resuelta con sencillez y practicidad, correcta puesta en escena, alegrÃa de conjunto in disimulable y mucho colorido en el vestuario, tambores y demás accesorios, fueron las cartas de presentación de la agrupación lubola Mi Morena, que a primera hora salió pisando fuerte en las viejas tablas del Teatro. Los integrantes de la comparsa lucieron también un llamativo maquillaje, y sin vacilaciones fueron exponiendo su propuesta, llevado el grupo de la mano de un solvente Ricardo Castro Âhijo ‘e tigre, aunque tigre murgueroÂ, quien resultó un eficaz y ágil “hilo conductor”.
Este personaje mezcla de “sueño de la comparsa” y “arcón de los recuerdos”, tensó las fibras más Ãntimas, al recrear históricos momentos y traer a la memoria viejos, queridos y entrañables personajes del barrio, haciéndonos pasear imaginariamente frente al conventillo del 2334 de la calle La Paz. Muy bien logrado el “diálogo” entre los tambores y las vedettes, de buena factura el cuadro del escobero y una sensación general de que Mi Morena trabajó y mucho para conformar este buen espectáculo lubolo.
Son diecisiete, dicen, estos hombres y un biberón que buscan afanosamente entretener a la niña abandonada en el escenario. A la manera de aquella gran pelÃcula de Werner Herzog, “El enigma de Kaspar Hauser”, conocido como el muchacho venido de ninguna parte, la niña no habla y no se expresa, sólo porta una carta… y aún asÃ, se convierte en la gran protagonista del espectáculo.
El debut de El Gran Tuleque era muy esperado y el resultado debe de haber satisfecho al numeroso público que asistió al Templo de Momo. Un soberbio Andrés Atay, dirigió con mano firme un coro de murga que hizo vibrar las canteras del Parque Rodó, para “librar la musa de los tinteros”.
Definitivamente, la propuesta fue muy bien lograda, hilvanando cada tramo con certera exactitud, allà donde los textos de Schmidt daban rienda suelta a su creatividad, o bien, donde la puesta en escena de Preziosi alcanzaba virtuosismos, y todo ello con el corolario de una formidable faena de Charly Alvarez. Renglón aparte merece el sentido y armónico solo del Chato Ambrosio, que demuestra seguir en un gran momento.
No es cosa sencilla mantener durante 45 minutos de actuación esa cadencia frenética y la energÃa contagiosa, pero El Gran Tuleque mantiene tensa las firmes lÃneas del espectáculo, aún cuando el ritmo vertiginoso parece frenarse, como en el cuplé de los bebés.
Los amigos que dieron el paso para hacer realidad esta patriada carnavalera, son los verdaderos “padres de la criatura”…
El último conjunto de la etapa no le irÃa en zaga a los anteriores.
Parodistas Gurrumines también cumplÃan con el hermoso y emotivo ritual del debut, y recibieron espontáneamente el cariño y el aplauso de las plateas. Buen vestuario, con armonÃa de colores y atractiva coreografÃa, el conjunto de Mario Orta Âhablando de hijo ‘e tigreÂ, justificó también con creces la expectativa generada.
Ambas parodias presentadas sobre el escenario del “Ramón Collazo”, “El paÃs del nunca jamás” y “La noche de los lápices” contaron con un entonado y disfrutable Pendota Meneses como pivote o eje de la escena, siendo la interacción entre los veteranos del grupo, con los jóvenes que en última instancia provocaron el nacimiento de esta agrupación, uno de los elementos de destaque.
Los textos y la puesta en escena corresponden a Leonardo Preziosi. Lo de Gurrumines fue de muy buena factura, aún cuando los propios temas elegidos tal vez, no contribuyan a un mayor lucimiento del conjunto.
El término “déja vu” que significa “ya visto” en francés, describe la experiencia de sentir que uno ha sido testigo o ha experimentado previamente una situación nueva.
Fue lo que nos ocurrió con ambas parodias presentadas, lo que igualmente no va en desmedro de la eficacia de un joven plantel amalgamado con las bondades ya reconocidas de los consagrados. *
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