El gobierno argentino quiere negociar con el uruguayo alguna salida pero no encuentra los caminos

Es la hora de Vázquez y Kirchner

Es como ocurría en la escuela cuando dos chicos tenían un problema: lo arreglaban afuera cortando para la salida. «Fulanito cortó para la salida con menganito», era la voz que rápidamente se corría por toda la escuela. Y así a la salida de las clases había en la esquina dos niños enojados entre sí y varios en círculo, hambrientos de ver la pelea. Y los dos niños empezaban a tocarse la cara, una y otra vez, hasta que alguien los empujaba y ahí se generalizaba la pelea.

Algo parecido es lo que está aconteciendo ahora entre Argentina y Uruguay.

Es que el diferendo entre estos dos países vecinos por el manido tema de las plantas de celulosa que se levantarán en Fray Bentos ha cobrado tal intensidad que, por momentos, amaga con escapársele de las manos a ambos gobiernos.

A tal punto, que a esta altura de los hechos ya no está muy claro qué es lo que se discute y cuál es el rumbo a tomar. Ubicar el tema parece ser lo importante para evitar equivocaciones y malas interpretaciones.

De arranque no más, hay que partir de la base que Uruguay no va a renunciar a la mayor inversión privada de su historia, que representa casi un 10% de su PBI y que solucionará, sin dudas, el problema de la falta de trabajo en una zona deprimida y que supo tener, en algunos períodos de su historia, el mayor índice de desocupación de todo el país. Es una decisión tomada por el gobierno uruguayo y no va a dar marcha atrás. Que se pudo haber cambiado de locación, ubicándolas algunos kilómetros más abajo del río Uruguay, fue una posibilidad que se barajó pero a destiempo. Ahora, ya es tarde.

Argentina, por su lado, tiene el derecho a tener toda la información que necesite a los efectos de actuar para controlar un curso de agua compartido entre los dos países. No cabe, en este caso, chicanas de ningún tipo. Toda la información que Argentina solicite debe ser dada por el gobierno uruguayo y ambos países deben controlar que el río Uruguay no vaya a ser afectado por la actividad de los dos emprendimientos celulósicos.

Estas dos precisiones son importantes a la hora de analizar para dónde salir en este espinoso tema, porque no es lo mismo el gobierno argentino que el provincial de Jorge Busti y que los ambientalistas de Gualeguaychú.

El gobierno argentino quiere negociar con el uruguayo alguna salida pero no encuentra los caminos. Y el uruguayo dice lo mismo y tampoco encuentra los caminos. Es que hay mucho ruido en la línea, hay muchas interferencias.

Negociar, esa es la palabra clave, eso es por lo menos lo que el presidente argentino, Néstor Kirchner, transmite en reserva a sus funcionarios. De ahí que ya se haya despegado del verborrágico gobernador Busti a quien le ordenó, por dos veces, una vez públicamente y otra en una reunión privada, que debía bajar los decibeles de las protestas en su provincia.

A eso se ha dedicado Busti en estos días, a tratar de frenar los piquetes de los ambientalistas, uno de los temas que más ha irritado al gobierno uruguayo. Lo ha hecho sin suerte alguna, algo obvio si se toma en cuenta que Busti, un personaje menor de la política argentina y que se subió al carro de los ambientalistas cuando vio que ese tema le podría redituar beneficios políticos, no manda entre ellos.

El punto es que Busti echó más leña al fuego y ahora no puede apagarlo. Busti, con la complicidad del propio Kirchner, armó una bomba que hoy es difícil de desarmar.

Pero ha sido más por declaraciones, una tras otra de funcionarios de ambos gobiernos, lo que ha calentado el ambiente y así se ha ido diluyendo el verdadero origen del pleito.

Alertado por asesores cercanos, el presidente Kirchner quiso dar un giro al diferendo y lo colocó en su justo término: «Este es un problema técnico ambiental», dijo hace dos semanas en Brasilia, pero fue tarde. A esa altura ya se había convertido en un tema político más que ambiental.

Intentó otra jugada, más arriesgada: anuncia que está dispuesto a llegar a la denuncia ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya y lo hace sabiendo que así ganaba tiempo para negociar con Uruguay y de paso desarticular las protestas ambientalistas. No logra ni una cosa ni otra. Es que la negociación no se consigue con amenazas. El canciller Reinaldo Gargano, al contrario de lo que decían en fuentes muy cercanas al presidente Vázquez, le dio un tono de «grave» a la acción que anunció Argentina y agregó algo más: «Ya el diálogo está roto». Otra vez las palabras le quitaron oxígeno a la negociación.

Se habló luego de acudir al Mercosur para dirimir la controversia, un camino intermedio sin necesidad de llegar a La Haya, ¿pero, cómo llegar a un acuerdo con un bloque absolutamente debilitado y con varias espadas de Damocles pendiendo sobre sus cabezas; qué se puede esperar de un Mercosur que se desgaja día a día? Nada.

Hizo entonces su entrada triunfal la propuesta del diputado frenteamplista Víctor Semproni para que mediara el Papa, un planteo que no tiene futuro alguno y que sólo ha servido para llenar espacios en los medios de comunicación.

Ideas pueden haber muchas pero es momento en que se callen los que no tienen nada que aportar, los que sólo quieren salir en la foto u ocupar espacios en los medios.

Es hora de que hablen quienes tienen que hablar, quienes hoy tienen las máximas responsabilidades políticas en la conducción de sus respectivos países.

Es hora que hablen Vázquez y Kirchner; los de afuera, como dijo el gran capitán celeste Obdulio Varela, son de palo. *

 

(*) Secretario de redacción / [email protected]

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