Acerca de perdonar
La tragedia por la que pasamos, los problemas que nos aquejan, merecen una mayor profundidad en el pensamiento. Y mucha serenidad. Esto no se arregla con el pedido de perdón por parte de Gelman. Ni Gelman, si así lo quisiera, podría arreglarlo. Oscar del Barco tampoco.
Además, no podemos inventar lo que ya está inventado. Venir a descubrir ahora que la tierra es redonda, con ser meritorio, es además de plagiario, tardío.
El derecho de los pueblos a la rebeldía, además de estar en viejísimas Constituciones Nacionales, en Declaraciones de la ONU y hasta en Tratados de Derecho uruguayo por más señas de Peirano; el derecho del ser humano a usar la violencia, hace siglos que está estudiado.
En lo personal, y desde hace añares, cuando me dediqué a contestar preguntas a solas con mi conciencia, me pliego plenamente a la vieja doctrina de la Iglesia Católica sobre dicho asunto. Ella proviene por lo menos de Santo Tomás y reza que la violencia es legítima (incluso obligatoria) cuando ella es el camino para evitar un mal mayor. Pero a esa afirmación tan sabia, agrega una condición más sabia todavía: que los medios a emplearse sean idóneos. De nada vale por lo tanto constatar que no hay otro camino para evitar un mal mayor. Para usar la violencia debe contarse con los medios que aseguren la victoria (idóneos).
Y es obvio: de otro modo, con la violencia fallida ante una violencia superior, sólo puede cosecharse un daño mucho mayor. En ese caso más vale seguir soportando el mal prevaleciente. La Iglesia recoge una vasta experiencia y recomienda que cuando se deba usar la violencia se la use de modo incontrastable. Como el cirujano cuando debe cortar sin vacilaciones.
En suma: debe estar razonablemente garantizada la victoria.
A su vez, y desde otro ámbito, la jurisprudencia aceptada en nuestra civilización (ojo que hay otras), distingue entre «guerra justa» y «procedimientos justos de guerra».
Puede haber una guerra justa que utilice procedimientos injustos. Y una guerra injusta que use procedimientos irreprochables.
En ambos casos hay condena. No la hay cuando la guerra, además de ser una causa justa utiliza procedimientos justos.
Por ahí debemos buscar las vertientes de una crítica seria y profunda.
¿La causa era justa? –primera y decisiva pregunta– ¿Utilizó medios idóneos? –segunda pregunta– y dado ese caso: ¿utilizó procedimientos justos? –tercera pregunta.
Para mí la causa era justa y que no había otro camino que la violencia para evitar un mal mayor quedó palmariamente demostrado en La Moneda (Santiago de Chile). Pero debo reconocer que ello es muy discutible. Lo fue siempre y lo seguirá siendo. Desertar del ejército monárquico español (un gravísimo delito) para además levantarse en armas contra él (los viejos compañeros), desatando una larga y cruel guerra, tiene que haber sido el fruto de mucho insomnio y de gran angustia e inseguridad allá por 1811 en la Banda Oriental. Decisión que por razones obvias no podía ni debía ser consultada previamente. Decisión que implicó un largo período conspirativo sordo y silencioso. ¿Qué «organismo» decidía la justeza de la causa? ¿Cuál la idoneidad de los medios a emplearse? Y hasta hoy se discute si muchos de los procedimientos fueron correctos o no (hasta el reciente film estadounidense El Patriota que se refiere a su revolución contra Inglaterra, ha sido duramente criticado… En Inglaterra). Y obviamente: los que en nuestra escuela son «villanos» en las de España, Brasil y hasta Argentina son héroes hoy.
Vamos a dejar en el tintero todas las demás revoluciones rioplatenses, la Guerra Grande y la de la Triple Alianza contra Paraguay. Dejemos por ahora a Mitre, a Sarmiento, a Rosas, a Oribe, a Quiroga, a Flores, a Saravia, a Urquiza, a Tamandaré, a Sepe-Sepe, a Perón y a Isaac Rojas… Vamos a dejarlos en paz esta vez.
Pero conviene no olvidar que desde Chicago a la Antártida todas estas patrias son fruto de una revolución verdadera o falsa, justa o injusta. Pero todos fuimos paridos por la guerra. Y reconozcamos sinceramente que a los monumentos y demás panegíricos los definió la victoria. Y oliendo a pólvora. Y que salvo casos rarísimos, los derrotados jamás tuvieron razón aunque la tengan.
Levantarse entonces contra las dictaduras recientes debió haber concitado el apoyo de fuerzas y sectores que se quedaron en aquellos tiempos indiferentes ante el mal (y hasta lo festejaron y apoyaron). A la hora del perdón deben pedirlo: el Gobierno de los EEUU en primerísimo lugar y mucho antes que Gelman, grandes medios de prensa, corporaciones sindicales y empresariales, partidos políticos de variada gama incluso muchos de izquierda y ciudadanos comunes y corrientes.
Pero debo reconocer que los medios evidentemente no fueron idóneos y por ello sí pido perdón. Y segundo que usamos en algunos casos procedimientos de guerra injustos por los que también debo pedir perdón.
Reconozco también que es mucho más fácil pedir perdón que otorgarlo. En especial cuando me lo pidan quienes libraron una guerra injusta, con medios superlativamente idóneos (los del Estado) y procedimientos rutinarios atroces. De una sevicia y maldad pocas veces vista.
No es desparejo el asunto de pedir perdón. Pero es muy desparejo el asunto de otorgarlo. En realidad lo más importante no es pedir perdón sino perdonar.
Yo he perdonado a casi todos mis antiguos enemigos y lo hice sin necesidad de que me lo pidieran (que ese tipo de toma y daca, que nos propone del Barco, se parece mucho a un vil trapicheo).
Pero no puedo por más que me lo pidan, perdonar a quienes secuestraron en Argentina a la nuera embarazada de Gelman y luego de asesinar a su esposo, la trajeron clandestinamente a Uruguay, la enterraron en un «chupadero» clandestino, la alimentaron hasta que terminara de gestar a su hija, la llevaron al Hospital Militar para que diera saludablemente a luz esa vida cautiva, se la dieran y pusieran en su seno para que con todo el amor imaginable y mucho más, la amamantara y después, luego de tanto tiempo, le robaran el retoño, lo dejaran en una canasta, en una Nochebuena, en la puerta de una calle montevideana mientras a esa misma hora le rompían la nuca de un tiro a la madre en el lejano baldío de un cuartel donde tal vez todavía manando leche inútil la enterraron tierna y tibia. Todo ello por dinero.
Yo le pido por el amor de Dios a Gelman que no perdone. *
(*) Senador de la República
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