Carnavalero por parte de madre
El zaguán de la casa de Romilda y las piernas combadas del Loco Pancho eran los destinatarios de los buscapiés que mi padre lanzaba invariablemente en Nochebuena y fin de año. Ese alarde de pirotecnia constituía, con las salidas de los domingos de tarde que puntualmente incluían fútbol si jugaba Nacional, las actividades recreativas que su tiempo le permitía compartir con nosotros.
Gallego de pura cepa, no le quitaba demasiado el sueño quedar al margen, por ejemplo, de la frenética actividad carnavalera, con la que tuvo de todos modos su breve e inesperado punto de encuentro cuando se instaló con su primer almacén, «El Mérito», en la esquina de Joaquín Requena y Rivadavia, corazón del barrio Krüger. Allí se levantó un característico tablado tradicional, y papá alcanzó a tener de alguna manera, activa participación, colaborando con la «dina comisión». Eso fue cuando yo nací, en el año 1958.
De ahí en adelante, instalados en otro barrio y ya más grandecitos –yo tenía cinco años cuando nos mudamos–, fue mamá la encargada de iniciarnos en el ritual de Momo. Ella es tan gallega como mi padre y esto es importante destacarlo pues dentro de sus coordenadas socioculturales –con su educación y las tradiciones específicas propias de otra cultura–, la fiesta del Carnaval como se concibe en Montevideo, no era una cosa digamos, que les sacudiera el cuerpo.
Al desfile peinados al jopo
Pero alguna cosa en ella le indicaba que a nosotros no nos podía «dejar afuera», y de a poco nos fue –y se fue–, integrando al Carnaval. Estando en casa, ella continuó expresándose en gallego, no perdía el gusto por la muñeira ni dejó de vibrar con la gaita, en ningún momento dejó de sentirse gallega; es más, siguió transmitiéndonos elementos y cosas propias de la cultura de «nosa terra», pero irrumpía febrero y mientras no pudimos valernos por nosotros mismos ella nos hacía tomar parte de la fiesta.
Nunca faltábamos a un desfile… no sé cómo se las ingeniaba pero siempre encontrábamos sillas; los preparativos eran emocionantes, zapatos de charol bien lustrosos con medias blancas, pantalones cortos bien planchados, peinados al jopo… Con siete u ocho años nos preguntábamos cómo iban a estar disfrazados Los Patos…, Don Bochinche…, o Las Marionetas, y allá salíamos ante la mirada de beneplácito de papá y algunas chanzas puntuales de los parroquianos del café, Magallanes derechito hasta «dieciocho»…
Similares preparativos se reiteraban para ir al tablado. Habitualmente, mamá nos llevaba al Payaso, en la placita de La Paz, tablado en donde reinaban los tablones y los casilleros, y que tenía la base del escenario cubierta con arpillera para que no se vieran los tanques.
Mi madre nunca entendió muy bien en qué se diferenciaban las categorías, inclusive le costaba bastante recordar –en algunos casos hasta pronunciar–, el nombre de los conjuntos, pero la cuestión para ella, lo esencial digamos, era llevarnos, y eso ya le causaba una gran satisfacción.
En el tablado o en el desfile, ella siempre encontraba alguna señora con quien poder hablar y pienso ahora que eso la distraía mucho. En más de una oportunidad la escuché decir, «yo vengo por ellos…»; hasta que nosotros, casi sin darnos cuenta, empezamos a creer que era una cosa muy normal para cualquier pibe, concurrir al desfile de Carnaval o ir todas las noches al tablado. Nos parecía que no había niño que no lo hiciera.
Los Patos sin Pepino
Quizás ella no lo sepa, pero mamá nos hizo penetrar al Carnaval, como fiesta popular y genuina manifestación cultural, por su costado más romántico, con mucho sentimiento y una fuerte carga emotiva. Aprendimos a sentirnos parte de esta fiesta porque nos sentíamos parte de este pueblo, de esta gente; a partir de tan grata comunión iniciamos desde la más tierna infancia, el maravilloso camino sin retorno hacia la magia de Momo.
Aunque lo hiciera por nosotros, mamá lo vivía a su manera. En cierta ocasión, al salir para 18 de Julio, un vecino nos dijo que el director de los «Patitos…», a quien nos encantaba ver bailar, no iba a desfilar porque estaba muy enfermo. Mi madre nos dijo que era una verdadera lástima porque si Pepino faltaba no sería lo mismo. Los Patos Cabreros no salieron y José Ministerri falleció ese mismo año. La que fue su murga, retornó dos años después. Nosotros estábamos religiosamente ubicados en nuestras sillas mientras el corso evolucionaba con sus comparsas, carros alegóricos y cabezudos, hasta que aparecieron Los Patos Cabreros… sin Pepino, por supuesto. Parecía que la murga no podía disimular su falta. Era el Carnaval de 1968… cuando estaban enfrente de nosotros, mamá dijo con la voz entrecortada, «este año los Patitos están tristes» y soltó una lágrima que corrió por su mejilla. Yo me di cuenta de que mi madre no era la única persona que se había emocionado, entonces algo amargo se me quedó metido para siempre desde aquel desfile.
Ninguno de nosotros habló nada hasta que nos acostamos. Yo sólo miraba a mamá mientras servía la cena y de pronto dejé la vista perdida en un aplique de madera que estaba colgado en la pared, regalo de la abuela Dolores; muy sencillo, con unas palabras escritas en gallego cuya traducción dice: «la casa es chica pero el corazón es grande». *
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