Algunas sugerencias para disfrutar el verano

Delicias estivales

No obstante, de un tiempo a esta parte –tal vez como consecuencia del ultraje de los años–, los fríos y los temporales me han hecho rever aquella postura y, cuando llega setiembre, me descubro alborozado celebrando el fin del invierno.

Con ese ánimo, dispuesto a gozar como la mayoría de los mortales de las delicias estivales, me apresté a disfrutar del calor, del sol, de la playa y de las breves noches estrelladas. Me propuse olvidar la mortificación que significa andar por la calle con treinta grados a la sombra y los viajes en ómnibus atiborrados de gente sudorosa muchas veces peleada con el antisudoral.

Decidí encarar el verano con alegría y optimismo y empecé a imaginarme a mí mismo tendido sobre las doradas arenas o zambulléndome en las aguas procelosas del estuario que Juan Díaz llamó Mar Dulce; saboreaba de antemano el mate vespertino contemplando el ocaso y, un poco más tarde, me veía sentado en el jardín con un vaso en la mano, oyendo el rumor de los grillos.

Cierto es que esa visión previa, todo ese panorama idílico, se desmoronó cuando debí enfrentar la realidad. No había tenido en cuenta que desde hace unos años, el astro rey ha pasado a integrar –junto al tabaco, el alcohol y otras adicciones– la larga lista negra de prohibiciones que nos impone la cultura actual. O sea que a la hora en que más aprieta el calor y más se necesita un baño de mar, a esa hora la playa está vedada.

No importa, me dije con mi optimismo visceral: iremos al mar cuando los dardos de Apolo no son tan dañinos. Pero hete aquí que cuando uno está agobiado de calor y marcha raudo a la playa a mitigar el bochorno, lo más probable es que se encuentre con la famosa virazón, ese vientito implacable que sopla desde el sureste y que –además de encrespar las aguas levantando incómodas olitas y provocar que la arena vuele hiriéndonos con sus granitos como agujas– produce una baja excesiva de la temperatura que torna inhóspito lo que uno suponía placentero.

Pero eso no es todo: además de la característica virazón, otras sorpresas nos aguardan. Tampoco contaba con la presencia inevitable de niños afanosos en la construcción de castillos de arena, quienes en su febril actividad excavadora –cual émulos de los canes– lanzan arena a diestra y siniestra, pero sobre todo en la dirección hacia donde uno descansa plácidamente.

Cuando los párvulos abandonan su vocación arquitectónica, aparecen los infaltables deportistas. Un buen picadito permite exhibir habilidades dribbleadoras a varios futbolistas frustrados; y lo más probable es que cualquier disparo desviado termine con la pelota dando de lleno contra el termo y haciendo añicos nuestra intención de tomar mate…

Es entonces que uno desiste de contemplar la puesta de sol ingiriendo la infusión guaranítica, apronta sus bártulos y emprende el camino de regreso al hogar. Ya en casa, con un trago a mano, me siento en el jardín para disfrutar del crepúsculo oyendo los últimos trinos del sabiá.

Pero había olvidado que el verano tiene la virtud de despertar en las gentes una cierta melomanía, al tiempo que aviva sentimientos de solidaridad. Es así que los vecinos resuelven compartir generosamente conmigo sus melodías preferidas propaladas por los altavoces de su equipo de audio. De ese modo, llegan a mis oídos armoniosas cumbias cuyos decibeles tornan inaudibles los cantos de grillos, sabiás y benteveos, pero no son capaces de ahuyentar a los mosquitos, esos animalitos de Dios que continúan cumpliendo, impertérritos, su sagrada función biológica de alimentarse de nuestra sangre.

Entonces, de bronca nomás, pongo El Invierno a todo volumen (me refiero al concierto del fraile pelirrojo) y añoro, nostálgico, las heladas y los vientos gélidos; esa estética invernal en blanco y negro y árboles deshojados que asoman en medio de la niebla generando una atmósfera feérica tan especial.

En definitiva, sigo prefiriendo el invierno al verano por la sencilla razón de que es más fácil combatir el frío que el calor. Si hace frío, uno se abriga bien, se come una buena buseca regada con un vinillo, enciende la estufa de leña, y no hay sensación térmica que valga. Para mitigar la canícula, en cambio, hay que tener aire acondicionado, piscina, yate y vacaciones al borde del mar. No hay caso: para que las delicias del verano no se conviertan en una mortificación, hay que vivir de rentas y veranear en la Polinesia.

Como eso está lejos de las posibilidades y perspectivas del común de las gentes, éstas suelen conformarse con los programas de verano de la tele donde se muestra cómo se divierten los bacanes.

Y sí, no se conforma el que no quiere.

 

(*) Periodista

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