Escrito por: JULIO GUILLOT (*)

Se nos insuflaba el amor a la Patria y a sus sÃmbolos; se nos enseñaba a saludar la bandera con respetuosa devoción y cantábamos el Himno con conciencia del profundo significado de sus exhortaciones.
Cada efeméride era propicia para la exaltación patriótica. El 18 de mayo no sólo se celebraba un resonante éxito militar de los revolucionarios contra el imperio español, sino que también se veneraba con unción el humanismo y la nobleza de Artigas que habÃa reclamado “clemencia para los vencidos”. Cada 19 de junio recordábamos las frases emblemáticas del Prócer y se nos enseñaba a valorar sus gestos más nobles. El 19 de abril implicaba que nos emocionáramos con la hazaña casi legendaria de los casi mÃticos Treinta y Tres Orientales; la figura de Lavalleja eclipsaba momentáneamente a la de Artigas con el arrojo exhibido meses más tarde en SarandÃ, cuando dio la célebre orden de “carabina a la espalda y sable en mano”. El 18 de julio servÃa para festejar el nacimiento oficial del Uruguay como paÃs, y la ocasión era aprovechada para venerar a Rivera, militar destacado y primer presidente del Estado Oriental (aunque se soslayaba cuidadosamente la masacre de Salsipuedes). Y ni te cuento el 25 de agosto, cuando unos pelucones reunidos en Florida habÃan proclamado nada menos que la independencia, por más que en la misma oportunidad hubieran votado la incorporación a la Confederación Argentina…
No sé a ciencia cierta si esa exaltación patriótica estaba bien o mal, porque del patriotismo puede pasarse fácilmente al patrioterismo y caer de lleno en el ridÃculo o en la cursilerÃa. Lo que sà sé es que la veneración de los ancestros empezó a devaluarse y pasó a ser motivo de bromas o directamente de burla. El fervor patriótico suele confundirse con el chovinismo y la prueba está en la eterna reivindicación que cada 24 de junio hacemos del origen tacuaremboense del Mago, o en el recuerdo nostálgico de Maracaná y otras hazañas futbolÃsticas irrepetibles.
Antes cantábamos emocionados (y profundamente convencidos) que no ambicionábamos otra fortuna ni deseábamos más honor que “morir por mi bandera, la bandera bicolor”. Ahora cantamos con Drexler –quien no se alista bajo ninguna bandera– con igual emoción y convicción, que “vale más cualquier quimera que un trozo de tela triste”. Es explicable: ¿Ganó algún Oscar el autor de la marcha Mi Bandera?
Más tarde, cuando en plena dictadura cantábamos el Himno, confieso que me emocionaba cuando todos, en un acuerdo tácito, subÃamos los decibeles en la parte que dice “¡tiranos, temblad!” hasta convertirlo en un grito desafiante a los usurpadores del poder.
Pero una vez recuperada la normalidad institucional, los sÃmbolos patrios retomaron su pendiente que los va convirtiendo de Ãconos en fetiches absolutamente desprovistos de significado.
Ahora bien, dicho esto, creo que no estarÃa mal tratar de redignificar, de redotar de contenido los hechos y protagonistas de nuestra historia cuyo ejemplo puede servir para hacer que las nuevas generaciones incorporen valores tales como el coraje, la dignidad, el sacrificio, la solidaridad.
Y creo que no estarÃa mal empezar con una figura olvidada en los textos escolares, de cuya muerte se cumplieron hace pocos dÃas 141 años.
El 2 de enero de 1865, luego de vencida la heroica resistencia de la guarnición de Paysandú y de caÃda la ciudad en manos de Flores y sus aliados extranjeros, Leandro Gómez, junto a otros altos oficiales, sucumbÃa bajo las balas de un pelotón de fusilamiento por orden de los generales colorados Pancho Belén y Gregorio Suárez, el Goyo Jeta.
Se convirtió asà en el paradigma del héroe, con su inevitable impronta romántica. Nos deja una lección de dignidad, de entrega y de amor a la patria. Porque no olvidemos que la causa por la que peleó y ofrendó su vida el general Leandro Gómez es nada menos que la defensa de la soberanÃa. Sin caer en esquematismos ni en una visión maniquea de la historia, bueno es precisar que en aquel conflicto, un pequeño paÃs debió resistir la subversión armada del general colorado Venancio Flores con el apoyo de la Argentina de Mitre y del Imperio del Brasil. Bueno es recordar, también, que aquella invasión –que Flores tuvo el tupé de llamar “Cruzada Libertadora”– se produjo bajo el gobierno perfectamente constitucional de Berro a quien sucedió legÃtimamente Atanasio Aguirre. Y finalmente, corresponde tener presente que aquello fue el preámbulo de la Guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay, una infamia en la que intervino Uruguay en retribución a los favores recibidos por Flores de Brasil y Argentina.
Toda la resistencia oriental contra la sedición florista y sus aliados tiene ribetes heroicos, pero particularmente la epopeya de Paysandú es un ejemplo de heroÃsmo que merece nuestro recuerdo permanente.
Para terminar, creo del caso citar el comentario de Washington Lockhart sobre la muerte de Leandro Gómez, extraÃdo de su obra “Leandro Gómez. La defensa de la soberanÃa”, Ediciones de la Banda Oriental, 1977, página 94:
“Recibió todos los disparos en el pecho, cayendo muerto en el acto. De sus heridas no salió ni una gota de sangre, quedando solamente las marcas de las balas. (…) Asà cayó Leandro Gómez mortalmente herido; pero no en su carne viva, sino solamente en la superficie del acontecimiento, al que fuera conducido como a ese borde definitorio en donde él era más él que nunca. (…) Y si las balas de sus verdugos no le sacaron sangre, es porque no le quitaron sino la muerte que él ya habÃa ofrendado, pero no la vida, que estaba más allá de toda circunstancia. Al fin de cuentas, es con muertes asà que se construye la verdadera Independencia”.
Honremos, pues, la memoria de este héroe prototÃpico. Pero tengamos cuidado de no convertirlo en estereotipo. *
(*) Periodista
OTRAS NOTICIAS EN LARED21



