Vacaciones

¿Hay libros así? Tengo que cargar las baterías, sacarle la humedad a los huesos y tensión a los nervios. Aquí estoy, nervioso por la inactividad, esperando el cierre de Bitácora para tener alguna obligación que organice mi vida.

Leo más diarios que antes, más revistas que de costumbre y le huyo a los informativos de televisión mi rito de las 19 a las 21 horas. Es fácil, no tengo televisor. Cocino, que es lo que se hacer mejor. Donde nadie me critica, nadie me disputa mi espacio. A lo sumo una pizca de reproche por un poco de picante de más. Puedo soportarlo.

Los miércoles extraño Bitácora en TV LIBRE y los jueves las peleas en la Tertulia de El Espectador. Me gusta pelear, discutir. Incluso ahora que soy oficialista. Tarea difícil y desconocida para mí que tenía 43 años de firme oposición. Aunque debo confesarlo: yo también tuve mi veta oficialista. A otros gobiernos, otras latitudes, otra época. Tengo vasta experiencia en explicar y justificar cosas. Con este oficialismo uruguayo de ahora es un bollo, un paseo.

Para discutir ya me encontraré algún amigo desprevenido o un adversario de vacaciones. Siempre aparecen. De lo contrario lo haré en forma virtual, frente a la computadora. Sin PC yo no puedo estar, tengo obligaciones inexorables, lecturas de correo electrónico que no admiten la menor demora. Y sin conexión a Internet, menos.

Sería como vivir sin Google. Imposible.

Todas las vacaciones empiezo a escribir un libro. Primero en la cabeza. Me entusiasmo, lo diseño, lo descuartizo lo reconstruyo. Escribo algunas páginas y después me atropella la realidad. Se pueden escribir artículos, comentarios y crónicas de a pedacitos pero es difícil -al menos para mí- escribir un libro en los ratos de ocio. Pero no me resigno, algún día escribiré.

Así que resignado escribo cuentos. Cortos, medianos, y hasta largos. Y los guardo. En un delirio hasta que escribí alguna poesía. La poesía tiene la ventaja de restallar, de cruzar de un salto los sentimientos y la imaginación, de llamar palabras dormidas y sobre todo colores y pasiones dormidos. Tiene la enorme desventaja de la musicalidad. Soy sordo.

Me gusta divagar. Es parte de las vacaciones, no tengo que defender ninguna causa imperiosa, no tengo que atenerme a ninguna agenda propia o ajena, no tengo que responder preguntas incómodas. Puedo navegar sin destino. Como el mar me marea navego entre las palabras. Asumiendo que las palabras pueden provocar las mayores tormentas. Las palabras soplan huracanes de ideas y pueden alcanzar fuerzas incontrolables.

Hay que tener cuidado, en vacaciones se lanzan a circular las ideas que tenemos agazapadas en el fondo del alma, o de la cabeza. Y muchas veces no son ideas de vacaciones, turísticas o festivas. Son ideas pesadas, condimentadas y picantes. Qué difícil es hoy en día tener ideas picantes. En Uruguay y en el mundo.

Hay como un recetario universal de las ideas con un detallado menú de prohibiciones, de sacrilegios culinarios ideales. Un libro de autor anónimo pero que todos hemos asumido como la Biblia de la cocina de las ideas modernas y de buen gusto. Oh perdón, post modernas.

En el recetario universal lo máximo que está permitido es un caldo espeso donde se cuecen todas las críticas al sistema. Cada uno agrega un trozo de estadísticas de injusticias, distribuciones escandalosas de la riqueza, mortalidades y guerras varias y o otras luminarias de nuestra civilización. Incluso algún maleducado se permite comparar la gordura del norte con la escualidez del sur. Puajjj.

Pero las ideas picantes, las que te dejan ardiendo no sólo la lengua sino el alma son las que proponen cosas imposibles, las que después del caldo espeso se atreven a cocinar este mundo en su propia salsa y cuestionar su estructura y su forma de organizar la riqueza. Esa es la madre de todas las ideas y de todas las realidades: la riqueza y como se distribuye. Al final toda la pimienta está allí.

Este gigantesco horno que hemos construido y al que le atribuimos propiedades eternas, sin atrevernos a mirar en serio las dimensiones ridículas de esta piedra en el espacio, sus proporciones, se define por una sola cosa: por cuanto tiene cada uno.

Los poetas, los líricos, los cocineros osados lo discuten, pero llegado el momento el mercado distribuye y a cada cual le toca su porción. Y la receta más indigesta es la que cuestiona esa distribución, la que no acepta que el reparto sean tan absurdo y desparejo.

De vacaciones no conviene atragantarse con esas cosas. En fin, tenemos once meses y dos semanas para mirar adentro de ese caldero, ahora concentrémonos en nuestra porción de postre.

Estas son vacaciones más tranquilas. Las anteriores eran toda una duda, una apuesta, una incógnita. Se venía el cambio y también tropilla de vaticinios funestos.

No nos fue tan mal. Estamos mejor que antes y tenemos cuatro años de esperanzas por delante y enormes tarros de picante intocados. ¿Nos atreveremos? ¿hasta dónde? ¿hasta cuánto? ¿Hasta quién?

¡Qué amargado! En plenas vacaciones cocinando ese guiso, en lugar de mirar el dulce atardecer, el lánguido vaivén de las olas, las doradas arenas y las más doradas «garotas».

Soy un cocinero irremediable.

¿Qué condimentos me gustarían para ese año? Más cambios, más profundos, más temblor de raíces. En plenas vacaciones me gustaría que hubiera una explosión picante de trabajo. Que el año que viene hubiera problemas para descansar por la cantidad de trabajo que se estuviera cociendo en todo el país. Laburo duro y digno para todos.

Ya se demostró que se puede gobernar el barco con seriedad, con equilibrio y mirando hacia el horizonte. Ahora hay que demostrar que podemos desplegar las velas, producir, crecer y distribuir. Por eso en estas vacaciones me gasto una parte de mi tiempo pensando en lo que más me gustaría.

Me gustaría una educación y una universidad en tormenta, en cambio, en apasionado compromiso con sus mejores valores de humanidad, de democracia, de laicisismo, de progreso y de avance científico, pedagógico. Ah y de autonomía, pero no de los cambios. Construida entre las tensiones y los aportes de todos. Sin pequeñas islas de cocoteros privados y corporativos.

Me gustaría que pasito a pasito siguiéramos construyendo un solo país de civil y de uniforme. Y sin vacaciones para la libertad y la democracia, de nadie, y menos para la verdad y la memoria.

Me gustaría que el sacudón para algunas malas costumbres en el Estado fuera lo menos doloroso posible, pero que si a alguien le duele que lo despierten, que lo convoquen, que lo muevan duro, que a nadie le temblara el pulso.

Me gustaría que la salud de los uruguayos fuera justa y que a la enfermedad no se le agregara la pobreza y la desesperación. Del otro lado de la salud todos deberíamos ser iguales, como en los bancos de una buena escuela pública.

Me gustaría que le metiéramos el diente a muchas malas costumbres, a los que se atrincheran en privilegios mal habidos, en monopolios de vergüenza, en corporativismos camuflados. Me gustaría que mis vacaciones se terminen pronto. *

(*) Periodista. Coordinador de Bitácora. Uruguay.

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