Gobierno reconoce avance de crisis ambiental y surge un nuevo frente de colapso climático
Al tiempo que el ministro de Ganadería, Agricultura y Pesca se convertía en el primer secretario de Estado que hace pública su preocupación por estudios internacionales que anuncian la desaparición de las playas del país, antes de 2100, un nuevo fenómeno asociado se convierte en amenaza planetaria. José Mujica detalló lo publicado por LA REPUBLICA en referencia al aumento de la temperatura planetaria, consecuencia del «efecto invernadero», lo cual está derritiendo los cascos polares, con un ascenso del nivel de los mares. El fenómeno, que alarma a los ambientalistas y preocupa a los científicos, tiende a acelerarse: algunos modelos estiman que durante el siglo en curso, las aguas en áreas como la rioplatense, podrían subir hasta medio metro, con lo cual las playas están condenadas. Mujica denunció la responsabilidad de los países ricos en el tema, en tanto el mundo científico coincide en la responsabilidad de los industrializados ante esta inminente crisis. La forma en que el fenómeno se abatiría sobre Uruguay sería en razón de tormentas de corte subtropical mucho más frecuentes e intensas que mantendrían la «presión» del oleaje contra las riberas; las arenas secas dejarían ya de existir en menos de 50 años. El último anuncio internacional en la materia, lejos de ser alentador, presenta una faceta desconocida en general del tema climático planetario. Científicos londinenses confirmaron que el sistema de corrientes que recorre el océano Atlántico «está frenando» y se detendrá en menos de 100 años: las aguas cálidas que hoy atemperan y hacen habitables a varios países cesarán de fluir. Europa septentrional vivirá continuamente bajo los cero grados, la costa oeste norteamericana y el Asia tropical dejarán de ser cálidos. Las consecuencias en Sudamérica son impredecibles en tanto aún se carece de modelos específicos.
Crisis termohalina
La publicación británica Nature, de las más respetadas en el mundo científico, publica en su edición de setiembre que el sistema de corrientes que recorren el océano Atlántico «y asegura a Europa noroccidental temperaturas benignas, está perdiendo fuera». Recuerda que la predicción había sido anticipada por los climatólogos. Los cálculos revelan que en el último medio siglo, la potencia de la corriente disminuyó una tercera parte. Las corrientes oceánicas son responsables directas del proceso de transporte de calor sobre el planeta. El océano Atlántico, aunque ocupa menos de la mitad de superficie que el océano Pacífico, es responsable de transportar el 50% de las aguas cálidas al norte. Esas corrientes dentro del mar, que satélites y astronautas diferencian con claridad, constituyen la Circulación Termohalina Meridional («Conveyor Belt») que hace habitables las altas latitudes.
La Circulación Termohalina está controlada por las diferencias de temperatura (termo) y de salinidad (halina).
El viento no define estas corrientes, sino la diferencia de densidad del agua: cuánto más salina, más densa, más se hunde, «empujando» la masa. Las corrientes tienen siempre igual ruta y en total desplazan 13 millones de metros cúbicos de agua por segundo, unas 75 veces el caudal total del Amazonas. A una velocidad de un metro por segundo, la masa «calentada» en el área de influencia del Golfo de México viaja al norte europeo donde, al enfriarse por transferencia de su calor a la atmósfera, desciende a los fondos marinos. Con los continentes como muralla lateral el agua fría viaja en profundidad al sur Atlántico, corre lateral al fondo Antártico, fluyendo al norte a India y el Pacífico norte, donde se caldea, retornando vía Sudáfrica al Caribe. A lo largo de los 25 grados de latitud norte se produce el máximo pasaje de calor a la atmósfera; allí la Administración Nacional de los Océanos y la Atmósfera (NOAA), de Estados Unidos, mide la velocidad de la corriente desde 1957.
A la fecha, la circulación termohalina decayó un 30% en velocidad. Ello permite hacer modelos matemáticos que anticipan su detención total para finales de este siglo.
Los científicos habían anticipado este colapso, pero lo habían calculado para el siglo XXII: el enlentecimiento es cada año más grande. En cuanto a lo que Uruguay podría esperar en este escenario, la falta de modelos matemáticos impiden una proyección minuciosa. Aparece como imposible evitar alguna consecuencia, en tanto el fenómeno es global, aunque su incidencia aparece como de menor envergadura que en el hemisferio norte. *
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