La vigencia de los Estados Nacionales

Sospecho

Sospecho que tal generalización es tramposa. Sospecho que tampoco es verdad que las más grandes empresas transnacionales no tienen patria. Creo incluso que eso es lo que ellas nos han querido hacer creer. Es más: he llegado a sospechar que también es falso eso tan lindo que casi siempre repetimos: «El dinero no tiene patria».

Porque abrevar en esas «ideas» que se han puesto de moda, es reconocer de antemano que ya no se necesita la fuerza.

Que ya no se la necesita para imponer, asegurar, defender y garantizar el «estado actual de las cosas».

Porque la gran «razón» (o sinrazón) de última instancia sigue siendo, nos guste o no, la fuerza organizada.

Sofisticadamente organizada gracias a la tecnología y la ciencia.

Reconozco que las otras afirmaciones son muy atractivas. Pero caen estrepitosamente ante la simplicidad de una viejísima constatación: tanta irracionalidad y tanta vieja injusticia es imposible sin ayuda de la violencia.

Y para que haya violencia organizada decisiva, es imprescindible desde hace muchísimos siglos que haya Estado; concretamente: Estado Nacional.

Ello es independiente de que hagan alianzas con otros para multiplicar su poder coercitivo y coactivo. Al fin y al cabo eso también hace muchos siglos que se viene realizando.

Lo que sí interesa a quienes hoy mandan, es predicar que se deben disolver los Estados Nacionales de los demás. Incluso que los demás deben disolver sus Fuerzas Armadas (favoreciendo de paso, con el ahorro, el cobro de sus préstamos).

Sospecho también que las burguesías de los países más ricos no «mudan» sus fábricas a ciertos países del Tercer Mundo buscando nada más que salarios bajos.

Su plan es otro: una división del trabajo acorde a las nuevas fuerzas productivas.

Sacan de sus Estados Nacionales las tareas que requieren el uso de mucha mano de obra con poca o nula formación, las que polucionan, las que agrupan en un solo lugar a demasiada gente, las que requieren materias primas cercanas a la fábrica y las que «capturan» (de ese modo) espléndidos mercados. Se «desindustrializan».

Como contrapartida, concentran en su Estado Nacional, la clave del sistema dominante: las plantas industriales que requieren mano de obra altamente especializada, las empresas que generan conocimiento, las que fabrican tecnología, las que «descubren» e «inventan», las que aplican las partes más secretas de esos hallazgos.

Así tratan de mantener al mundo agarrado por el pescuezo, se defienden de otras potencias y pugnan por su propio bienestar.

El complejo científico-universitario-industrial-militar que incluye a una clase obrera muy bien organizada y plenamente consciente de lo que está haciendo, es el que proporciona la «razón» de un portentoso «garrote» siempre mejorado y a la orden.

Sus empresas e incluso algunas ajenas, «arman» en cualquier lado los componentes de un producto cuyas piezas esenciales están y estarán exclusivamente en manos metropolitanas.

Su caballito de batalla debe ser la prédica ideológica del derribo de las fronteras, procurar la debilidad de los Estados Nacionales ajenos y la mayor libertad de comercio y mercado posible salvo en dos asuntos: la libertad del uso de las «patentes» y la del tránsito de las personas.

Para esta tarea también tiene mano de obra barata disponible en las colonias.

Tampoco deja que nadie llegue al sagrario de sus Fuerzas Armadas porque ellas son la máxima expresión de sus Estados Nacionales.

La Ciencia, la Tecnología, la Investigación, el Desarrollo, las Universidades, los Complejos Industriales y hasta las Ciencias Sociales del más insospechado tipo, están puestas al servicio de sus Fuerzas Armadas garantía última, final y tranquilizante, del bienestar que disfrutan.

Pero a eso debe agregarse que los gastos de defensa en esos países son el más colosal subsidio que la humanidad haya brindado jamás a la industria, las universidades y la investigación científica.

Esa burguesía mundial dominante (que se disemina en varios países) no va a renunciar jamás a su respectivo Estado Nacional sencillamente porque es en él (aunque contrate mercenarios) que organiza sus Fuerzas Armadas que, como bien sabe desde hace muchísimo tiempo, es el «argumento» final de sus alegatos planetarios.

Organiza de ese modo el mundo y lo divide hoy, muy groseramente, en tres partes: el que disfruta; el que necesita y le resulta funcional y que por lo tanto disfruta a medias pero disfruta. Por él se mueven los países que o bien pugnan o bien son candidatos a subir a «primera división» o a caer en el infierno.

Y finalmente una vasta gama de países, poblaciones y Estados absolutamente «descartables» en los que prefiere actuar a través de mafias y capitalismo criminal de muy baja pero rendidora estofa (digamos que ni merecen la atención de sus Estados Mayores: mandan o compran ladrones y con eso alcanza). En ellos actúa solamente cuando tiene alguna materia prima que necesita.

En caso contrario ni tan siquiera manda mafias: fomenta diversos bandos y les vende armas a todos para que se maten cuanto antes. Lo único que les importa en esos casos es que desaparezcan cuanto antes.

Entonces proliferan en el mundo, como nunca antes, los muros y las alambradas. A veces muros y alambradas concretas como en Palestina, la frontera sur de los Estados Unidos, o Marruecos (por citar solamente algunos casos). A veces muros y alambradas legales (tan o más homicidas que las otras) pugnando por mantener la división de la humanidad en las franjas antes citadas: si usted es de un país superfluo debe quedarse en él a matar o a morir; si lo es de un país o región de «medio pelo» puede visitarnos, pero como turista, entrando por la puerta de servicio y, luego de sacar sus fotos vuelva a su casa y sírvase no salir de ahí. El banquete, la fiesta, es sólo para los que están debidamente autorizados.

No tiene nada que ver con las migraciones anteriores.

Un habitante de Sierra Leona que haya caminado dos años para llegar a Ceuta y tratar de saltar el alambrado rumbo a Europa, no tiene para ello el más mínimo derecho porque sencillamente alguien decretó que él pertenece al mundo de los sobrantes (ni tan siquiera al de los descartables), debe volver a su mundo y desempeñarse en él como un buen ciudadano de ese mundo, morir de hambre en santa paz, armarse hasta los dientes y matar a sus vecinos también en santa paz, salir bien por CNN, etcétera.

Cuando se acababa la dictadura y ante la comida absolutamente podrida que los mandos daban para milicos y presos en los cuarteles de la Tercera División, los clases y soldados en Paso de los Toros nos robaban el pan dejándonos la carroña de mondongo proveniente de Montevideo; ante nuestra protesta humanitaria, repetían una frase que aún rige y ya conocíamos como parte irrenunciable del «verdadero» reglamento del Ejército Nacional: «Los oficiales como oficiales, los milicos como milicos y los presos como presos».

Tenían razón, nuestro reclamo por el «marroco» (pan chico generalmente duro) subvertía el orden mundial y planetario. Radicalmente.

Hoy vemos que hay países, y aún continentes enteros que están destinados a ser cárceles, campos de concentración y hasta campos de exterminio y cuyos habitantes no deben, bajo ningún concepto, tratar de ir a dónde no sólo se come sino que se tira la comida.

Y si alguien o algo lo intenta, allí estarán las Fuerzas Armadas para propinar el último de los argumentos convincentes. *

(*) Senador de la República

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje