Debemos pensar en el uso obligatorio de combustibles alternativos

Molinos de viento

Tengo a la vista un copioso informe basado en legislación internacional comparada: hace varios lustros que la Unión Europea y los más diversos países del planeta han promulgado leyes y firmado decretos por los que se subsidia de distintas maneras pero muy generosamente, todo emprendimiento destinado a producir energía en base a fuentes renovables. En las «exposiciones de motivos» y en los «vistos» y «considerandos» se reitera en todos los idiomas lo mismo: la situación de alarma y de urgencia. Lo más curioso es que muchos de esos países tienen petróleo y gas.

Esa «forestación» nutrida de «molinos de viento» (generadores eólicos) que vemos (en fotografías) por campos y mares de varios lugares del planeta no ha surgido por generación espontánea ni sin decisivos apoyos estatales y municipales.

Expresa parte de una muy pensada e inteligente «política energética» a mediano y largo plazo.

En Uruguay acabamos de derogar el subsidio a la forestación que permitió llenar con bosques unas seiscientas mil hectáreas en pocos años.

Somos un país extraordinariamente «petróleodependiente». Lo hemos venido siendo cada vez más.

La adquisición posible en estos días de dos voraces centrales térmicas de ciclo abierto nos aumentan la dependencia petrolera y del gas (cuyos precios también irán en alza) por otros veinte años, y el a esta altura ya folclórico atraso en construir por lo menos una central térmica de ciclo combinado cuya licitación estaba (y está) pronta, y que habremos de construir sí o sí (pero lamentablemente cuando a lo mejor ya sea definitivamente muy tarde) parecen querer seguir indicando tozudamente el mismo camino: el de un callejón sin salida (salvo el abismo).

Un visitante desprevenido diría que Uruguay ha sido gobernado por algún Jeque petrolero.

Que además logró destruir el ferrocarril y hasta la más remota idea no solo de navegación fluvial y de cabotaje sino la de construir canales…

Logró también importar autos a granel, auspiciarlos y mimarlos hasta transformarlos en la principal causa de muerte de los jóvenes uruguayos.

Y otra vez: cuando en todo el planeta, incluso en las Casas Matrices de la industria automovilística, se desalienta su uso, se subsidia el uso de las bicicletas y el transporte colectivo en todas sus formas, en Uruguay, gastando fortunas, seguimos levantando a los autos formidables monumentos para su mejor y más cómodo desplazamiento.

En Uruguay parecería impensable prohibir el ingreso al centro de las ciudades en auto (o con menos de cuatro pasajeros). Porque según parece somos un país millonario y no estamos dispuestos a tomar esas medidas propias de países pobres y atrasados como Japón, Alemania, Estados Unidos…

Si hoy consumimos doce millones de barriles al año más o menos y gastamos por lo tanto alrededor de ochocientos millones de dólares en eso, es fácil sacar la cuenta de cuánto vamos a gastar si el barril sigue subiendo. Las únicas quejas que se oyen, son nuestros gritos porque sube la nafta (queremos que el Jeque nos la mande gratis).

Nos negamos a subsidiar el ferrocarril, renegamos cuando se subsidia el boleto. A los taxímetros (como cinco mil en todo el país) los vemos parados en las esquinas formando largas colas ociosas pero el Estado (incluyendo las Intendencias) sigue (seguimos) usando autos oficiales a granel. Tampoco nos ayudamos y los ayudamos estableciendo zonas de circulación exclusiva para taxis y ómnibus en las ciudades. Porque en vez de seguir gastando en la infraestructura necesaria para la mayor comodidad de los autos particulares deberíamos gastar en grandes y cómodas playas de estacionamiento (que eso es lo que se necesita: estacionarlos) bien servidas por el transporte colectivo profesional de pasajeros en todas sus formas.

Todo esto suena muy antipático pero estoy absolutamente seguro de que si estas medidas y otras no se toman en el marco de un plan energético nacional de mediano y largo plazo, serán ya no tomadas sino propinadas por la cruda realidad inminente. Nos guste o no. Debemos pensar en el uso obligatorio de combustibles alternativos en diversa proporción y apoyar por todos los medios posibles su producción y las investigaciones necesarias para ello.

Para Uruguay, y concretamente para un Uruguay Productivo, esa estrategia resulta ineludible. Es la estrategia.

La era de la austeridad energética (o sea de la austeridad sin más) llegó para no irse. Y llegó para todo el mundo: no podemos pretender seguir teniendo «coronita». Porque las fuentes sustentables de energía no podrán, por lo menos a mediano plazo, sustituir el cada vez más caro y escaso petróleo liviano y por lo tanto permitir que siga el extraordinario despilfarro en boga hasta hoy.

Por otra parte, tampoco la atmósfera lo seguiría soportando sin consecuencias catastróficas.

Con ello se acabó la civilización de las grandes ciudades: ellas serán imposibles en el futuro. Inviables. Insostenibles por la energía, el agua y los alimentos que demandan sin producirlos.

La producción ahora ineludible de energía en base a fuentes renovables contribuirá decisivamente a la cohesión e integración social distribuyendo tanto para la producción como para el consumo a las poblaciones del mundo en vastos espacios que se venían deshabitando. Los municipios del interior de todos los países están destinados a cumplir un rol preponderante en esta nueva «civilización» y deben comenzar ya a fomentar, mucho más de lo que hasta ahora se ha hecho, la instalación y el desarrollo de emprendimientos referidos a las fuentes renovables de energía.

El fantasma de la energía atómica sobrevuela este panorama porque ante él crece la opinión pública de que no hay otro remedio.

Pero los especialistas sostienen que su combustible también es finito y será escaso. Las pujas que hoy presenciamos en torno a diversos planes de desarrollo nuclear con fines pacíficos o guerreros (Corea del Norte, Irán, Brasil) forman, a pesar a veces de lo que se diga como argumento, parte de la lucha mundial por apoderarse de los recursos escasos en esa materia.

Los principales países del mundo han lanzado un gigantesco proyecto conjunto (con sede principal en Francia y cuantiosas inversiones) para tratar de llegar cuanto antes a la tecnología que permita aplicar industrialmente la fusión nuclear (en lugar de la fisión) con fines energéticos. Pero en el mejor de los casos, si hay éxito, ese logro tardaría unos treinta años por lo menos. Sin embargo, han puesto manos, cerebros y colosales capitales a la obra.

Muchos Quijotes han predicado en vano todo esto en Uruguay desde hace muchísimos años y hasta estos días. No fueron oídos. Vaya nuestro homenaje, de todos modos, a ellos. Y en este «mes del Quijote de la Mancha» vaya también nuestro homenaje a Cervantes, a Don Alonso Quijano (el Bueno) y a Don Sancho Panza. Ojalá muy pronto Uruguay llene sus cerros y sus mares de Molinos de Viento. Y si no lo hace: seguiremos peleando pero esta vez no contra ellos, sino a favor de ellos. *

(*) Senador de la República, escritor

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