El mundo de los sentimientos
Cuando salen a respirar y a hacer acrobacias, sacan la enorme cola como una muestra de que están ahí. En la primavera emprenden un viaje de unos seis mil kilómetros hacia el norte, hacia las aguas del Artico, donde básicamente encuentran su alimento. El largo viaje lo hacen solitarias, tan sólo comunicándose entre ellas desde las profundidades por el sónar, algunas cantan. Son capaces de llegar a profundidades a las que no llega la luz, aunque siempre vuelven a la superficie para respirar.
¿Les recuerda eso a algo? Los humanos, mamíferos también como ellas, estamos habitados por todo un mundo de potentes sentimientos, a veces contradictorios, pero siempre están ahí, mostrándonos su cola como para decirnos que no nos olvidemos de ellos, que son uno de los pilares en que se basa nuestro estar en el mundo.
Y también como las ballenas, los sentimientos emergen de vez en cuando a la superficie de manera tumultuosa sin saber a santo de qué y por qué en aquellos momentos precisamente.
No es que los sentimientos escojan el momento y el lugar para emerger sino que sencillamente emergen, salen, sacan la cabeza desde el fondo de nuestros océanos personales para evitar que nos olvidemos de que nuestra vida se halla anclada en ellos.
Y cuando salen a sus anchas, que es casi siempre, a veces arreglan algunas cosas y a veces las estropean.
La verdad es que hablamos mucho de la importancia de los sentimientos en la vida humana, pero no se habla de qué clase de importancia. Quiero decir, por ejemplo, que es importante amar a una persona, pero que ese amor, para que lo sea, tendrá que ser dosificado.
Para decirlo con otras palabras, una cosa es el impulso amoroso y otra cosa es amar; el impulso está ahí, dentro de ese océano personal, pero para que se convierta en amor hacia alguien tendrá que ser contenido en la medida de lo que pueda ser aceptado; de otro modo, si sale incontenible, en vez de amar puede destruir.
Y tal vez sea por eso que todas las civilizaciones han establecido como una regla de convivencia pacífica que las relaciones entre los humanos deben ser consideradas en todos sus aspectos, tanto en el amor como en su contrario, el odio – que no es otra cosa que el amor estropeado en su construcción y convertido en su contrario-, es decir, la otra cara de la moneda.
El mundo de los sentimientos se articula por leves señales, sugerencias, impresiones, como en un lenguaje críptico que todo el mundo conoce, desde una cierta distancia, como con pudor por no mostrar su inmensidad. Mostrar un sentimiento de manera permanente resulta obsceno.
El sentimiento habita en las profundidades y su inmensidad es casi inhumana; ya en las tragedias de Shakespeare se pone de manifiesto. Tan sólo la gran riqueza del lenguaje shakespeariano es capaz de reflejar ese mundo inmenso a través de un inmenso lenguaje.
Me parece que nadie más ha logrado tal cosa a ese nivel hasta ahora.
Y también el largo y solitario viaje de las ballenas hasta las aguas del norte parecido a nuestro viaje vital también solitario, tan sólo con el sónar o las canciones, emitidas desde una gran distancia y oídas, tal vez, por alguien que las escucha. *
(*) Es psicóloga y escritora (La Vanguardia, Barcelona)
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