"La 'civilización' referida: la nuestra y propuesta como una 'panacea', está acorralada por cualquier lado que la miremos"

Se termina

Terminamos afirmando que ante tanta locura desenfrenada la esperanza de la Humanidad reposaba en los pueblos de todo el mundo y en la evidente y pujante multipolaridad emergente. Únicas fuerzas capaces de sustituir el apocalíptico tambor por la pipa de la paz. Trataremos de explicarnos.

Hemos dicho y repetido que la crisis de la «utopía» o, mejor dicho, craso delirio mundial del «modelo» neoliberal en boga, venía cabalgando sobre cuatro potros desbocados: la crisis energética, la del agua potable de buena calidad, la de los alimentos y la de la población. De las cuatro, la más evidente hoy es la de la energía. Pero las otras tres, sin tanta «prensa», están igualmente presentes porque las cuatro se retroalimentan en círculo perverso.

Vayamos a por algunos datos sueltos pero elocuentes:

Si todo sigue así, en treinta años la población del Africa Subsahariana igualará a la de la India a pesar de las guerras genocidas y de las feroces enfermedades que hoy la diezman.

Pero presentan la tasa de crecimiento demográfico más alta del planeta.

Ese dato no escapa al análisis de ningún Estado Mayor de las Fuerzas Armadas del mundo «central», pero tampoco al de los Estados Mayores de la Burguesía Mundial (que ya planifica pingües negocios en el área, aun a pesar de lo que Kissinger afirmara en el sentido de que al capitalismo para nada le sirven los consumidores inútiles).

Un barril de agua potable de buena calidad, equivalente a un barril de petróleo (ciento cincuenta y nueve litros), vale hoy en las licitaciones internacionales de la ONU para ayudar a esos pueblos y en el Mercado de los países con sed (entre los que se encuentran los petroleros árabes) a unos doscientos dólares. Ciento cuarenta más que el barril de petróleo. Y tiende, como el otro, a seguir subiendo.

Dijimos en la columna anterior que China pasó a ser la segunda economía mundial, desplazando de ese puesto a Japón, e India la cuarta desplazando a Alemania. Por allí, por entre esos primeros diez lugares, anda Brasil.

El año pasado Shangai pasó a ocupar el primer puesto entre los puertos del mundo desplazando a Rotterdam.

El dato más interesante y hasta escalofriante, es que dentro de unos pocos años, si todo sigue así, las primeras economías mundiales serán China e India o sea: NO SERAN PAISES RICOS.

Este formidable «fenómeno» se expresa ya de modo dramático.

Siempre dijimos que el «modelo» neoliberal era, por definición, para una minoría de los habitantes del mundo (el resto era sacrificable porque sobraba hasta para ser explotado). Y que ello quedaba demostrado por el hecho de que si por ejemplo a los hindúes o a los chinos se les ocurría subirse a la «utopía» propuesta y usar autos como los alemanes, o heladeras como los californianos o cisternas de inodoro como nosotros, el planeta colapsaría por explosión de sus límites ecológicos.

Pues bien: ni más ni menos eso es lo que está pasando. Y las consecuencias vienen quedando a la vista. Totalmente en pelotas.

Hoy, martes dos de agosto del dos mil cinco, el barril de petróleo alcanzó los sesenta y un dólares y, según los analistas, no para. Para los uruguayos, esa «factura» representa la friolera de ochocientos millones de dólares anuales, más o menos, y sin poner en marcha todavía el sueño de un Uruguay Productivo que, por definición será ENERGIA. Imaginemos dentro de poco, tal vez el año que viene según el Bundesbank, cuando el barril cueste más de cien.

Pero no lloremos porque mal de muchos es consuelo de tontos: a todos les pasa lo mismo. La crisis es mundial. La crisis de un modelo de civilización está explotando ante nuestros ojos.

Esta civilización, montada a partir del invento del motor de combustión interna, navegaba feliz sobre un mar de petróleo barato que fue dilapidado miserablemente y se acaba.

Mejor dicho, según lenguaje técnico, llegó o está llegando a su cenit de posibilidades. De acá en más será cada vez más escaso hasta desaparecer.

Primera causa pues de la crisis: la certeza científica, unánime a esta altura, y de nivel mundial, acerca de que el petróleo liviano y barato llegó al cenit de su producción imaginable. Se acabó la farra. Seguirá habiendo petróleo, pero pesado, difícil de extraer, carísimo. Más caro que otras fuentes de energía. La «civilización del petróleo barato» llegó a su fin. Y no sólo afecta a los motores sino también a las fibras sintéticas y a todo lo que llamamos «material plástico»: desde sillas hasta bolsas de supermercado.

Como no hay mal que por bien no venga, esto valoriza nuevamente a las fibras textiles naturales (entre ellas la lana) y a la madera y otros materiales con los que la humanidad siempre hizo las sillas y otros muebles, pero también a las bolsas de papel (los finlandeses de BOTNIA están muy bien asesorados).

El árbol, mal que les pese a quienes están contra los eucaliptos y otras forestaciones, viene marchando a buen ritmo entre los elementos que se postulan como sustitutos del petróleo liviano. Porque además de papel, proporciona leña y la leña fue el primer combustible que usó el ser humano para producir energía apenas descubrió cómo encenderla. Hoy es el treinta por ciento de la energía que consume NUESTRA INDUSTRIA. Además no produce efecto invernadero porque todo el anhidrido que tira cuando se quema lo absorbe cuando lo han plantado y mientras no lo talen. Es energía del sol pero por fotosíntesis.

La otra causa alegada del colapso energético es el imprevisto aumento de la demanda provocado por el pujante crecimiento de China y de la India. Por un lado es verdad: rompió las irresponsables previsiones (en el sentido de que iban a seguir siendo países atrasados) pero por el otro es mentira: el principal dilapidador de petróleo barato (y por lo tanto contaminador) sigue siendo por lejos Estados Unidos. Lo siguen, a rueda, la Unión Europea y Japón que por lo menos firmaron el Protocolo de Kyoto.

Porque debemos aclarar que aun si hubiera petróleo barato disponible PARA TODOS sería imposible quemarlo al nivel de la exigencia mundial actual porque la ecología, el descubrimiento de los límites vitales para todos los seres humanos, descubrió y preanunció que, en ese caso, el efecto invernadero y otras consecuencias, nos llevarían al desastre en masa.

La tercera causa alegada hoy es que Arabia Saudita mintió acerca de sus reservas. Las infló en el pasado para lograr diversas ventajas mundiales y hoy, cuando fallece el principal aliado de los Estados Unidos en esa zona, también fallece aquella mentira. Las víctimas de ese tan monumental «cuento del tío» (entre ellas el gobierno de los Estados Unidos que lo compró), gimen con desesperación impotente.

La «civilización» referida: la nuestra y propuesta como una «panacea», está acorralada por cualquier lado que la miremos. Salvo que alguien liquide a una inmensa mayoría de la humanidad.

En esa locura está Bush y en la próxima columna (porque se acabó el espacio), veremos los efectos concretos inmediatos no sólo sobre el mundo y sus guerras de hoy, sino también sobre nuestros propios errores y cegueras. *

 

(*) Senador de la República

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