Ernesto Kreimerman, presidente del Comité Central Israelita del Uruguay

"La impunidad incentiva la repetición y el incremento de atentados como el de la AMIA"

El 18 de julio de 1994, una bomba explotó en la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) y dejó 85 muertos y unos 300 heridos. A once años del atentado en Buenos Aires y después de una cuestionada investigación, la causa judicial se encuentra prácticamente a fojas cero y no hay ningún detenido por el crimen.

De hecho, el gobierno argentino admitió la semana pasada la «responsabilidad estatal» por no haber investigado debidamente el ataque terrorista ni haberlo prevenido pese al antecedente de la Embajada de Israel. Es que en el 92, en la embajada de ese país en Buenos Aires también fue detonado un explosivo que mató a 27 personas e hirió a más de 350.

Para el presidente del comité que reúne a más de 30 instituciones judías de Uruguay, el «atentado a la Amia fue más que un ataque al pueblo judío». En una entrevista con este diario habló de cómo se vivieron esos hechos, del temor ante la posibilidad de nuevos ataques y de la impunidad que gira en torno a la investigación de estos crímenes.

–¿Dónde estaba cuando atentaron contra la Amia?

–No me acuerdo dónde. Pero recuerdo que me llamaron para avisarme de la explosión. Ya teníamos la mala experiencia del ataque a la Embajada de Israel, por lo que el atentado a la AMIA tenía una suerte de vaticinio que muchas comunidades judías habíamos lanzado. La impunidad con la que se había «premiado» la inoperancia, ineficiencia y desidia política de la autoridad argentina de la época al atentado de la Embajada traía latente la posibilidad de que pudieran concretarse nuevos hechos. Y lamentablemente el augurio se cumplió. Pero con un objetivo mucho más cruel, con un fin discriminatorio antijudío. A partir de ese hecho se toma conciencia de que existe una concepción del mundo muy autoritaria, absolutamente irrespetuosa de la diversidad y que cree que por la fuerza se pueden imponer criterios culturales, religiosos y políticos.

–¿Se tomó dimensión de lo que ocurrió el 18 de julio de 1994?

–La vida moderna tiene un drama, la fugacidad. Cuando uno mira hacia atrás, ve que la humanidad no reaccionó con el peso y la inteligencia necesaria ante el inicio de estos atentados. Lo llamativo es que aun existiendo las experiencias de Buenos Aires, nos olvidamos de los atentados a la sinagoga de Turquía y los incidentes en París, una escalada de hechos continuos. Por un autismo de análisis se aíslan los fenómenos, cuando en realidad habría que comprender que los fenómenos que se vienen sucediendo desde hace muchísimos años en Israel se han expandido. No es casualidad que estos hechos, más los ataques en Nueva York, Madrid y Londres, se hayan concretado por suicidas. Se trata de la misma metodología usada en Tel Aviv o Jerusalem para matar a niños escolares y otras miles de personas.

–¿La falta de conciencia o el olvido se acentúa cuando la víctima es el pueblo judío?

–El atentado a la AMIA fue mucho más que un ataque al pueblo judío. Hay que tener mucho cuidado con esa pregunta para no caer en una visión paranoica de la vida. Pero lo cierto es que pasaron 13 años del atentado a la Embajada de Israel y 11 años de la AMIA, y hoy estamos en una situación de indefensión jurídica absoluta e indignidad para con los muertos de estos dos ataques. No hay nada más terrible en la vida que no saber cómo explicarle a tus hijos o nietos qué pasó y cómo murieron tus seres queridos.

–¿La impunidad incentiva la reiteración de los delitos?

–Sin dudas. La impunidad es un incentivo a repetir y a incrementar los delitos. El terrorismo es un sector del islamismo y la humanidad no ha reaccionado con la suficiente inteligencia como para poder aislar ideológica, política y socialmente a estos sectores. Así les dejó ganar espacios. Que no haya presos en las causas revela que la impunidad sirve para que los terroristas sigan con su prédica y discurso político.

–Los familiares de las víctimas de la AMIA aseguran que fue el peor atentado al pueblo judío después del Holocausto…

–Después de la diáspora, quizás lo sea. Lo salvaje e incivilizado nos demuestra que vivimos en una época en la que hay problemas graves de intolerancia. Hay sociedades como la nuestra, en las que estamos realmente integrados, donde también existen problemas. Tal vez sean menores pero basta recordar que hace pocos meses la Justicia procesó a un grupo neonazi y se sabe que en el país hay otras pequeñas células, que son responsables, por ejemplo, del vandalismo que sufre frecuentemente el cementerio judío. Son problemas chicos, pero hay que atenderlos.

–¿El Uruguay actual muestra actitudes antisemitas?

–El antisemitismo se expresa hasta en la terminología. Para referirse a una paliza en broma, algunos dicen «le hicieron una judeada». Las judeadas eran cuando se entraba a las juderías a matar o quemar personas. Quizás el que lo dice no tiene claro la ofensa que significa esa afirmación, y tal vez uno en la vida cotidiana no lo toma como una agresión. Son términos incorporados al lenguaje que forman parte de un resabio de una cultura antijudía de otra época.

–¿Existe el temor de un atentado antisemita en Uruguay?

–Uno cree que no va ocurrir pero a la vez sabe que puede pasar. Ahora, ¿quién creía que iba a haber atentados en Buenos Aires? Si uno lo piensa seriamente, por qué no va a pasar si hicieron explotar un ómnibus escolar con niños adentro. Si uno piensa que hay alguien que se viste, saluda a su familia, pone sobre sí bombas tranquilamente y se hace estallar en el medio de un coche con niños, la escala del próximo atentado es sólo cuestión de la imaginación del suicida. Eso es una demostración de la vileza y el desprecio hacia la vida humana. *

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