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Una luz fraternal

Ya de tardecita están haciendo la cola. La mayoría veteranos de edad indefinida, también muchachos avejentados por los tremendos viandazos que les dio la vida. Por la Ciudad Vieja, las mujeres con sus niños en brazos se entreveran con viejas de ropas más que humildes, muy apretujadas en la patética fila. Buscan pasar la noche y un plato caliente para esquivar al destino que se esconde en el frío y la neblina. El Plan de Emergencia no da abasto para esos hermanos en la llaga a los que por décadas los que te dije le torcieron la cara. La memoria quiere recordar a uno de los ejemplos del ayer, muy lejano, que también daban una mano al necesitado. Vamos bien para atrás, allá por la zona del Palacio Legislativo, en los días en que esa mole aún no estaba finalizada. En la desembocadura de Sierra, había unos enormes galpones. Para allí rumbeaban los más pobres y los que andaban corriendo la liebre, al decir de esos años. En un gran galpón se les permitía pernoctar y de paso darle algo de morfe a la chillona barriga. El sitio era administrado por unos señores y damas de uniforme azul con adornos en rojo y muy brillantes botoncitos dorados. Le decían el Ejército de Salvación y por su obra pudieron pelechar y sobrevivir cientos de montevideanos. Las condiciones de ingreso imponían una ducha obligatoria y si podían lavar la ropa. La gente entraba rápido y al baño de un saque, bajo la atenta mirada de los que llamaban «soldados salvadores» que lucían en sus gorros cintas muy rojas. Todos juntos se sentaban en una extensa mesa donde recibían en unos tazones de lata, el café con leche acompañado del sabroso pan casero hecho en los hornos de barro del fondo del local. Mientras el invierno castigaba muy duro en las calles, en ese galpón iluminado por faroles y unas pocas bombitas se producía el milagro de la fraternidad entre los hombres. Una vez llegó una mujer en total desamparo y con un avanzadísimo embarazo. Al rato de arribar y sin dar tiempo a nada, allí mismo dio a luz unos hermosos mellizos. En la mañana siguiente los diarios recogieron la noticia y dieron gran difusión. Al par de días, los depósitos del Ejército de Salvación se llenaron de ropas y alimentos de todos los conmovidos vecinos. Ese ejército de la fraternidad también tenía otro local en la Villa de la Unión, sobre la antigua calle Plata, ahora Félix Laborde, casi llegando a 8 de Octubre. También otro, por el viejo Cordón y su calle Magallanes. Allí entregaban alimentos en unos paquetes ya armados atados con una gruesa piola. Contenían un trozo de carne ahumada, una galleta de campaña y un atadito de verdura. Los fondos económicos de ese filantrópico ejército provenían de colectas y de las tradicionales actividades que esos pacíficos soldados practicaban con estusiasmo. Por las tardes nunca faltaban por 8 de Octubre o por 18′ y Río Negro, frente al London, donde formaban un coro que cantaba acompañado por un gran bombo, trompetas y clarinetes. La gente de inmediato los rodeaba y al finalizar la música ponía unos vintenes en los canastos de mimbre que las damas, de coqueto sombrerito de cofia, pasaban entre el público. La fraternidad, una luz que debe brillar hoy más que nunca porque hay compatriotas que ya no pueden esperar más tiempo.

 

Con un manojo de recuerdos y buena música, los esperamos todos los sábado, a las 19 horas en la 1410 AM LIBRE.

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