La riqueza de una vida
El hizo del asilo político no sólo un instrumento jurídico para salvar vidas y libertades, sino, además, un vehículo de sorprendente humanidad.
Lo conocí aquella noche de setiembre de 1975, en que, como embajador de México, conmemoró en el Parque Hotel la principal fecha histórica de su patria, a la que tuve el honor y la satisfacción de ser invitado. Asistieron a la fiesta notorios personeros civiles y militares de la dictadura en representación del gobierno usurpado. Muchos de ellos eran obviamente militares de alta graduación, y tenían rigurosamente formada a una de las bandas de las Fuerzas Armadas, para que ejecutara los himnos en el instante culminante de la noche. Pero ese momento se anticipó, cuando irrumpió en la reunión el general Seregni, invitado especial de don Vicente, en el breve período de libertad que disfrutó en su larga etapa carcelaria, desde la movilización popular del 9 de julio del 73 hasta casi la caída de la dictadura.
Su entrada al gran salón del Parque Hotel, a la vez que convocó la expresión de alegría de la mayoría de los concurrentes, también instaló la estupefacción en los rostros de los altos mandos militares presentes. En el marco de esa tensión la reunión recuperó una aparente normalidad, aunque ya había cambiado profundamente de cualidad. Mientras muchos rodeábamos a Seregni, con la misma premura, en el otro extremo del salón se reunieron los más encharretados militares. Casi enseguida se desprendió uno de ellos y, encarando a don Vicente, le exigió que retirara de la reunión al general Seregni. Don Vicente se sonrió y, quitándole entidad a la exigencia, le dijo algo así como: «Por favor, hoy es un día de alegría para mi país. Estamos en una fiesta». El militar, desconcertado, se dio vuelta y retornó a su grupo que lo esperaba expectante, mientras don Vicente siguió hablándonos del teatro mexicano. Al minuto ningún atisbo de sonrisa, contestó: «Usted no puede cuestionarme eso. Estamos en tierra mexicana y yo decido a quién invito. En todo caso, un planteo como ese sólo me lo podría hacer el Canciller uruguayo. Y el Canciller no está». Y se volvió al tiempo que continuó la conversación en la que estábamos. Los militares se fueron al unísono y en bandada, llevándose incluso a la bien formada banda que esperaba para tocar los himnos, que esa noche sonaron en la fiesta de una manera muy distinta a la que se había planificado.
A partir de aquella noche, la presencia de don Vicente iba a hacerse cada vez más decisiva, tanto en mi vida como en la de cientos de uruguayos. A pocos días de aquel aniversario de la Independencia de México, fui llevado por la Policía a su Departamento de Inteligencia, donde se me comunicó que a partir de ese momento no podía «enseñar (yo ya estaba destituido de la Enseñanza Pública desde 1973), dirigir obras teatrales, actuar en ellas, escribir para publicaciones, ni tener relación alguna con instituciones culturales en todo el territorio nacional». No obstante la dureza de la comunicación, me dejaron en la «libertad», no sólo de la más absoluta desocupación, sino en el aislamiento respecto de instituciones culturales con las que había tenido profunda relación; me estaba vedado, incluso, «pisarlas».
La noticia de esta situación -como en otros casos semejantes- trascendió, no precisamente por la vía de la difusión oficial de la dictadura, y llegó rápidamente al conocimiento de don Vicente. Habían pasado un par de días, cuando un funcionario de la Embajada de México, y en su nombre, me pidió telefónicamente una entrevista.
En ella me comunicó, de parte del embajador (y con la prolijidad jurídica que tuvo siempre su conducta) que, ante la situación que estaba yo viviendo, la Embajada de México «no me ofrecía el asilo político» (ya que la iniciativa del mismo la debe tomar quien lo solicita); sino que, simplemente, me comunicaba que dicha embajada me abría ese camino, en base a los acuerdos internacionales firmados. Se lo agradecí, pero ni se me pasaba por la cabeza irme del país, alentado por la ilusoria suposición colectiva, aún vigente entonces, de que la dictadura no iba a avanzar a los abismos de discrecionalidad represiva que inmediatamente alcanzó.
Así fue que a un par de meses de aquella prohibición «global» que me decretó la dictadura junto a otros compañeros del trabajo cultural, fui detenido por el Departamento 6 de Inteligencia, donde tuvimos nuestro modesto porcentaje de apremios, ignominia y cárcel, de los que fuimos liberados a los casi cuatro meses por obra de una importante campaña internacional solidaria.
Penamos ingenuamente que en esa instancia se cerraba la apetencia de la dictadura por aniquilar el limitado margen de «libertad» que su prohibición sobre mis posibilidades laborales me dejaba; pero no fue así.
A los pocos días de haber salido al Departamento 6 de Inteligencia, las fuerzas represivas volvieron a buscarme donde afortunadamente no me encontraron; y ahí sí pedí asilo político a la Embajada de México.
Estábamos en abril de 1976, cuando, por ese motivo, no sólo pude conocer la excepcional condición humana del embajador don Vicente Muñiz Arroyo, sino la riqueza a la que puede llegar la conducta colectiva de un grupo humano para sobrellevar la vida de encierro a la cual se ve forzado entre las paredes de una embajada cercada por personal militar fuertemente armado.
Eramos más de 150 personas, entre hombres, mujeres y niños, viviendo en una casa (la residencia del embajador), donde ni al jardín se podía salir, para evitar toda provocación del ejército que rodeaba el predio. Y eso, durante meses, ya que la dictadura negaba a don Vicente los pasaportes o salvoconductos necesarios para que los asilados pudieran trasladarse a México.
Pero tanto la profunda calidad humana de aquel embajador, como la responsabilidad de los integrantes del grupo humano asilado, supieron convertir las dificultades del hacinamiento en escuela de condición humana. Así fue que se asumió colectivamente una clara disciplina de convivencia, que organizaba, cotidianamente, desde la elaboración de la comida, su distribución y servicio, hasta el armado diario de los «dormitorios»; desde los horarios de los dos baños disponibles, hasta el horario escolar diario para los niños; desde la elaboración del periódico mural semanal, hasta el calendario de conferencias o actos artísticos posteriores a la comida de la noche; desde la atención solidaria ante las necesidades de ropa (obviamente, la mayoría se asilaba con lo que llevaba puesto), hasta el funcionamiento de la atención médica, en manos de asilados especializados, etcétera.
Y don Vicente Muñiz fue un sensible y cuidadoso factor de respeto, promoción y posibilitamiento de esta escuela de solidaridad y madurez que fue la instancia (a la vez dolorosa y descubridora de inesperados perfiles de la lucha del y por el pueblo uruguayo) del asilo en la embajada de su país, como contribución a la conducta de un exilio que desde México -y desde más de 30 países, luego-, fue promotor de la solidaridad internacional para el derrocamiento de la dictadura uruguaya.
Esta contribución de don Vicente está llena de detalles entrañables, que sería injusto esquematizar desde estas líneas. Baste decir, como paradigma iluminador, que el primer niño del exilio uruguayo llegado en el vientre de su madre a la tierra de Emiliano Zapata, y allí nacido, se llamó Vicente, como Muñiz. *
(*) Ruben Yáñez es representante de la cultura uruguaya y continental. Maestro de varias generaciones, dramaturgo y ensayista, es a su vez un militante de la vida. Por otra parte, siempre ha puesto «el pellejo det
rás de sus ideas». En la actualidad es director de la Escuela Municipal de Arte Dramático de Montevideo (EMAD).
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