Prohibido para nostálgicos

Historias de abuelos

En el «día del abuelo», los veteranos andan contentos como perro con dos colas. Con los nietos al ladito y con la esperanza de que el compañero Presidente les dé una mano porque Danilo se hace el distraído con los jubilados. Es que si laburaste toda tu vida no es justo andar galgueando de viejo. Y que esos viejos laburaron y aún meten los kilos, puede dar fe este veterano escribidor.

Con una ilusión así de grandota, chapa sus recuerdos y se zambulle en el Montevideo de antaño. Para chamuyar de otros viejos que laburaron duro y parejo. Como aquellos zapateros remendones a los que vemos con su delantal de cuero, sentados en un banquito petizón, dándole todo el día al martillito. «Para el fin de semana, ¿verdad don Giusseppe?» Y el tano a pesar de sus 70 años siempre cumplía. La muchachada precisaba sus tamangos para darle a los cortes y quebradas en los bailongos de La Teja. Aún vemos su estampa que al conjunto del tac-tac de su martillo aparece en la memoria compañera. Lo vichábamos por la ventanita de su taller de Uruguayana y Capurro donde se destacaba en la pared una gran foto del cantante Carusso.

Otros veteranos que le jugaban de igual a igual al destino fueron los maniceros ambulantes. Con el invierno apretando su cruel y gélido tornillo, ellos no le hacían asco al frío y trillaban los empedrados empujando sus carritos con forma de locomotoras. Como aquel que con sus enormes bigotes mostacholes andaba por el antiguo Goes. Todas las noches terminaba su jornada vendiendo en la puerta de la Estación de Tranvías de Gral. Flores y San Fructuoso. Cucuruchos de papel de diario desbordantes de crocantes maníes que hasta los sastres judíos de la Villa Muñoz venían a comprarle entreverándose con los canillitas que cruzaban del Caballero.

Por la Plaza de Deportes de la Villa de la Unión, todos los domingos, aparecía un organillero con una pequeña cotorrita que sacaba los papelitos de colores de la buena fortuna. Muchos vecinos comentaban que este personaje tenía más de 80 años y había que ver la polenta que ponía en su laburo. Siempre con un chiste o un filoso comentario sobre la pizpireta del barrio, le daba más y más vueltas a la manivela del musical organito.

Por la Feria de Tristán Narvaja aparecían otros jubilados que también se ganaban el morfe de manera digna. Inovidable el cieguito Basso con su tanguero bandoneón y los vintenes que tintineaban en el platito de lata. A eso de mediodía también aparecían por la feria una banda de musiqueros. A su frente un veterano de gastado frac y galera haciendo de director.

Y atrás un montón de instrumentistas tocaban marchitas con mucho swing. Con el paso de los años fueron quedando solamente un negro ciego con su trompeta y un señor que tocaba el redoblante. También estaban las viejas damas que muy dignas se ganaban la vida. Como la viejita que por el añejo barrio del Cordón se dedicaba a reparar muñecas. Muchas desconsoladas niñas recuperaban la sonrisa gracias a sus delicadas manos tan sabias y llenas de arrugas. Por todos ellos, viejos de ahora y siempre ¡a no aflojar! que como decía el Ghandi «la recompensa no está al final del camino sino que es el mismísimo camino». Con más recuerdos y música los esperamos todos los sábados, a las 19 horas, en la 1410 AM LIBRE. *

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