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De lluvia y lotería

Y por suerte llegaron las lluvias. Todos quedaron más tranqui, principalmente los mandamás del ayer que pusieron el grito en el cielo porque el gobierno dijo que habría que comprar centrales térmicas de apuro y sin licitación.

Tan grande fue el espanto de los nuevos fiscales de la transparencia que se olvidaron de los cientos de compras directas que ellos mismos ordenaron hace tan poco tiempo. Como dijo un vecino picarón «están calientes porque se les acabó ese bollito». Ya nos imaginamos a comitivas de ñoquis y asesores amigotes de jerarcas blanquicolorados recorriendo Europa y sus hoteles 5 estrellas si tiempo atrás se hubieran avivado. Ahora, mientras se hacen los inmaculados cartones se lamentan por las suculentas tajadas que se perdieron. Pero ya no engrupen a nadie y Juan Pueblo sabe aquello de que el ladrón cree a todos de su igual condición. Si quieren posar de campeones de la honradez que lo hagan frente a un solitario espejo porque con los tarros que se destapan todos los días es mejor que cierren sus doctorales picos. La lluvia, por encima de la indignación que provocan estos karadagianes de la justicia, nos pone contentos. Y vamos a chamuyar de las viejas costumbres de los vecinos cuando en el Montevideo de antaño las nubes se ponían cabreras. Es verdad lo que escribió Borges que «la lluvia es una cosa que, sin duda, sucede en el pasado». Sencillas ceremonias y rituales que hoy son una amarillenta postal. La familia encerrada en la casa en un domingo de aquellos cuando las gotas repiqueteaban en el techo de zinc. Una antigua sensación de estar muy juntos y protegidos recorría todas las pieles. La abuela que sabía que la tarde sería muy larga, sacaba de un cajoncito de abajo del cristalero los tradicionales juegos de mesa. Aparecían el ludo, un dominó al que fatalmente le faltarían piezas y la favorita lotería de cartones. A su costado, la inseparable bolsita de retazos donde estaban los ansiados ambos, ternos, cuaternos y el victorioso «basta para mí». Lluvia y juego de lotería de cartones eran la misma cosa.

Tanto era así que la sobremesa dominguera se hacía corta cuando la canchera abuelita ponía como al descuido la caja con los juegos junto al florero y sus frescas rosas. Cuando arrancaba la familiar timba que se jugaba anotando a veces con porotos, desde la cocina los aromas inundaban esa humilde y tibia casa. Grasa de tortas fritas grandotas que se entreveraba con el olor a tierra mojada que llegaba desde el jardín. Las delicias de la tía solterona eran las plantillas y bizcochos caseros. Sabor a vainilla que flotaba entre los muebles de agrietada madera.

Cuando se podía, si el viejo había ahorrado unos vintenes, el chocolate caliente era lo más cercano al paraíso. La lluvia también arrimaba a la barra del boliche hacia los populares ranchos de pescadores de la costa. Había un montón por la Farola y frente a las canteras del Parque Urbano. Camaradería en torno a una olla donde se cocinaba un guiso a puro escote. Afuera la lluvia y adentro nadie le daba bolilla a las goteras mientras entonaban canterolas con letras de murgas del 30. Es verdad, la lluvia es algo que sucede en el pasado y junto a sus incesantes gotas están los recuerdos de los barrios del ayer. Con más historias y música los esperamos todos los sábados a las 19.00 horas, en la 1410 AM LIBRE. *

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