Se entregaron los premios a los jinetes triunfadores y a las tropillas más bellacas
Hoy de madrugada se apagarán los últimos fogones en los galpones de la Rural del Prado. El gauchaje prepara sus maletas, los tropilleros aprontan la potrada para volver a sus pagos, y en muchos engolosinados por la fiesta, ha quedado como un «gustito a poco» a pesar de todo.
El silencio caerá por un tiempo sobre el viejo predio de Buschental, y Montevideo volverá a su rutina de los otros caballos cotidianos, los de los carritos de los hurgadores y los de la Guardia de Coraceros. Punta y punta de un sistema injusto que también queremos sacarnos de encima los orientales, con la misma bravura de los potros para desprenderse de sus jinetes.
Tras los golpes,los aplausos
Y después de infinidad de porrazos y revolcones, de andar zarandeándose sobre el lomo de una potrada de lujo –algunos solamente medio bellacos, mañosos, pero otros casi salvajes– decenas de jinetes llegados desde todos los pagos del país regresan a partir de hoy para sus respectivas querencias. Algunos, con «el cinto buchón» por los patacones conseguidos en los premios –aunque no los que debieran realmente haber recibido, insistimos–, y otros, con el bolsillo flaco, pero seguramente con la alegría gorda de haber participado una vez más de una fiesta como esta. El Prado vistió sus mejores galas para la ceremonia de entrega de premios a los paisanos que –puntaje mediante– de acuerdo con lo dictaminado por el Jurado, fueron merecedores de tales distinciones. También los tropilleros recibieron sus premios por el lucimiento de sus reservados y la fiesta entonces fue grande y llena de abrazos y aplausos.
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