Días de Pascuas
Y entre ciclistas pedaleando, gauchos a los corcovos y los blancos impagables jugando a la oposición, llegaron las Pascuas. Por estos días, la memoria compañera quiere pintar su retrato de la Vieja Capital y sus vecinos viviendo la Semana Santa. Ya desde el domingo de Ramos, el barrio lucía distinto. Señores con traje y corbata junto a las mujeres que agregaban a sus coquetos sombreritos un negro tul, se dirigían a la Iglesia. Con palmas y olivos recién bendecidos por el cura llegaban a sus hogares y colocaban esas ramitas en los marcos de los retratos de sus seres queridos que ya no estaban más. El que estaba medio olvidado de la religión, leía atentamente aquellos librillos de hojas finitas y amarillentas llamados misales. Al llegar el lunes, la campana de la capilla sonaba muy fuerte llamando a la tradicional «misa de reconciliación». Los vecinos se saludaban y afianzaban los lazos fraternos de esa gran familia que componían todos los que vivían en la misma cuadra. Mansamente pasaban los días y al llegar el Jueves Santo, la capilla se llenaba con los que querían recordar la última cena del Mesías. A partir de ese día, los tranvías casi desaparecían y solo quedaban los llamados «ómnibus pirata» como los que trillaban la Villa de la Unión con nombres como El Deseado o El Hércules. El viernes, el silencio se respiraba en cada esquina y zaguán. Las carnicerías ni soñaban con abrir y recordamos la de aquel gallego anarquista de Capurro que si bien respetaba la costumbre de cerrar, igual demostraba su anticlericalismo llenando la vidriera del negocio con libros y manifiestos de su ideología. Una tradicional estampa de ese viernes santo era el ver a grupos de personas a puro patacón cumpliendo con el ritual de la visita de las 7 iglesias. Algunos muy mayores olvidaban el cansancio de los años en ese tradicional peregrinar por distintos barrios. En el medio de esas cansadoras recorridas, cuando se cruzaban con algún conocido la charla era cortita y una pregunta se repetía: ¨¿Cuántas te faltan para completar las 7 iglesias?» El sábado la comida era siempre el bacalao que unos días antes se había comprado en los toneles que estaban en la vereda o en los almacenes de Villa Muñoz, como el de doña Rebecca por Arenal Grande y Marcelino Berthelot. Al llegar el Domingo de Pascua todos despertaban en un universo de ramos y sonidos. Campanas que sonaban tempranito y los hornos de barro cociendo las roscas y tortas pascuales de las abuelas. En las casas de los inmigrantes el chocolate impregnaba el aire. Es que habían traído en sus valijas la receta y los moldes para esa sabrosura que eran unos enormes y achocolatados huevos. En la tarde del domingo todo era deporte. Tremendos picados en la cancha de la parroquia donde los pibes, algún veterano y hasta el cura con la sotana remangada le daban con entusiasmo a la guinda de cuero. A todos los compañeros y a los lectores les deseamos muy felices Pascuas de Resurrección. Con más recuerdos y música los esperamos los sábados, a las 19 horas, en la 1410 AM LIBRE. *
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