¡Qué increíble!
Nunca falta un buey corneta, pero el 90 y pico por ciento –y me quedo corto– de semejantes, que desde entonces fueron sumándose gota a gota al torrente, permanece en él hasta hoy. Pasó la dictadura, nada menos. Pasó blablá Sanguinetti, Lacalle, Batlle, Larrañaga, y toda la comitiva, y pasaron los canales 4, 10 y 12, El País, El Observador, Ultimas Noticias, Búsqueda, la Carve, la Continente, Sarandí y el éter que los radió: no convencieron a nadie o a casi nadie de recular. Cayó Allende, el muro de Berlín, la Unión Soviética, el campo socialista, el Frente Sandinista, las Torres Gemelas, y nadie, o casi nadie, se salió del cauce. Al contrario, éste no paró de agrandarse. Hay algo único en este proceso, con perdón de la palabra. Algo especial, por inédito, por grandioso y por complejo. Toda «la cosa», tanto el objeto como el sujeto, es la suerte de 3 millones y poco de habitantes, en relación de 11 mujeres para cada 10 hombres. Encima eso.
No tenemos el petróleo de Venezuela, ni la modernidad de Chile que embriaga a Carlos Maggi, ni el poderío de Brasil, ni el tuttiquanti de Argentina. Contamos con 6 hectáreas de patria por persona, clima templado, suelo fértil y suavemente ondulado, a orillas del mar, cuya población disfruta del nivel más alto en salud y educación y el menor en pobreza y desigualdad social de América Latina, exceptuando Cuba. Una joya. Para la casi totalidad de los países americanos, alcanzar los índices de desarrollo humano o calidad de vida de Uruguay constituye una pretensión colosal. Y en cuanto a libertad y democracia, el martes próximo habrá una exhibición abierta, pasen y vean. Pues bien, los accionistas de Uruguay S.A. decidieron echar de un plumazo a la plana mayor completa, directores y gerentes. «Todo bien –concluyó la Asamblea frente al alegato de los despedidos–, pero tenemos lacras que nos duelen y sueños que nos desvelan. Cambio, y fuera.»
En la base de esta decisión están ciertos rasgos singulares de esta comunidad, como el referido nivel de educación, su elevada cultura política, y la marca a fuego de unas pocas frases en el orillo: Sean los orientales…, Mi autoridad emana…, No venderé el rico patrimonio…, y sobre todo ese mandato radical, inapelable, por la movilidad social positiva, «Que los más infelices sean los más privilegiados». ¡Ahijuna!, en sólo 9 años que trabajó de Prócer, Artigas nos puso deberes para siempre. Por el estilo del que en 3 años de Mesías nos dejó «Amad al prójimo como a vosotros mismos», nada menos. Pavadita lo del ojo.
Siempre me causó cierto escozor la costumbre de los mayores, 20 años más que yo por caso, de escrutar el diario en busca de parientes, amigos, conocidos, apellidos que suenan, «¿será aquel Navarro que era novio de fulana?». En los avisos fúnebres, digo.
Como que están calculando la cercanía de los rayos por el tiempo de los truenos. Sonó fulano, está pegando cerca. Bueno, yo estoy igual ahora con esto de las designaciones a cargos oficiales del nuevo gobierno. Todos los días corro a leer los nuevos nominados, mirá fulano dónde lo pusieron, qué increíble; y menganito de subsecretario, qué increíble; y ¿sabés a quién nombraron embajadora?, no lo vas a creer… Pila de conocidos, más o menos cercanos, una troja. Claro, es mi generación la que está de turno, llámese del ’68 o como se quiera. Y a uno lo invade una sensación extraña, ¿ridícula? puede ser, de que largó el partido en la cancha donde siempre jugó, y pican pelotas, y corren compañeros, y la ridiculez es que suena el teléfono y no le sorprendería que fuera Tabaré Vázquez flexionando el índice. Supongo que a todos nos llegará, como a los viejos. A todos. Lo indudable es que entre los que asumieron en las Cámaras y los que jurarán el próximo martes al gobierno están los principales redactores del sueño, los que diseñaron y construyeron los medios para perseguirlo, y orientaron cada paso hasta ponerlo a mano. De allí que suenen graciosas, por decir lo menos, las engoladas convocatorias de los cuatro gatos de siempre a estar alertas, vigilantes, para «exigir que se cumpla el programa». Suena como reclamar a sus padres que alumbren hijos de acuerdo a un identikit. No hay otro vientre para este sueño más que este, el hecho aquí, con alma, sangre, sudor y mate. Dará lo que tiene para dar, lo que lleva adentro, ni más ni menos. El martes aprontate para repetir lo del Parlamento pero multiplicado, cuando parecíamos bobos frente a la pantalla: juraba el Ãato, «Â¡qué increíble!»; juraba el Pepe, «Â¡qué increíble!»; mostraban las bancadas, «Â¡qué increíble!», pase de revista al batallón, «Â¡qué increíble!»… El martes no nos van a alcanzar los ojos. Ni el alma. *
(*) Periodista
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