Escrito por: JUAN GOYTISOLO (*)

Según el insigne prócer, gracias a su labor preventiva, el Ãndice de sus compatriotas condenados a las penas eternas del infierno habÃa descendido de forma espectacular (no habló en términos comparativos con los de los demás paÃses de Europa, probablemente porque no disponÃa de estadÃsticas fiables sobre ellos). Aunque don Gabriel Arias Salgado no divulgó los pormenores de esa empresa salvÃfica ni la cifra exacta de precitos nacionales y extranjeros ni las fuentes, sin duda celestiales, que avalaban sus dichos, la buena nueva trascendió e impresionó tanto a los fieles como a los infieles. ¡España estaba a la cabeza de Europa en un dominio tan trascendental como el del negocio de la salvación de almas por muy atrás que anduviera entonces tocante a los niveles económicos, sociales y educativos de sus habitantes de carne y hueso!
Las recientes declaraciones del cardenal Rouco, presidente de la Conferencia Episcopal, primero de que “se peca masivamente en Madrid” y después en España, y todo ello “con osadÃa, unas veces, y otras, con displicente ligereza”, asà como sus referencias al “pueblo que habitaba en tinieblas” y a la “apostasÃa silenciosa” de nuestros conciudadanos, obraron el milagro de catapultarme a mi juventud y me llevé las manos a la cabeza. ¡Después de haber ocupado el puesto de honor en el palmarés de los bienaventurados, nos encontramos ahora en el peldaño más bajo! ¿Cómo no compartir entonces la consternación del santo varón y la grave inquietud del pontÃfice ante tal derrumbe, ante nuestro alarmante Ãndice de permisividad a escala europea?
Las preguntas formuladas hace medio siglo acudieron de nuevo a mi mente: no ya sobre el problema de las fuentes informativas -venidas directamente de lo alto-, sino sobre los Ãndices pecaminosos de la capital comparados con los de las provincias. ¿Se peca más y de forma más osada en Madrid que en Barcelona, Valencia o Sevilla? ¿Cuál es la tabla de clasificación en el tema de las ciudades y el campo, de las zonas mesetarias y costeras, del Cantábrico y el Mediterráneo? ¿En qué provincia, autonomÃa o nacionalidad histórica se peca menos? A diferencia del florido pensil franquista, en el que a nadie, sino a un loco, se le ocurrÃa la idea de plantear tales preguntas, los ciudadanos tienen hoy derecho a reclamar estadÃsticas detalladas y a averiguar, por ejemplo, el listado y la proporción de los pecados correspondientes a cada barrio madrileño: los de Gran VÃa, los de Argüelles, los de Chueca. Y, junto a eso, el barómetro real de los delitos que, como intuimos, se centran en el sexto mandamiento: todos mortales y algunos, especialmente en Chueca, que “claman venganza a Dios”, según me enseñaron los padres en el colegio.
El cardenal Rouco no nos aclara tampoco si se peca más con condón o sin él, con diafragma o sin diafragma, con la pÃldora del dÃa siguiente o sin ella. La condena explÃcita de los preservativos, me pregunto entonces, ¿no se deberá acaso al hecho de que induzcan a los ya escasamente fieles a fornicar más en razón de la falta de peligro de contagio, ahora que los castigos del Más Allá han perdido su fuerza disuasiva? La hipótesis es plausible y el cardenal Rouco deberÃa especificar su doctrina al respecto.
En cuanto a la ampliación de las leyes del divorcio y del aborto, semejante desmadre favorece, sin duda, desde el punto de vista eclesial, la promiscuidad, el cambio de pareja y otros males peores que el sida en la medida en que éste acaba con la vida y aquéllos se perpetúan post mórtem. Con todo, merecerÃa investigarse por qué la defensa del feto portador de vida humana no se extiende a ésta cuando se trata de prevenir la pandemia que afecta a decenas de millones de vÃctimas. La inmensa ternura del pontÃfice por los enfermos, ¿no deberÃa llevarle en buena lógica a procurar atajar las causas de la enfermedad? ¿O es ésta el eficaz sustituto terrenal a la ya ineficaz amenaza de castigos divinos?
Los pecados de la carne que tanto obsesionan a los célibes de la jerarquÃa romana -a esos “singulares que se desentienden de la procreación”, en palabras de San JosemarÃa Escrivá de Balaguer- han sido y son uno de los pilares fundamentales del control de la Iglesia sobre su rebaño desvalido y contrito. Pecados, recordemos, que afectan la integridad del ser humano: sus pensamientos y obras, su conciencia y materialidad. El lavado regular en el confesionario no resuelve el problema; antes bien, lo prolonga y lo vuelve crónico. Recuerdo las preguntas, siempre precisas, siempre idénticas, con las que me acosaba en la adolescencia el sacerdote de turno: ¿me tocaba? ¿Cuántas veces? ¿CometÃa actos impuros? ¿Pensaba en cometerlos? ¿Con quién? ¿De qué sexo? ¿SabÃa que acarreaban los castigos eternos? Y si el número de pecados de aquella época represiva y pacata era ya apabullante, ¿cuál no será hoy, me digo, la cifra trillonaria de un simple barrio madrileño en esos tiempos de desaforada permisividad? ¿La conoce Rouco? ¿Nos la revelará en alguna de sus próximas comparecencias?
A las autoridades religiosas que dicen proteger el matrimonio santificado por la procreación, aunque ellas no procreen, les saca de quicio la ley de parejas de hecho y el matrimonio gay. La salida masiva de los homosexuales del armario en el que se les encerraba ha disparado todas las alarmas. Esas cosillas permanecÃan ocultas hasta ahora y se limpiaban con el detergente de la confesión oral. Los arzobispos, obispos o Legionarios de Cristo Rey que incidÃan en ellas eran discretamente blanqueados por sus pares, en vez de verse arrastrados -o tempora, o mores ante los tribunales civiles y obligados a pagar indemnizaciones millonarias a fin de acallar la voz de quienes supuestamente sufrieron sus abusos. La “osadÃa” y “displicente ligereza” actuales, ¿apuntan también a los que sacan a relucir tanto trapillo sucio?
Las preguntas son infinitas y el número de “obnubilados por el laicismo rampante” y la “desatención a la voluntad de Dios”, también. Los tiempos han cambiado y no hay por qué sorprenderse de que la Iglesia lo lamente. La conciencia y el cuerpo de la mayorÃa de nuestros conciudadanos jóvenes se han liberado del yugo enfermizo de su doctrina y debemos felicitarnos por ello, aunque eso perturbe gravemente a los sucesores de Arias Salgado y al digno presidente de la Conferencia Episcopal Española.
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