Los relatos
Ella propone, más o menos, el siguiente «relato»: lo que está pasando es el punto final y culminante de una historia comenzada exactamente hace veinte años: la instalación del primer gobierno democrático después de la dictadura y, lo que es más importante, el logro del principal esfuerzo de dicho gobierno, pacificar e integrar.
Obviamente, de ese relato se desprende un «héroe»(casualmente Sanguinetti).
Hace veinte años el flamante Parlamento aprobaba la Ley de Pacificación Nacional, el gobierno la promulgaba y pocos días después los últimos presos políticos recuperábamos la libertad en medio de grandes fiestas. Wilson, Seregni y Jorge Batlle junto a centenares que estuvieron en situación parecida, recién permitidos, recién liberados, podían actuar con toda su potencia en política. Se daban los toques finales a la multipartidaria e intersocial Concertación Programática. Pero estos son nada más que algunos hechos elegidos entre muchos para subrayar la indudable importancia de 1985.
Sin embargo, también se pueden aportar para la reflexión otros «relatos».
No hace mucho en esta misma columna dijimos que el histórico triunfo de la izquierda era peculiar y único por lo menos en América porque era el producto de un largo proceso de acumulación iniciado concretamente en junio de 1968 cuando el gobierno de Pacheco decretaba aquellas Medidas Prontas de Seguridad iniciando el pachecato.
Entonces de ese «relato» surgen otros «héroes»y otros «villanos» (Sanguinetti saldría muy malparado).
Por eso dijimos también que la edad promedio del nuevo gabinete promediaba los sesenta y cinco años: es que en Uruguay un pedazo de la generación de los sesenta se instala por fin en el gobierno.
Ahora, y ya que tanto se puede, voy a proponer otro «relato» que o se contradice con el mío anterior (cosa de poca monta cuando se reflexiona) o lo complementa profundizándolo.
Como las ideas, ni siquiera las malas, se degüellan, y como la libertad es libre, cometeré la incomodidad de eludir las cifras redondas eligiendo esta vez el año 1989 (que para colmo es impar aunque no llega al extremismo de ser número primo).
Ese año es un nudo. Comenzó con el asalto al Cuartel de la Tablada en Buenos Aires. Un hecho de tremenda repercusión en Uruguay y en el mundo.
Los uruguayos, luego de varias zancadillas lindantes con la estafa, veníamos de ratificar veinte mil firmas en diciembre de 1988 habilitando el referéndum contra la impunidad que así quedó convocado para el 16 de abril. Omito recordar en detalle la proeza de juntar más de seiscientas mil firmas desde 1987.
En febrero de 1989, un año de referéndum y también de elecciones nacionales y departamentales, el Frente Amplio sufría la escisión más grande de su historia: se retiraba la lista más votada (99), junto con el Partido Demócrata Cristiano. Nacía así el Nuevo Espacio.
El 16 de abril se pierde el referéndum. El 28 muere Sendic. Nacen el MPP, la Vertiente Artiguista, el Movimiento 20 de Mayo… El Frente Amplio por fin acepta el ingreso del MLN vetado hasta entonces por el PDC (que se había ido y con él el veto prohibitivo).
En esas dificilísimas circunstancias, el Frente Amplio decide también proclamar a Danilo Astori como candidato común al Senado de la República y proclamar a un out-sider (perdón por el idioma) llamado Tabaré Vázquez como su candidato a la Intendencia Municipal de Montevideo. La verdad sea dicha: era casi un desconocido fuera de la Medicina, el fútbol y La Teja. Nacían así dos grandes líderes.
El resto de la historia lo conocemos: La izquierda uruguaya, contra todos los pronósticos y a pesar de los golpes recibidos ese año, ganará con Tabaré Vázquez la Intendencia de Montevideo dando así un paso estratégico hacia el gobierno y también nacimiento a profundas crisis y cambios internos y externos.
Como se ve, a pesar de la enorme carencia de ser impar, ese año ofrece méritos suficientes como para ser tenido muy en cuenta.
Pero no hemos acabado todavía.
El Muro de Berlín, en realidad con él un colosal montón de otras cosas, se irá derrumbando desde muchos años antes para encontrar en 1989 fecha definitiva.
Eric Hobsbawn y con el historiador muchos otros analistas, ubican ahí el final del siglo XX.
El fin del «siglo corto» (nacido en la Primera Guerra Mundial y finalizado con ese derrumbe).
Ahora debemos ubicar nuestros «relatos» de campanario en medio de los «relatos» planetarios.
Tengo para mí que sólo en este nuevo contexto estratégico mundial pudo ser aceptado pacíficamente tanto el triunfo electoral municipal de la izquierda uruguaya en 1989 como éste nacional del año 2004. Y también las ceremonias sin olor a pólvora del martes como las inminentes de marzo.
No me llamo a engaño: si el mundo fuera todavía ferozmente bipolar (y no entre clases ni entre ideologías sino entre Estados; vamos a no hacernos trampas al solitario) estos dos triunfos estarían empapados en sangre si es que hubieran sido posibles antes del consabido golpe de Estado.
Y la estrategia, todas las estrategias, hubieran, aún sin saberlo, rotado en torno a la predominante bipolaridad de antaño.
Vamos a tratar de ser modestos todos, salir de la parroquia, y mirar los vastos horizontes desde algún sitio más alto que el de las campanas para comprender en toda su dimensión lo que nos está pasando.
Si se acabó un siglo en 1989 es porque nació otro en el que ahora estamos inmersos (absolutamente todos): el de la unipolaridad con nuevos desafíos, amenazas, y esperanzas.
Entonces la acumulación de izquierda tan uruguaya que viene desde el año 1968, pasa con éxito increíble las fronteras del tiempo y se incrusta, inesperada, en el «nuevo siglo» de «leyes» tan peculiares, nuevas y específicas.
Hoy festejamos un resultado electoral en paz simplemente por no tener gas ni petróleo conocidos debajo de nuestra humanidad. Así lo creo.
Hoy China puede no sólo seguir siendo comunista sino recibir el aporte de capitales más grande del planeta para realizar pingües negocios más o menos tranquilamente. Puede incluso tener, como Francia, programas nucleares permitidos.
No pasa lo mismo con Corea del Norte.
Hoy Viet Nam puede ser en paz receptor de formidables inversiones. Pero Cuba debe permanecer bloqueada.
No por su petróleo ni tampoco por su programa atómico: su gran pecado es el ejemplo y estar tan lejos de Dios y tan cerca de Miami. Y mucho me sospecho que su gran pecado no es el marxismo leninismo sino el nacionalismo. Su pena mortal es Martí. Como siempre.
Si se muda no tendría problemas. Al fin de cuentas es lo mismo que le pasó con gravísimas consecuencias y desde épocas inmemoriales a México.
El problema de Chávez es el Lago de Maracaibo que está lleno de petróleo.
Los problemas de Bolivia son hoy el gas disponible bajo su terruño (segunda reserva de América después de Venezuela).
Saddam, que reprimió duramente a los comunistas iraquíes que hoy apoyan a los EEUU formó parte desde 1989 del eje del mal.
Como Noriega, el panameño secuestrado a costa de miles de muertos y que aún se pudre en cárceles imperiales.
Pero hasta 1989 Saddam fue un aliado inmejorable y fue armado hasta los dientes para enfrentar al Irán del Ayatolá (que no era de izquierda). Bin Laden era un «héroe» de los EEUU en Afganistán contra la URSS: hoy es el demonio. Tampoco es ni por asomo de izquierda.
Vamos todos nosotros entonces a no chuparnos ya más el dedo que tanto nos hemos chupado. Si lo seguimos haciendo, además del musgo, ganaremos el «Chupete de Oro»
y perderemos todo lo demás.
A la hora de colocar posibles «relatos» sobre la mesa tratemos de ponerlos enteros porque de ello depende la buena reflexión y por ella la salvación nacional. No seamos chiquitititos. *
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