Escrito por: ENRIQUE DUSSEL (*)

En primer lugar, porque el ciudadano honesto debe conducirse por su recta conciencia ética, aunque sea minorÃa. Hay que respetar sus derechos. En el caso de Sócrates, quien se quedó solo -la extrema minorÃa posible- ante todos los miembros del démos en Atenas sosteniendo su posición, mostrando asà una inconmensurable seriedad cÃvica, se le trató injustamente. En aquel dÃa, cuando se condenó a Sócrates, la asamblea ateniense cometió un crimen polÃtico que nunca olvidará la historia. Los crÃmenes fÃsicos -como los de Colosio- son a veces menos graves que los asesinatos polÃticos, porque estos últimos corrompen las instituciones más venerables. No estoy defendiendo personas; estoy defendiendo principios éticos, normativos.
En segundo lugar, porque “si el criterio de la mayorÃa se transforma (erróneamente, dice Sartori) en la norma de la mayorÃa absoluta”, se excluirÃa de la ciudadanÃa a la minorÃa, y la mayorÃa se harÃa permanente ya sin oposición minoritaria. No habiendo otra posición posible se impondrÃa totalitariamente la opinión vigente de la mayorÃa y serÃa imposible “cambiar de opinión” en el futuro. “Los derechos de la minorÃa son la condición necesaria del proceso democrático mismo.”
¿En qué consisten los derechos de la minorÃa? Uno de estos derechos, como en todo juicio, es que el acusado, y más si es minorÃa, tiene que ser respetado en los momentos constitutivos de un tal juicio. Por ejemplo, y en primer lugar, en que la mayorÃa deba evaluar racionalmente (y no decidir desde motivos estratégicos egoÃstas o partidistas), es decir, ecuánimemente, las pruebas que el acusado presenta en su defensa. Es falta de respeto a los derechos de la minorÃa, y prueba de irracionalidad e injusta corrupción, decidir condenar al acusado en minorÃa antes (en el tiempo) de escuchar o prestar atención a sus argumentos. En segundo lugar, y con respecto al respeto debido al acusado, es necesario ponderar si la acción juzgada merece pena, y en qué cualidad y cantidad. Un acto insignificante, que quizá pudiera exigir la reprimenda a un jefe de obras, no puede ser el motivo de una pena atribuida a una autoridad lejana institucionalmente del ejecutante, y además que involucre su destitución -que es un castigo administrativo máximo, desproporcionado y por ello injusto-. Es no tener respeto al derecho de la minorÃa usar una triquiñuela para castigar con una pena de descomunal consecuencia (ya que el acusado, aunque minorÃa en un cuerpo de representantes, puede ser mayorÃa en la opinión pública, lo cual significa, de paso, una bofetada a la misma ciudadanÃa que ha elegido a los que forman parte de la eventual mayorÃa de representantes, que poco tiempo después podrÃan ser minorÃa).
Sartori concluye que para ser democrático “un gobierno mayoritario [debe ser] frenado y limitado por los derechos de la minorÃa”; de lo contrario se transforma en un régimen autoritario, antidemocrático.
No hay derecho a usar los órganos del Estado, sea una procuradurÃa, una cámara legislativa o un cuerpo judicial, para eliminar a un oponente polÃtico. Este acto muestra la falta completa de formación democrática de la voluntad de los que obran de esta manera, mancha definitivamente el nombre singular de todos los actores, de los cuerpos y de los partidos involucrados. Un “asesinato polÃtico” no es cosa pequeña, imborrable en la memoria de un paÃs con tradición, y, sobre todo, cuando se están dando los primeros pasos hacia la democracia. La democracia, como indica Boaventura de Sousa, es un proceso sin fin. Ningún paÃs puede decir que es ya democrático -ni Estados Unidos ni ningún paÃs europeo-, sino que son sistemas concretos en un proceso de “democratización sin fin”. Por ello, si en nuestro paÃs se procede por mayoriteos amañados y corruptos se darÃa un enorme paso atrás. Se impedirÃa que los candidatos para los comicios de 2006, que son los partidos polÃticos que excluyeron con chicanas al oponente principal, logren mÃnima legitimidad; más cuando están siendo personalmente activos actores en la exclusión del que habrÃa sido el candidato a vencer. ¿Qué legitimidad tendrÃa el dirigente de un partido que manejaba a la mayorÃa que destruÃa a su principal personal oponente? ¿Qué autoridad y derecho podrÃa tener un candidato que, ocupando un cargo de alto nivel en el Estado, hubiera intervenido directamente en la eliminación del que ya en otra ocasión lo venció en las urnas?
El procedimiento y la normatividad democrática real (no aparente) otorgan legitimidad, que asegura la gobernabilidad a largo plazo. La legitimidad es el fundamento de la autoridad. El que la ha perdido no la puede recuperar posteriormente. ¿Quién podrá dar legitimidad ante la ciudadanÃa actual y ante la historia al que dispuso impedir que alcanzara la presidencia el que habÃa logrado la mayorÃa en las elecciones del 1988? Los Pinochet son al fin juzgados por su totalitarismo inescrupuloso. La ciudadanÃa, sea del partido que fuese, no puede ser moralmente indiferente ante la injusticia. El ciudadano que calla la injusticia es culpable.
En el nazismo el silencio ante el Holocausto de los judÃos manchó a todo el pueblo alemán hasta el presente. ¡Que el lodo no nos ensucie a todos! ¡La ética es un componente de la polÃtica, y los que se rÃen de ella, como la gran estatua evocada por el profeta Daniel, se enredan en sus propias contradicciones, y caen … porque “tienen los pies de barro”! ( Publicado en La Jornada) *
* Filósofo
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