Escrito por: ELEUTERIO FERNANDEZ HUIDOBRO (*)
Hace pocos dÃas y según las versiones de prensa (porque no estuve presente) Galeano y Saramago debatieron en Porto Alegre (en el Foro Social Mundial) acerca de la utopÃa.
Galeano repitió que ella está en el horizonte y que a medida que avanzamos se aleja logrando asà lo más importante: caminar. Ya lo habÃa dicho Don Quijote: “Lo importante es el camino Sancho, no la Posada”. Machado, por su parte, postuló que no hay camino: que se hace al andar.
Por su parte Saramago reclamaba ver las crueles realidades contemporáneas proclamando que hoy para la enorme mayorÃa de la humanidad, utopÃa es comer mañana. Yo agregarÃa que si no se come no habrá nada.
Sin embargo, y pidiendo disculpas por mis inexactitudes en la glosa de un debate tan fermental, opino que ambos tienen la razón.
Para mà son necesarias e inseparables ambas posturas. No tenemos por qué optar. Es más: en la opción está la equivocación. El idioma tiene dos conjunciones: la letra “o” es disyuntiva. La “y” es copulativa.
Hemos pagado demasiado tributo erróneo a la “o”. Fuimos esclavos de la “o” con resultados espantosos. Si por algo debemos optar es por la “y”. HabrÃa que hacerle un monumento.
Dentro de pocos dÃas también estará nuevamente entre nosotros Fidel Castro quien el 5 de diciembre de 2004, en otro Congreso (el de los Jóvenes Comunistas Cubanos), dijo:
“Y digo ideas porque esta lucha de la que estamos hablando va a ser fundamentalmente una lucha de ideas; no serán guerras. Los problemas del mundo no se resolverán con armas nucleares, es imposible, ni se resolverán mediante guerras; e incluso digo más, no se resolverán mediante revoluciones aisladas que, en el orden implantado con la globalización neoliberal, pueden ser aplastadas sencillamente en cuestión de dÃas o cuando más de semanas”.
No creo que Fidel haya renunciado a su utopÃa; estoy convencido de que mira muy bien la realidad y, por verla, sabe y tiene la obligación de elegir los caminos que por entre ella conducen al horizonte.
Porque también hay tozudos senderos que, sin dejar de ver el horizonte, y tal vez viéndolo mejor que nadie, conducen por las cumbres al abismo. Hay desgraciadamente atajos y callejones que no tienen salida o, lo que es peor, conducen al degolladero.
Un 10 de noviembre de 1938 más de veinte mil judÃos fueron arrestados en sus casas de BerlÃn para ser llevados a lugares de nombre espantoso: Dachau, Buchenwald… Esa noche quedó bautizada para siempre como la de los cristales rotos (Kristallnacht)
En esas mismas tinieblas, Pérez Madrigal, un miserable paniaguado publicista radial de Franco, transmitÃa desde Burgos, “Que los judÃos son rojos, lo sabe todo el mundo. Que los judÃos sean valientes, que los judÃos sean soldados, nadie se lo cree”.
Pero en esas mismas horas a las orillas del Ebro y peleando más que heroicamente era exterminada la CompañÃa judÃa “Botwin”, del Batallón “Palafox”, de la XIII Brigada Internacional “Dombrowski”, formada mayoritariamente por voluntarios comunistas polacos.
Murieron peleando juntos, con heroÃsmo alucinante, polacos y judÃos.
Los prisioneros capturados fueron fusilados de inmediato también juntos. Muy pronto los pocos polacos sobrevivientes tampoco tendrÃan a dónde ir.
Seis dÃas después de la Kristallnacht, la XIII Brigada Internacional, ya sin extranjeros, será la última unidad republicana en retirarse a la otra orilla del Ebro cubriendo a todos los demás. Unos meses antes fueron los primeros en pasarla audazmente rumbo al otro lado.
A las cuatro de la mañana de ese dÃa ellos volaron el último puente. Ciento treinta mil hombres de ambos bandos, por lo menos, quedaron heridos o muertos en aquel camposanto donde la aviación y otras armas modernas hicieron estragos.
Checoslovaquia recién habÃa sido entregada junto con España y después de Austria, en un intento francés e inglés, ciego, loco y desesperado, por evitar lo inevitable: la enorme carnicerÃa de la Segunda Guerra Mundial que estallará fatalmente en pocos meses a pesar de tanto vano afán malgastado en preservar la utopÃa de la paz.
Sin embargo, Gandhi, el apóstol de la no violencia, apoyaba a esos heroicos combatientes de España: no mascaba vidrio.
El terrorismo de los grandes bombardeos aéreos sobre poblaciones indefensas, y en masa, fue inaugurado allÃ: Guernika, Madrid, Barcelona, Valencia… Con todo su horror, será una pálida demostración comparada con la hecatombe que reventará en cuestión de meses como huracán de la muerte sobre las ciudades de Europa.
Fue maravilloso en esos dÃas el trabajo de la central obrera controlada por los anarquistas en Cataluña: realizaron milagros de producción industrial para que a los combatientes del frente, controlado por los comunistas, no les faltara nada (aunque la superioridad material del enemigo resultó incontrastable), les iba la vida a todos ellos en la retaguardia y en el frente y cuando lo que se va es la vida se dejan de lado las cegueras voluntarias.
Su consigna entonces fue la de Buenaventura Durruti; la que humildemente, ante la indigencia creciente y ante la amenaza de dejar de existir como paÃs, pedà prestada en el Congreso del Frente Amplio: “Renunciamos a todo menos a la victoria”.
Fui muy criticado entonces por gente que, estoy seguro, no recordaba la prosapia (en algunos casos increÃblemente “suya”) de esa consigna.
Miguel Hernández tenÃa un hijo de diez meses enfermo cuando el 19 de octubre de 1938 (un mes antes de la Kristallnacht y de la crucial retirada del Ebro) fue a Orihuela en busca de medicinas. La retaguardia republicana sufrÃa las consecuencias de la nueva manera de hacer la guerra y él, que nunca las eludió ni las eludirá, las soportaba enteras.
Cuando regresó, el niño habÃa muerto y entonces mi enorme hermano nos dice:
“Te has negado a cerrar los ojos, muerto mÃo, abiertos ante el cielo como dos golondrinas; su color, coronado de junios, ya es rocÃo alejándose hacia ciertas regiones matutinas.
Hoy, que es un dÃa como bajo la tierra, oscuro, como bajo la tierra, lluvioso, despoblado, con la humedad sin sol de mi cuerpo futuro, como bajo la tierra quiero haberte enterrado”.
Vaya entonces esta mi poltrona de hoy reiterada en el Senado de la República, dedicada al hijo concreto de Miguel que la hizo posible y, en él y por él, a todos los demás iguales que ustedes saben. *
(*) Senador de la República. Escritor.
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