Una multitud vibró al majestuoso y espectacular paso de las comparsas y al contagioso repicar de los parches
Desde muy temprano la barriada cambió sustancialmente su fisonomía, trocando el habitual letargo estival por el bullicio de quienes procuraban asegurarse su lugar como espectador, o instalar toda suerte de puestos con la oferta más variada de artículos carnavaleros y/o comestibles.
Funcionarios municipales ultimando detalles para asegurar el correcto desarrollo del desfile, vendedores ambulantes y hasta improvisados y pintorescos guías turísticos, organizando «expediciones» de extranjeros y naturales hacia azoteas o balcones, forman un abigarrado y heterogéneo conglomerado humano. A medida que transcurrieron las horas también se unieron camarógrafos, fotógrafos, movileros radiales, disputándose los mejores lugares para registrar todo lo más fielmente posible, imágenes y palabras de los verdaderos protagonistas de la fiesta.
La hora llegó y miles de manos haciendo clave, recibieron con entusiasmo y alegría desbordante a las primeras comparsas.
La gran fiesta definitivamente estalló para regocijo de quienes por horas y con indisimulada expectativa aguardaron por ella.
El repicar majestuoso del tambor se adueño del espacio y la multitud vibró al paso de comparseros y comparseras en una multicolor y espectacular procesión.
Difícil es encontrar otra expresión tan firmemente prendida en el corazón de los uruguayos y en particular de los montevideanos, como las Llamadas.
Un pueblo agradecido brindó su aplauso caluroso al paso de cada comparsa, donde primó el esfuerzo, la entrega sin mengua, de todos y cada uno de sus componentes, sin distinción de ubicación o función dentro del espectáculo.
Sin dudas, fue un auténtico y emotivo reencuentro con nuestra raíz cultural más querida. *
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