El verano
Viendo lo que hay en la televisión, en muchos teatros, en las librerías, etc., parecería que llegado el verano todos nos transformamos en seres pelotudos, frívolos y -en algunos casos- imbéciles. Llegado el verano nos deja de interesar todo aquello que necesite un mínimo de análisis para comprenderlo y disfrutarlo. Llegado el verano se nos hace imposible recordar que los seres humanos somos contradictorios, que soñamos, que nos hacemos preguntas sobre las cuales no tenemos respuestas, que morimos y que el amor no siempre es gratificante. Es decir que, llegado el verano, no queremos ni que nos sugieran que somos seres complejos y que precisamente por eso sea maravillosa nuestra corta presencia en este universo.
Si uno se pone un bermuda o una minifalda con una musculosa, querido, querida, aquello de la solidaridad, de la preocupación por los problemas sociales, aquello de buscar elevar tu nivel intelectual y todas esas cosas pesadas y calurosas… se van al carajo.
Y, por supuesto, la que se lleva todos los premios en esta reducción de contenidos no podía ser otra que la televisión, ya que ni siquiera en invierno se preocupa por eso.
A la argentinísima basura de los programas de chimentos, le suman los programas «veraniegos» (ver Verano, en párrafos anteriores) y hasta reflotan al Chavo. Como máximo adelanto de lo que será la comunicación en el futuro -interactiva, viste- nos presentan un programa donde el 80% de la pantalla la ocupa una página de chateo y el otro 20% es ocupado por conductoras que leen los mensajes -que vos leés- y manijean a los telespectadores a opinar sobre los importantes temas que tocan los chateadores. Temas tales como: «Fulanita estás divina», «Coco te quiero» o «Viva el sexo grupal».
Mensajes que cuestan cada uno 20 y pico de pesos.
Me pregunto: La radiación ultravioleta del sol ¿sólo quema el cuero cabelludo o llega más adentro? *
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