De las fronteras de la ciencia a la política: la Intendencia y más allá

Largó Ehrlich

El paisaje político uruguayo, menos gélido que el antártico pero igual de escabroso y vasto, verá el ascenso apuntado y otro más, imprevisible: el del nuevo conquistador hacia la estatura pública propia que el porvenir le depare. Hubo que hurgar, no era fácil. Hasta que el viejo ferretero (© F.H.) apareció del fondo con la pieza imposible, más que ideal. Los centavos que «perdió» Mujica al desatar el quilombo terminaron multiplicando su capital, hoy en el reconocimiento de los demás jefes de la coalición, empezando por Tabaré Vázquez. «No es que yo tenga la varita mágica», disimula Mujica, pero adentro goza a todo riñón, y presume de tener en la manga otros notables más para convocar. Viejo zorro, viejo mago. Maestro.-

Primera versión trivial: que Mujica debió convencer a Ehrlich, en el sentido de doblegar su resistencia. No pudo ser tan así. En todo caso, Mujica lo habrá tentado por la vena del gusto a Ehrlich, que no es la figuración del rango, ni la ambición de poder, ni la afición al teatro de la contienda política. Ehrlich es un investigador nato, es decir, un consagrado a la pasión de explorar las fronteras de lo desconocido. Sacerdote de la ciencia, entonces, pero ¿de qué tipo? Porque pudo haber ejercido sin despegar los ojos del microscopio o de las estrellas. Pasó que se crió en el Cerrito de la Victoria, pateando una pelota de trapo con hijos de obreros, cuando el oficio paterno de lustrador de muebles no alcanzaría para una pelota de cuero, pero sí para una de goma por lo menos. Pasó que viajaba en ómnibus con Napoleón Bonaparte, desde Gral. Flores y Santiago Sierra hasta Centenario y Jaime Cibils; y con Lenin, Tolstoi y Goethe, y sobre todo con el capitán Scott, que seguía hasta el Polo cuando Ricardo Ehrlich bajaba del 174 en el Dámaso, durante los seis años de liceo y preparatorios. Las biografías de aquellos personajes titánicos pueden contagiar a un joven para siempre el espíritu de gesta, el afán de llegar más lejos, la atracción por los grandes desafíos, como no escaparía a la intención de Elba, su maestra de 6º primaria, al poner en manos de su alumno brillante «Momentos estelares de la humanidad», del también judío Stefan Zweig. Y pasó que el huracán del 68 lo agarró en la Facultad de Medicina y brindando asistencia en los cantegriles, cuando pudo afirmar con Paul Nizan «Yo tenía veinte años, no permitiré decir a nadie que es la edad más hermosa de la vida», para luego abominar de la realidad y salvar su propia alma, o hacer la revolución y salvar a la humanidad. Ricardo entonces se alistó en la izquierda. Por tanto Mujica habrá arrimado ahora el fósforo, pero todo el combustible ya estaba allí.

Faltaban unos exámenes para recibirse cuando Ehrlich fue arrestado junto a Mauricio Rosencof, un 19 de mayo como el que hasta hoy los reúne en cada aniversario. La historia es conocida: ambos coinciden unos días en el 9º de Caballería y, aprovechando un descuido de sus guardias, Ehrlich le pasa a Rosencof un papelito con los rudimentos del alfabeto Morse. Después, ese sistema de golpecitos permitiría a Rosencof y Fernández Huidobro burlar la incomunicación durante diez años, recluidos en condiciones infrahumanas, salvándose así de la locura. De aquel oscuro Regimiento, Ehrlich es remitido al 4º piso, celda 13, ala derecha del Penal de Libertad, donde trabaja en la enfermería integrando el equipo médico. El presidio no lo hundió en el sufrimiento, la frustración o el extravío. Desde su racionalidad característica, Ehrlich supo «aceptar lo inevitable» de aquel tramo de su vida, situarlo en el mapa general de su travesía, mirarse allí desde fuera de sí mismo, y ponerse a colectar preciosas muestras de campo. Lejos de restringir su espacio de observación, la cárcel abrió ante el explorador una inmensa ventana sobre el hombre en alma viva, agregando observaciones invalorables a su colección, acerca de la riqueza, la ternura y la diversidad que distinguen a la condición humana.-

Al quedar libre, Ehrlich parte a Buenos Aires, y con los picotazos del Cóndor chasqueándole en los talones alcanza a refugiarse en Francia, tierra emblemática del amor, la libertad y el arte, donde lo que hizo fue ponerse a estudiar: biología molecular, primero en el Centro Nacional de Investigaciones Científicas de Francia, luego en la Universidad Luis Pasteur de Estrasburgo, que contaba en su nómina a otro notable explorador oriental, Guillermo Dighiero. Mientras se formaba como Bioquímico investigador, Ehrlich volvió a frecuentar la pelota de fútbol, esta vez con obreros alsacianos… tan lejos del Cerrito, tan lejos de Rentistas (lo que no le impidió enamorarse de La Alsacia hasta la médula). Los franceses no ocultaron sus deseos de que el científico brillante y hombre cabal permaneciera explorando fronteras entre ellos, con el prestigio, comodidades y recursos correspondientes, pero el Dr. Ricardo Ehrlich, con 40 cumplidos, enfiló de regreso al Uruguay.

Trabajó primero en el Clemente Estable, de donde lo reclamó el decano Mario Otero de «Humanidades y Ciencias» para encabezar el Departamento de Bioquímica, que continuará dirigiendo tras asumir la titularidad del Instituto de Biología cuando se crea la Facultad de Ciencias y, simultáneamente, destacarse en el Pedeciba. Finalmente, relevando a Mario Wschebor, es designado decano de la Facultad, tras superar su reticencia a descuidar el compromiso con la investigación que había emprendido: develar las incógnitas pendientes de la Echinococcus Granulosus, más conocida como tenia del quiste hidático, que implicaba descubrimientos «de frontera» en un tema de relevancia nacional. Ya en épocas recientes, Ehrlich cumple un rol central en la decisión de instalar en Uruguay una filial del célebre Instituto Pasteur, que involucró al máximo nivel oficial de ambas naciones.-

¿Es  como se dice por ahí  «un disparate, un desperdicio» sustraerle a la Ciencia este investigador y jefe de exploración brillante, para destinarlo a la política, empezando por gobernar Montevideo?. Sin duda alguna, corearán los amantes de la Ciencia y del sentido común. Pero que sea el propio Ehrlich quien responda, por boca de Zweig, su instigador: «A veces la historia brilla como las aguas torrenciales siguiendo un curso fatal, o arremolina y arrebata los acontecimientos al capricho desordenado del viento».

El viento de la historia cargó con Ehrlich, el que siempre busca más allá. Por algo será. *

(*) Periodista

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