ECOS DE MASOLLER

Los Saravia y las muertes por encargo

Dice (bien) Julio María Sanguinetti, en su prólogo a «La cabeza de Gumersindo Saravia» (de Elmar Bones y Tabajara Ruas, E.B.O. 1997) que modernamente se procura una lectura más «equilibrada» de aquella dicotomía sarmientiana de «civilización o barbarie», referida a los caudillos rurales que marcaron el paso de la historia rioplatense y sudamericana. Aunque, agregamos nosotros, es difícil de soslayar el adjetivo «barbarie» cuando recordamos, a vía de ejemplo, que los restos de Gumersindo Saravia carecen de cabeza, así como fue mutilado también el cadáver de su aliado el almirante Saldanha da Gama. Y bien se podrían agregar aquí los –por lo menos– mil enemigos degollados, con o sin tormentos, entre los diez mil muertos que arrojó la revolución federal brasilera que tuvo a Gumersindo como principalísimo jefe militar federal.

Jefe y mentor de Aparicio, su hermano cuatro años menor, Gumersindo Saravia, el mayor de los hijos de «Chico» Saraiva, luego Saravia, fue sin duda alguna el más importante jefe militar y político de la extensa familia. Bien que en un entorno caracterizado como un hervidero de guerrillas y guerras –entre la proclamación de la República y la elección como presidente de Julio de Castilhos mediaron diecisiete gobiernos en Río Grande– como ejemplo de la extensión e importancia de la revolución federal es imposible obviar el hecho de que en determinado momento (1893) fue bombardeada Río de Janeiro, y que con la conjunción de las fuerzas navales y las terrestres, fue «pomposamente (…) al son de clarines y salvas de cañones», proclamada la instalación del «Gobierno Provisorio de la República de los Estados Unidos de Brasil», con capital en la ya dominada Nossa Senhora do Desterro (hoy Florianópolis). Francisco «Chico» Saravia había participado en la revolución de los farrapos, de la cual salió sin ningún cargo relevante aunque sí, al decir de los memorialistas, con una extraordinaria sapiencia en cuanto al dominio de los caballos, la principal herramienta bélica por esos tiempos. Tal vez huyendo de la complicada situación militar y política brasilera, en los pagos orientales encontró feraces y extensos campos que fue adquiriendo, merced al apoyo de muchos familiares y también a su reconocida habilidad en el manejo de los naipes. Un puntal, asimismo, de su éxito económico, debe de haber estado en la «pulpería y comercio de ramos generales» que tuvo en la Cuchilla Grande. Lo cierto es que a su fallecimiento dejó diecinueve hijos (trece varones), y veinticinco mil hectáreas entre Cerro Largo y Treinta y Tres, amén de cerca de cinco mil en los pagos brasileros, en los «Campos Neutrais» que tuvieron como centro a Santa Vitória do Palmar.

Don «Chico» mandó a estudiar a Montevideo a Gumersindo y a Aparicio. Buen chasco se llevó con ambos su intención de adherir «doctores» ciudadanos a su extensa familia rural –la capital oficiaba como el otro centro de poder, vinculado al comercio y a los intereses extranjeros–, ya que ambos se levantaron en armas siguiendo a la «revolución de las lanzas» de Timoteo Aparicio.

Aquel muchacho que sólo contaba con diecisiete años así conoció su primera prueba de fuego, siguiendo a Angel Muñiz y enfrentando a su propio hermano de filiación colorada, Basilicio. Casado luego con la brasilera Amelia Rodríguez Correa, propietaria de la estancia El Ombú, en las inmediaciones de Santa Clara de Olimar, asimismo Chico le encomendó a Gumersindo la administración de uno de sus campos en las orillas del arroyo Pablo Páez. En ese período sin guerras Gumersindo y Aparicio llegaron a trasladar tropas de hasta cinco mil reses vacunas, afianzándose así en el vital conocimiento de «picadas», pasos y pasajes a través de los inmumerables ríos y arroyos y sierras que surcan el territorio oriental.

Luego de otro breve y efímero movimiento militar de Justino Muñiz, en el cual Gumersindo se incorpora como «teniente», teniendo a su mando a Aparicio como «alférez», un vecino de filiación colorada, Rufino López, corta los alambrados divisorios e introduce su ganado en campos de Gumersindo; con jueces y comisarios colorados, Gumersindo debe abandonar el pleito y el Uruguay rumbo a los Campos Neutrais.

La leyenda negra tiene sus comienzos en un potrero del campo que adquirió en las costas brasileras de la Laguna Merín, que bautizó Curral de Arroios. Se dice que en el Potrero do Segredo, los ladrones de ganado que lograba apresar eran estaqueados, molidos a rebencazos y luego degollados.

Cuando el líder de Gumersindo, Silveira Martins, es nombrado presidente de la provincia de Sao Pedro do Rio Grande, le da a aquél el cargo de «teniente coronel de la Guardia Nacional», recibiendo una «Carta Patente» del Emperador. Estando acusado de asesinato en el foro de Santa Vitoria do Palmar, con semejantes títulos puede conducir los procesos a su gusto. Sergio da Costa Franco, en el «Correio do Povo» del 16 de febrero de 1957, da cuenta de los cuatro juicios (por cinco asesinatos por encargo) que pesaban contra Gumersindo Saravia. En uno de ellos se le acusa de haber mandado peones de su confianza a raptar a Joaquim D’Avila Correa, quien, llevado a la estancia Curral de Arroios, fue torturado con la «quema de su miembro viril», para luego arrancarle los brazos y degollarlo. El abogado acusador, José Soares de Azambuja, en cierto momento asegura que «los hechos que se acaban de narrar son de notoriedad pública»; habiendo sido acusado también de cuatro asesinatos más, nadie se anima a comparecer ante la justicia (Gumersindo era el comisario), y el jurado lo absolvió por unanimidad.

Pero del lado contrario también jugaban fuerte; su primo y colega, Terencio Saravia, «fue mandado estaquear (por encargo de sus enemigos) y mientras la escolta churrasqueaba en torno (…) fue torturado sin piedad (…) lo obligaron a cavar su propia sepultura, le cortaron la lengua y las orejas, lo colgaron de un árbol, aún vivo, y practicaron tiro al blanco en su cuerpo».

Levantada la revolución federalista, con Silveira Martín en Melo, fuera cosa digna de ver el ingreso a territorio brasilero, por Aceguá, de los cuatrocientos jinetes armados comandados por Gumersindo, flanqueado por Aparicio y su primo Cizério, de pañuelos colorados (el color federal), menos, por supuesto, los mencionados jefes aferrados al blanco; fueron llamados «los maragatos» por sesenta guerreros que siguieron a Gumersindo desde San José y que provenían de la región española de la Maragatería. Cuando se incorporan a las fuerzas de Joca Tavares, Juca Tigre y otros, llegan a conformar una fuerza de cinco mil hombres de a caballo, el mayor ejército visto desde la revolución farroupilha. Ahorramos al lector las altas y bajas de una guerra que tuvo alternativas muy variadas. En cierto momento, los autores del libro reseñado más arriba sostienen que: «la guerra tenía un nombre: Gumersindo Saravia», y destacamos nosotros que aquellos hombres de las praderas deben haber sufrido lo indecible cuanto hubieron de internarse a golpe de machete en las calurosas y húmedas selvas vírgenes del norte.

Claro que fue peor el sufrimiento de los enemigos que cayeron en sus manos, ya que «la tortura a los prisioneros comenzó a ser habitual». El degollador más famoso fue Adao Latorre, un negro hijo de esclavos, seguidor de los Tavarez , premiado al cabo por su «trabajo» con el cargo de coronel. Crispín Mira, en «Tierra Catarinense», dice que los prisioneros «tratados con consideración» eran degollados, luego de erguido el mentón, con un «golpe horizontal, de izquierda a derecha, a la altura de la laringe, cortando la carótida. El degollado cae al suelo, la cabeza a un lado (…/y) durante varios minutos, como el chorro de una fuente, la sangre sale a borbotones, empapando la tierra».

En cambio, «sob
re los que pesaba alguna cólera personal (…) de pies y manos amarrados (le daban) puntazos con el facón en las piernas, en las costillas, en el vientre, en el rostro del prisionero (y éste) se contorsionaba y pedía que lo matasen de una vez». Entonces el torturador y asesino «se le ponía delante, agitaba el facón como en un dibujo de esgrima y lo dejaba caer sobre la cabeza del torturado, cortándole un pedazo. Luego cortaba otro más, le rompía la nariz, le rebanaba el labio inferior de lado a lado, dejándole los dientes a la vista en un rictus hediondo (…) el verdugo proseguía con su obra, lanzando alguna carcajada, diciendo que el torturado estaba quedando que era una belleza (hasta que por último) con inaudita calma, le cortaba la carótida de un golpe hasta la mitad del cuello».

Luego del relato de tanta barbarie, es de justicia consignar aquí, y lo hacemos por boca de un imparcial periodista argentino enviado por La Nación a cubrir en Melo el movimiento armado de 1893, que Aparicio Saravia «capta todas las simpatías con sus maneras francas y abiertas», consignando «su magnanimidad (por otorgar) pases a todos los colorados que se lo han pedido», y que en lugar de arrasar con los ganados de los vecinos para alimentar a su tropa, «se ha servido muy discretamente (…) dando vales por las reses carneadas». Según el periodista, Roberto J. Payró («Crónica de la revolución oriental de 1903″, E.B.O., 1967), tales actitudes provocaban unánimes «elogios» a un caudillo que «cuidaba celosamente su prestigio».

Mucho se habló y escribió luego de Masoller sobre el balazo que terminó con la vida de Aparicio. Si bien hubo tres Saravias muertos en batalla por su arrojo y valentía rayanos en el riesgo suicida (Gumersindo, jinete de un caballo tordillo, Chiquito con su carga en Arbolito que terminó acompañado por dos soldados enfrentando a un ejército, y Aparicio en Masoller haciendo punta vestido de poncho blanco), muchos contemporáneos aseguraron que el balazo que perforó su vientre fue disparado por «tiradores expertos traídos especialmente desde Buenos Aires» por encargo de las fuerzas coloradas.

(Aquel trillado «la familia oriental dividida» también se dio en la de quien escribe: mi tío abuelo Alejo Martínez fue el primero en acudir en auxilio de Aparicio, como integrante del cuerpo médico, y reiteraba en contar la estoica actitud del caudillo ante el sufrimiento: «solamente me miraba de reojo, y yo le daba unas gotitas de láudano en un terrón de azúcar»; del lado colorado Alejo tenía un hermano, mi abuelo, con cargo de coronel.)

En los tiempos recientes, la muy extraña muerte de Villanueva («Villita») Saravia, de exitosa carrera política, con un futuro en seguro ascenso, sin problemas de ninguna clase y encontrado muerto, un zurdo cerrado, con el revólver en la mano derecha, da mucho en qué pensar en el tema de «muertes por encargo». Y sepan los lectores melenses que opino así porque tuve oportunidad de conocer a Villita personalmente cuando administré el campo de mi familia en las costas del Pablo Páez, cuna de los Saravia. Inimaginable, para mí, un Villita suicida.

Al cabo, con un sistema numérico decimal, bien está que destaquemos los cien años de los hechos históricos.

Pero mucho más debemos recordar, tener presente todos los días, y hacer los esfuerzos más grandes por aclarar las torturas y asesinatos de los llamados uruguayos «desaparecidos» durante la dictadura militar. Haciendo responsables, por supuesto, no tanto a los soldados ejecutores, sino a los superiores que «encargaron» los bárbaros tormentos y la muerte. *

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