Parto a término
Qué distinta y qué igual al mismo tiempo, esta revolución y aquella, tan esquiva y ardua, tan utópica y remota que parecía. O «un bollo» a la vuelta de la esquina, como también se figuró. Y hela aquí llegando a llegar un día, preestablecido, habráse visto revolución curiosa, con fecha fija. El 31 de octubre de 2004 dijo y será, de aquí a tres días ni más ni menos. Domingo de primavera, ¡taba clavado!. («Qué igualitos que son», pienso mientras se acercan el uno al otro, ella y la historia, ella y su pueblo).
Uno dice revolución y piensa patria, patria nido, patria casa, patria familia, barrio, escuela, patria arroyo, tierra, playas. Patria nosotros sin despreciar a «los otros», como piraba en Bitácora del jueves pasado un terrestre de la University of Georgia, donde faltará mate pero hierba no, por lo visto. Patria hambre compartida, mister iu, ¿sabe qué es eso? Patria novia, patria hermano, patria jazmín, dulce y amarga, igual y distinta, como esta revolución nuestra pautada para el próximo domingo después que baje el asado.
«¿Será como Lula o será como Lagos?», divagan los pirados de acá, equivalente a preguntar si el bebé se parece al cartero o al carnicero, frente a una criatura calcada a los padres: su propia historia y su propio pueblo. En todo caso, mirar afuera sólo confirma las diferencias. Yo especularía con la estación Allende, por ejemplo, allá en el Chile del ’70. El médico socialista (…) ganó las elecciones con el 36%, separado apenas por 39.000 votos del escolta «conservador». La decisión final quedó así en manos del tercer ubicado, la Democracia Cristiana, cuyos votos en segunda instancia parlamentaria- otorgarían la presidencia a uno de los dos punteros. Las tentaciones e intrigas antidemocráticas zumbaban a granel, pero finalmente prevaleció la regla de oro republicana: con el pueblo no se juega. Y Allende fue investido. Tres años después esa misma Democracia Cristiana cayó en violar la segunda regla capital: no acostarse con gorilas. Terminó ella misma «deshonrada» por detrás, y se pudrió todo.
Pica una coincidencia: Vázquez es doctor y socialista, como Allende. Habrán tenido lecturas parecidas, sin duda, pero qué distinta caligrafía, ese trazado propio que revela la idiosincrasia personal, ideologías aparte. Paradójicamente, la letra de Allende se emparenta más con el abogado Larrañaga. Allende quería sí o sí ser presidente, confesaba su irrefrenable deseo de poder con porfiada y cruda franqueza, al punto de obsesión que ilustraría su lápida, si no llegaba a cumplirlo: «Aquí yace Salvador Allende, el futuro presidente de Chile». Tal ambición fue la razón de su vida, más allá de las ideas a cuyo servicio la consagró.
Una vez más, aquí en Uruguay es distinto. Respecto de nuestro Vázquez, socialista oriental, no caben dudas de su nula idolatría personal al cargo supremo. «Si me hiciera perder el contacto con la gente, lo dejo y me voy», ha dicho.
En cambio, si «gaucho» evoca a «criollo» como imagen de la idiosincrasia uruguaya, la tozudez presidencial de Larrañaga parece más bien importada de sangre vasca y transfusión litoraleña, pero del otro lado del río. No habría peligro, empero, si no se sumara el cartel de «guapo», aplicado a quien llegará atrás por lejos al disco. Ya debería estar largamente convencido de que 48 o 51% obtenido por su rival no modifica su obligación cívica de tumbar la torre, nobleza debida. Y no parece, qué querés que te diga. La democracia uruguaya no merece tal humillación escandalosa merced al capricho políticamente demencial e irresponsable de un novicio aventurero. Ya hoy, sin necesidad de llegar al domingo marcado, la campaña de Larrañaga centrada no en superar los votos del adversario, sino en lograr «que haya segunda vuelta», es lisa y llanamente una desvergüenza sin precedentes.
Otra explicación a esta ridícula «Campaña por lograr segunda vuelta», más retorcida que atenuante, rezaría que a la jefatura blanca le resulta insoportable quedarse sin cobrar a la colorada el oneroso cheque diferido que le prestó en el balotaje pasado. ¡Votaron a Jorge Batlle, nada menos, a cambio de nada! Un sapo imposible de tragar, imperdonable. Lacalle pagó el fardo, atropellado por Larrañaga, pero no alcanza para restañar el orgullo blanco herido, restregado cada vez que Sanguinetti, coautor principal del timo, aparece en la tele. El mismo efecto avalancha que henchirá el porcentaje vencedor este domingo, hundirá por igual en el olvido estos nombres del ayer, vueltos prehistoria al día siguiente. La curiosa revolución uruguaya se limitará a jubilarlos.
Ya se nota en la calle, no hay duda, es ella. Se siente como el olor de la tierra mojada. Y apisonada en conciencia política capa a capa, como quizás no ha habido otra revolución en la historia americana. He visto varias, sé lo que digo. Habrá fiesta el domingo casa por casa. Total y completa, como si no faltara nadie. Que nadie falta cuando llegan tantos que ni precisa contarlos, y es entonces que sucede. Justo ese día. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad