¡Fuerza, Sanguinetti, no se calle!

No se calle que sus palabras nos enseñan a todos. Especialmente a nosotros, militantes de izquierda.

Nos mantiene atentos, nos nutre de un conocimiento esencial: cómo piensa y cómo siente la derecha que usted representa. No nos deja ceder a ninguna forma de somnolencia ni de pereza mental. Nos ahuyenta el angelismo, nos aparta de las ilusiones sobre la facilidad del camino y la armonía de la transición. Siga hablando, aunque le quite votos, su palabra tiene un valor singular, que nosotros sabemos apreciar.

Usted tiene una larga experiencia de vida en promiscuidad con el poder. Conoce los mil hilos que componen esa abigarrada estructura de dominación que es el Estado moderno, burocrático, clientelístico y poco transparente que ustedes blancos y colorados han contribuido a instalar.

La derecha, de la que usted forma parte, hoy está en retroceso, desarticulada. Ha perdido credibilidad. Además, como ya se lo habrán dicho, cuanto usted más actúa, más votos pierden su partido y su bando. Más habla y menos le creen. Pero, no se nos desmoralice por eso.

Mire que cuando usted habla hay un mensaje que a muchos uruguayos nos importa. Usted, después de tantos años manejando hombres y situaciones, a menudo hombres viles y situaciones oscuras, nos recuerda en forma vívida cómo es, cómo piensa, cómo es capaz de actuar la derecha cuando es fuerte. Usted sabe bien de qué se trata.

Durante el gobierno de Bordaberry, usted redactó una ley de Educación muy discutida. Víctor Cayota, un prestigioso dirigente del gremio docente comentó: esta no es una ley de educación, es un código penal. Y, en fraternal enmienda, el gran jurista y maestro que era Carlos Martínez Moreno le aclaró desde las páginas de Marcha: Ojalá fuera un código penal. Esta ley es peor. Por represiva, por el odio que trasunta a la izquierda, a los gremios, al pensamiento progresista y al espíritu crítico.

Aquella ley siniestra, que usted redactó, hirió de tal gravedad a la educación pública en nuestro país que hay daños que hasta hoy no se han logrado reparar.

Usted fue siempre un artesano diestro en el manejo del miedo, del miedo de los otros. Desde arriba hacia abajo, el miedo como disuasión, como parálisis, como castración. El miedo organizado como procedimiento político, como forma de resolver los antagonismos.

El miedo como punto de llegada que se construye desde el control de los medios de comunicación y el poder político hasta el manejo de los impulsos golpistas dentro de las Fuerzas Armadas. De todo eso sabe usted por experiencia propia.

Su Ley de Educación era tan funcional a una política de castración y aterramiento que durante los trece años que duró la dictadura, los mandamases no tuvieron necesidad de modificarla. Con aplicar la Ley Sanguinetti bastaba.

Usted, aunque ha sido y sigue siendo un hombre del sistema, exhibe su autorretrato como artífice de la transición democrática. Oleo de un «político realista», que sabe encontrar el «camino del centro que complace a todos o a casi todos». Para eso ha sabido manejar el miedo ejercido sobre el pueblo desarmado y pacífico y el miedo de los que terminaron el ciclo de dictadura con las manos llenas de sangre. Pero esa transición que usted exhibe como mérito tiene mucho de timo, de verso. La impunidad subsiste y los verdugos se mantienen en el servicio activo de las Fuerzas Armadas. Su transición conlleva ese engaño, esa monserga que usted recita con voz enérgica y dicción algo desmejorada.

Usted habla sin que le pregunten, voluntariamente. Sin embargo, también sería necesario que respondiera cuando lo acusan o le preguntan, como sucede con el testimonio recién publicado del general Oscar Pereira que le asigna a usted y al alto mando militar la responsabilidad principal en el mantenimiento de la impunidad, que a la postre no fue resultado de un empate sino una imposición y un arma dejada en sus manos de experto.

Con el adversario actual del progresismo, el Dr. Larrañaga, no es mucho lo que se aprende. En todo caso, no es mucho lo que nos dice de novedoso a los que cursamos hasta sexto año de escuela. Con la mejor voluntad, oyendo a Larrañaga es imposible reprimir los bostezos. Y eso no nos hace bien.

En cambio, cuando usted habla, quien presta atención, puede oír, por detrás de la voz gangosa, el eco de las viejas marchas y el andar de las orugas de los tanques. Recordar las transmisiones en cadena, la televisión servil en sus manos. Tener presente hasta dónde son capaces de llegar los hombres ruines que usted maneja, siempre listos para toda clase de tarea y cualquier tipo de recaudación. Tener memoria de su orgullo de no perder huelgas, su celo por guardar los secretos de los buenos negocios y su «boca cerrada» sobre los «crímenes aberrantes» de la dictadura.

Esa memoria nos ayuda a mantener presente a nuestros desaparecidos y todas las vejaciones y los crímenes cuya investigación usted ordenó clausurar, desde los asesinatos en la Seccional 20 hasta el de Michelini y Gutiérrez Ruiz.

Y por todo eso nos ayuda a mantenernos alertas y movilizados. De mantenernos en forma para vencer los obstáculos y los desafíos que el país conservador quiere oponerle a los cambios progresistas, las políticas sociales y de empleo y la búsqueda de la verdad y la justicia.

No, no es bueno que usted se calle. No nos prive del estímulo a ser mejores, más fuertes y más unidos para entender en sus amenazas. *

(*) Ex legislador, profesor de historia.

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