Cuestión de huevos II
Señor general Oscar Pereira:
Consecutivos, como la bola de billar que choca una banda, luego otra, y luego otra, los tres eventos sucedieron tal y como los narré. Por la mañana escuché su entrevista con Sonia Breccia, tac, al mediodía vi su foto en LA REPUBLICA, tac, y por la tarde un extraño me habló de usted al estacionar en el Centro, tac. Me senté a escribirlo, por supuesto, ¿qué otra cosa haría un periodista frente a tan asombroso acicate? Yo fui la bola, general, pero el que dio el tacazo impulsor fue usted. Al despertar ese día, su existencia me era tan desconocida como la del anónimo interlocutor del estacionamiento. Es que no tengo relaciones ni fuentes militares, dicho sin desmerecer la profesión. Ni brigadier, ni almirante, ni coronel, teniente o capitán, salvo un medio pariente de grado bajo que no veo hace años. El único general que conocí en mi vida se llamó Líber Seregni, en cuya secretaría trabajé en las elecciones de 1971.
Soy Daniel y travieso, general, pero en el sentido de inquieto y rebelde, no de bribón. El desconocido que profirió la amenaza publicada («Pereira va a recibir su merecido, no tenga dudas») jamás pudo sospechar mi condición de periodista, porque no me identifiqué como tal, ni creo que pueda inferirse por mi cara –a la que él nunca había visto– ni por mi auto, que no lleva marbete del diario ni había estacionado antes en ese lugar. Menos aun pudo imaginarse que sus dichos saldrían publicados en la prensa al día siguiente. Su estupor, si acaso leyó la nota, habrá sido equivalente al mío cuando escuché sus dichos. Creo sin lugar a dudas que me topé casualmente con un hombre enfurecido, que descargó su ira a la primera ocasión. ¿Cuántos más, cuántos «otros igualmente furiosos» comparten análoga irritación en contra suya dentro de los cuarteles?, supongo que podría saberlo usted. Yo no tengo cómo, general.
Conozco tan poco la ideosincrasia militar como, por lo visto, usted la del periodista, naturalmente. De lo contrario no le resultaría increíble la cantidad de noticias que provienen de una revelación casual, oportunamente aprovechada. El periodista es una esponja insaciable de casualidades como la que me tocó, siempre atento a cazarlas y dispuesto a provocarlas, en todo momento y lugar. Sabe que existen y que aparecen de la manera más «increíble». Le recomiendo alquilar, si es que no la vio, la película «Magnolia», con ejemplos reales que desafían cualquier imaginación.
Confieso que presentí el desagrado que la nota le causaría. No por mis reflexiones, supuse, sino por el hedor acre de esa diatriba que transcribí con fidelidad de copista. Es más, me indigestó escribirla. Pero así es la guerra, general, ¡perdón!, digo: así es la prensa. Así es el periodismo, que «debe sacar una foto de la realidad, sin retocarla», según Gestoso, a quien le habrá tocado reproducir fétidas deposiciones de Bush o Rumsfeld más de una vez en cumplimiento de su profesión. La materia que capta mi foto no es obra del fotógrafo. Retrata y revela a la opinión pública un aspecto de la realidad: cierta mentalidad y cierta actitud todavía presentes al interior de la corporación militar, que, si no es unánime –y creo que no lo es–, la recorre toda como las vetas de un mármol.
El dejo de aquella «jornada de casualidades» no fue, empero, el mal trago en el estacionamiento, sino el hallazgo de dos gratificaciones inesperadas, una profesional y otra cívica. La profesional se refiere al acercamiento a la verdad, que es el Norte del periodismo. Supe que la bronca marcial contra la postura del general Pereira («estarán que arden», según el Ãato que de esto conoce) no implica en todos los casos una reivindicación del golpismo, la tortura, asesinatos y desapariciones, ni rechazo a la democracia y la justicia. Un militar puede reprobar las prácticas abominables y el golpismo, al mismo tiempo que censurar la actitud de Pereira. Ese es el descubrimiento, sea real o falsa como paradoja. Dicho de otra manera: la furia que algunos militares vuelcan contra Pereira no se recargaría contra el jefe que declarase «yo ordené torturar a estas personas», o contra el subalterno que se inculpe a sí mismo de un homicidio, sometiéndose incluso a la condena judicial. Se le consideraría un desertor, pero (pero) demostraría «tener huevos», atributo altamente valorado en la mentalidad uniformada. Lo que no se acepta es que un jefe salga y diga «hubo torturas abominables, pero yo personalmente no las practiqué ni presencié». Aunque admita que las aceptaba y las hubiera aplicado. Juzgan esa actitud como un lavarse las manos propias, mientras la mugre «ajena» sigue manchando a la institución. Todo porque Sanguinetti (y Lacalle) desalentaron su depuración. Producto perverso de dicha lógica, aquellos que efectivamente ordenaron o practicaron crímenes estarán más protegidos cuanto más ratifiquen las concepciones descarriladas que respaldaron su comisión.
Los dichos y escritos recientes del general Pereira exudan sinceridad y decencia por todos los poros. No es posible fraguar una complexión humana tan digna como las que nos ha exhibido en estos días. La paradójica balanza de cuartel no rige en la sociedad civil que lo acoge desarmado, humilde y benéfico. «Â¡Al fin!» –pensé escuchando el programa de Sonia–, «al fin aparece un jefe militar genuino que se abre el pecho y tiende la mano a la sociedad. Hace historia, habrá un antes y un después de Pereira». Esa fue la mayor gratificación de la jornada, y mucho más «increíble» por impactante e imprevisible, que el encuentro fortuito en el estacionamiento, donde la mitad de lo que encontré ya lo descontaba: la irritación de sus camaradas más obtusos.
Tomo su carta, general, como una hidalga respuesta al «chofer» extraviado que lo atacó, de quien sólo su anonimato es obra mía, porque no pude leer sin lentes el carné que me mostró. Queda claro así que no hubo mandado alguno. Además, si yo fuera hombre dispuesto a ello, o al escarnio frívolo, escribiría en los «Se dice» de El País, no en la contratapa de LA REPUBLICA.
Bienvenido a la sociedad civil, general, donde impera el libre torbellino de las ideas y los sentimientos, la razón sobre la fuerza, el alma sobre los huevos. ¡La de veces que me he cagado de miedo! frente a las balas, la enfermedad, mi propio espejo, o a los pies de una mujer. Abono del alma, fueron.
Y bienvenido al mundo de la escritura, donde las palabras no matan como las balas pero, ya ve usted, vuelan, rebotan, entran, duelen. Pesan. Valen. Salvan.
(*) Periodista
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