Tiene la palabra
Don Quijote y los sabios encantadores
Señor Director de LA REPUBLICA
Dr. Federico Fasano Mertens
* No puede haber dos opiniones: hoy todos los frenteamplistas tendríamos que estar velando las armas, como Don Quijote, que luego de una corta noche, sale armado Caballero, dispuesto a desfacer todo tipo de agravio: «Para el aumento de su honra como para el servicio de su república». Sin embargo, nuestra noche, la de aquellos que no toleramos que este país se está desangrando y cayendo a pedazos, ha sido tan larga que ha durado décadas. Hasta ahora, hemos estado velando un Uruguay que se está muriendo, y de nosotros dependerá que vuelva a renacer o perezca para siempre.
El camino andado por este Uruguay está minado de los peores entuertos que ni siquiera el mismo Quijote jamás podría haber imaginado. Recibiremos un país desintegrado por la pobreza que sólo un cataclismo puede lograr. Es que han sido años y años de gobiernos blanquicolorados, en los que uno tras otro, han competido por destruir lo poco que iba dejando en pie el anterior, en aras de una falsa modernidad que no ha hecho más que bajarnos del pedestal en que creíamos que estábamos. Fuimos la Suiza de América. Hoy no somos más que un pequeño país latinoamericano empobrecido y dependiente como cualquiera de los demás.
Pero al contrario que Don Quijote, que salió de un lugar de La Mancha del que su autor no podía recordar, nosotros sí debemos tener bien presente aquel país de donde venimos y entender claramente por qué llegamos a esta situación que hoy nos toca vivir. Resulta por demás claro que estamos cosechando los frutos de todos estos años de políticas económicas neoliberales que no han hecho más que acentuar la marginación, la exclusión y la pobreza en cantidad como también en profundidad.
En cantidad, obviamente porque los cantegriles han crecido por cientos. Un censo oficial de 1998, y que sólo abarca diez departamentos, constató más de 450. Estos asentamientos cada día se vuelven más extendidos, más poblados y algunos se han convertido en verdaderos guetos que se aíslan, que se alejan de los servicios, de las escuelas, de los vínculos sociales e institucionales. Existen familias con abuelos, hijos y nietos que han subsistido en ellos sin nunca poder salir de allí. Probablemente la mayoría de los pobladores mayores hayan sido obreros y trabajadores y sientan en carne propia la exclusión que esta forma de vida implica, manteniendo aún la esperanza de poder escapar de allí. Pero sus hijos que se han criado en el cantegril mamando la marginación junto al llanto, que seguramente ya sean padres con menos de quince años, y que estén ayudando a poblar un Uruguay de más niños pobres, asumen su condición de desclasados con notorio resentimiento hacia el resto de la sociedad. Y han sido los gobiernos blancos y colorados de turno los que sin excepción lo han conseguido. Pero no falta quien se rasgue las vestiduras diciendo que no fue ni de este gobierno ni del anterior, como el precandidato Larrañaga. Cuanto menos tendría que asumir con valentía la cuota-parte del fruto de sus responsabilidades, ya que por el mote de guapo se le conoce. Acaso no sabe que su partido ha sido gobierno y luego socio gobernante durante los últimos 15 años de su actividad política. Acaso no sabe que durante todo ese tiempo los uruguayos pobres llegaron a 900 mil; que se consiguió duplicar la pobreza y casi se ha triplicado la indigencia de nuestra gente. Nosotros sí lo sabemos: no queremos más de lo mismo, ni de este gobierno, ni del anterior, ni del anterior al anterior.
Si se habrá profundizado la pobreza que hoy es noticia corriente que la desnutrición infantil mata a nuestros niños, aunque esto fuera impensable para cualquier uruguayo de los que creía que vivía en un país en el que estas cosas jamás sucederían.
Lamentablemente vamos a tener que acostumbrarnos a esta dura realidad. Más del 50% de todos nuestros niños nacen bajo la línea de pobreza y la inmensa mayoría de ellos vivirá su infancia en algún tipo de asentamiento. Claro está, no salvamos a nuestros niños pobres, pero sí salvamos a un sistema financiero vaciado por banqueros corruptos, como el destacadísimo don Peirano Facio, que entre otras cosas, también fue ministro colorado. Las autoridades ya no pueden dar canastas de 14 kilos en víveres y las han rebajado a sólo 8 kilos mensuales para las familias en situación de pobreza. Pero estas mismas autoridades apoyadas por sus socios blancos, se han dado el lujo de gastar más de 2.800 millones de dólares en un sistema financiero especulador y groseramente esquilmado. Este gobierno, como todos los anteriores, tuvo que elegir entre la patria financiera y la patria de nuestros niños. Y supieron elegir: 2.800 millones de dólares para la patria financiera y 8 kilos mensuales de canasta para las familias de nuestros niños más pobres.
Mal que les pese a algunos, estamos asistiendo a la muerte de un tiempo del Uruguay que jamás debió haber sido. Estamos viviendo los últimos minutos, los últimos estertores de todos estos sabios encantadores que con tanta soberbia y desprecio nos han llevado por los peores caminos que ni en la más terrible pesadilla de una noche interminable, podríamos haber andado. Ni su sapiencia, ni sus encantamientos maliciosos nos van a quitar toda la gloria que los uruguayos nos merecemos. Seguiremos buscando ese yelmo de Mambrino que reluce más que el oro y llena de luz los ojos de Don Quijote y no nos conformaremos con una bacía de barbero. Nos encomendaremos a nuestra amada Dulcinea para tener toda la fuerza del mundo al enfrentar esta dura batalla, y daremos honra a su pensamiento partiendo en dos a este gigante de dos cabezas que se está hundiendo en el barro de tanta corrupción. Y seguiremos soñando, como Don Quijote, que cada día enfrentaremos una gran aventura. Nos encomendaremos en la gran aventura de que existe un país posible, un país de trabajo y de dignidad que sólo nosotros, con las manos limpias podremos moldear. La victoria es nuestra y nada ni nadie podrá arrebatarnos la gloria de levantar a este país en ruinas desde sus cenizas.
JOSE MIGUEL GARCIA – CI: 1.210.481-0
No hay nada nuevo bajo el sol
Señor Director de LA REPUBLICA
Dr. Federico Fasano Mertens
* Acostumbro coleccionar recortes de periódicos, especialmente aquellos que por una razón u otra me han resultado impactantes. Cuando ocurrieron los tristes hechos en la Colonia Berro recordé una nota de José Luis Baumgartner publicada hace unos cuántos años en «Mate Amargo». La misma hacía referencia a casos de maltrato de menores en el Consejo del Niño de Treinta y Tres. «A los más chicos les metían la cabeza en un barril con agua que se llamaba el sumergidero. A los que se hacían pichí de noche les pinchaban los testículos con alfileres y les pegaban con toallas mojadas» «A veces encerraban a los chiquitos en una heladera seca que no funcionaba» A los grandes los golpeaban y los hacían hacer los deberes de rodillas en el suelo si les iba mal en la escuela. Decía Baumagartner «Algunos creen que con el procesamiento de los torturadores directos el caso está cancelado. Los responsables son fulano y mengano. Y punto. A otra cosa. La sociedad sigue intocada por las atrocidades particulares. Es virgen de lo inhumano (Cuando decimos «sociedad» queremos referirnos a las relaciones sociales que existen y se proyectan como deseables dentro del orden estructurado, de modos y valores de conducta colectiva). Es la misma tesitura adoptada, por ejemplo frente a los niñitos moribundos de hambre, hallados en las ruinas de un caserón de c
uatro cuadras de 18 y Barrios Amorín.
O las nueve pupilas del hogar Yaguarón, encerradas en celdas de seguridad, que se prendieron fuego, muriendo carbonizadas cuatro de ellas. O a los chicos de Chimborazo que se drogan con novoprén y se inyectan vino y asuelan al barrio. O al niño del Albergue que intentó suicidarse en estado de crisis sicótica (el guarda no encontró mejor expediente que encerrarlo bajo llave). O la mendicidad infantil…¡Pidámosle cuentas a la «madre desnaturalizada! ¡Investiguemos! ¡Levantemos información! En todo caso la culpa será de otros. Esas desgracias, esas miserias, esas vidas únicas (como la tuya y la mía) destruidas antes de florecer, esos infiernos eran, como la muerte, siempre ajenos. Mientras tanto el cuerpo social se higieniza por expediente» Por expediente y por bellaquería, pues la «sociedad» evacúa resultados y se desentiende de causas.
«Es natural que el pobrerío se muera de hambre. (No tienen iniciativa». «Una busca una sirvienta y no encuentra más que pretensiones»). Es natural que los gurises abandonados duerman en la calle – igual que los «gamines» de Colombia y los «capitanes de la arena» de Brasil. Es natural que en la Colonia Etchepare pueda ocurrir cualquier cosa. Es natural que el terrorismo de estado reciba la protección de sus legatarios. Es natural que en las dependencias del Consejo del niño (del Vilardebó, del Ministerio de Relaciones Exteriores, en fin, de la Administración) sobrevengan «excesos». Es natural que los viejos deban «esperar». Es natural que el ratero caiga y el «financiero» prospere. Es natural que «los asesinos disfrazados» sean «sheriffs» de la democracia. Todo colmo se nos volvió natural». La página de donde extraje esos párrafos es mucho más extensa y se titula «Todos somos asesinos».
Tantos años después y las cosas no han cambiado. Los niños mueren por desnutrición en Artigas, los menores de la colonia Berro, los vecinos del asentamiento La Cava que comen cada tres días, los dos escolares con problemas de salud por comer pasto, los cañeros con sesenta pesos al día, los taladores de eucaliptos, dos pesos cincuenta por árbol cuando el árbol es grande…
No recuerdo quién fue que dijo que la injusticia se va a terminar el día que los demás sintamos la injusticia ajena como propia.
Tiene razón Baumagartner no basta con proscribir a los corruptos de hoy porque otros aparecerán mañana. Es el sistema el que tiene que humanizarse. Para eso hace falta «un gobierno humano» como propone Tabaré Vázquez «ya que el mercado no lo hará». Al mercado sólo le interesamos como compradores, no como seres humanos «que pensamos, que reímos, que lloramos» como expresaba Cantinflas en su película «El Señor Embajador».
Siempre me había preguntado por qué Jesús de natural tan pacífico había echado a los mercaderes del Templo a latigazos. Ahora lo sé. Jesús sabía que el «mercado» iba a desplazar a Dios ocupando su lugar, y que nada sería posible si el «mercado» no quiere.
Necesitamos un gobierno humano que ponga al mercado en su lugar, priorizando el bienestar de la gente a la ganancia.
Como decía la tarjeta de Navidad que nos enviara el diputado Nicolini «Necesitamos transformar la vida. «Una vez transformada la podremos cantar». Qué así sea.
MARIA HILDA KENNEDY – C.I. 4.057.517-2
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