MERENDERO ISAIAS, A DOS AÑOS DE LA APARICION DE LOS NIÑOS QUE COMIAN PASTO

"Seguí peleando por los niños, mamá"

El merendero Isaías, que les brindaba la posibilidad de una taza de leche, en esa oportunidad recibió numerosas comunicaciones oficiales y alguna donación de privados, pero nada más. Hoy el merendero continúa asistiendo a los niños del barrio Conciliación con algo más que el desayuno, gracias al esfuerzo de su fundadora y sus colaboradores.

Marta Pirgonet es una ex trabajadora de la salud que en el año 2001 fundó el merendero «Isaías 55″ para luchar contra la difícil situación que ya se vivía por entonces en el barrio Conciliación. En esa época nunca imaginó que un año después tendría que denunciar a los medios de comunicación el espanto de niños que comían pasto porque no tenían otro alimento a su alcance. Tampoco pensó que, luego de que el hecho tomara conocimiento público, las autoridades competentes sólo se limitarían a enviar sendas cartas alusivas a la situación. «Nunca recibimos nada. Porque claro, los niños no votan. Si no fuera por los alimentos que envía la Intendencia Municipal de Montevideo, ya habríamos cerrado», dijo con pesar.

Los niños ya no comen pasto en esa zona de la capital. Pero la desnutrición persiste, al tiempo que la situación social y económica de su entorno se agrava cada día, haciendo de la falta de alimentos sólo una arista de la realidad que Marta debe enfrentar a diario para mantener la esperanza de que la tarea realizada es válida.

«Mac Giver»

El merendero atiende a 166 niños de 0 y 15 años, los fines de semana, entre las 9 y las 11 horas, aunque la mayoría de las veces debe abrir antes, porque la cola se anticipa mucho. No falta un sábado en que no aparezca un nuevo chico solicitando ayuda. Algunos llegan a pie, descalzos, desde el barrio Guayabo, que se encuentra a 20 cuadras de distancia. «Entre semana comen en la escuela, aunque este año la falta de recursos obligó a la dirección a elegir quiénes podían asistir al comedor. Y sábados y domingos, si no vienen aquí, es difícil que puedan comer algo, antes de que sus madres vuelvan de la feria, siempre y cuando hayan podido vender», afirmó Marta.

Todos los vecinos conocen la obra y colaboran en la medida de sus posibilidades para que siga funcionando, algunos con abrigos, otros con juguetes, y algún otro poniendo a disposición un vehículo para cuando sea necesario. «Mi marido me dice ‘Mac Giver’, porque siempre tengo un recurso para que todos puedan comer. Además, para nosotros es muy importante que todos reciban lo mismo, sin distinciones», subrayó Marta, para quien también es importante inculcarles el cuidado de los más pequeños, quienes tienen prioridad en la fila de los alimentos y de los juegos. «Todo es tan díficil que a veces no sé cómo continuar. Pero mi hijo, que está cursando sexto año, me alienta: ‘seguí peleando por los niños, mamá, seguí'», dijo con lágrimas en los ojos.

Algo más que pan

Además del desayuno Marta se preocupa por brindarles a los niños afecto y conceptos relacionados con la salud y el respeto por uno mismo, así como por los demás. Uno de los logros que no se cansa de resaltar es la fila para usar la única hamaca disponible en el local. En un contexto sociocultural crítico, donde prima la violencia, que más de 100 niños esperen su turno para utilizar el preciado juguete, no es poca cosa. Otra de las tareas extraalimentaria que desempeña, es llevar un registro exhaustivo de los controles médicos de los niños que asisten al merendero, así como de los carnés de vacunación, con el objeto de llamar la atención de los padres cuando sea necesario.

Los chicos también realizan actividades recreativas, incluso poseen un teatro de títeres donde representan sus propias obras. «Tratamos de darles un lugar para expresarse, porque es mucho el dolor y la falta de cariño que llevan dentro», aseveró.

A su vez, se les impulsa para que terminen la escuela. Marta sostuvo que entre las niñas las carreras preferidas son las de maestra o médica, mientras que los varones optan por la carpíntería o el fútbol. Como recompensa a la ardua tarea de quienes atienden el merendero, a fin de año los pequeños hacen un desfile interminable de orgullosas carpetas y boletines de calificaciones.

«Nos unió el hambre»

Las madres tampoco son dejadas de lado. Entre semana Marta da clases de corte y confección a las que quieran colaborar con la alimentación que reciben los chicos. Las prendas que realizan son vendidas en la feria para comprar los insumos para el merendero y más materia prima. «A nosotros nos unió el hambre. La mayoría de nosotros está desocupado, por eso hacer el pan o un pantalón para vender, no sólo les da comida a los niños, sino que también nos hace sentirnos útiles». Así como algunas madres aprenden a coser, otras aprenden a hornear panes y bizcochos que luego son servidos a los chicos, o vendidos en la puerta de la escuela para obtener ingresos familiares. «No queremos tener un merendero. Queremos trabajo. Queremos poder usar este lugar para que los niños aprendan teatro, manualidades y otras cosas. Pero ahora necesitamos ayuda para seguir, para alcanzar ese sueño alguna vez. Necesitamos comestibles para cocinar y todo lo que se nos quiera brindar. Quienes tienen la posibilidad y responsabilidad en esas acciones deberían hacerse cargo», remarcó Marta. *

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