Fin de brindis

Creo que alcanzaremos la victoria en la primera vuelta, el 31 de octubre. Pero sé que la derecha es hábil e ingeniosa y que ve con verdadero horror el desplazamiento del gobierno.

En ese sentido nuestras derechas son el conglomerado de familias más inamovible de la historia de América Latina. En casi todos los países hubo momentos, a veces breves primaveras, en los que gobernaron sectores «advenedizos», de raigambre popular, hasta mestizos y descendientes de indios.

Inquilinos provisorios de los Palacios Quemados a las Casas de la Moneda desde donde desplazaron o creyeron desplazar por algún tiempo, que para la derecha fue pesadilla, a los viejos grupos oligárquicos que venían de la colonia (M. Globe en los 30 y después Allende en Chile, Haya de la Torre y Velazco Alvarado en Perú, la revolución boliviana de 1952 y después el gobierno del general Juan José Torres, La revolución guatemalteca de 1945 al 54, con Arévalo y Arbens, Lázaro Cárdenas en México, y los movimientos populistas en la Argentina de Perón y Evita y en el Brasil de Vargas y Joao Goulart… (Cuando los militares desplazaron a «Jango», los brindis con champán francés de la burguesía paulista duraron más de quince días, casi tanto como festejaron luego los gorilas argentinos).

Acá, después de Artigas, en materia de cambio de familias y grupos en el poder no fue así. Aquí: nunca, nadie, nada. Estamentos inmutables. Casi castas. El brindis perpetuo. Siempre los mismos apellidos prendidos a la teta del Estado y del poder.

Por eso les va a costar desprenderse. El desmame tardío traerá traumas, a no dudarlo. El fin de los arreglos en las licitaciones, de los arrendamientos de obra, de los cargos jerárquicos y los de confianza política para los primos y los amigos y todo el entretejido de los privilegios.

¿No hay algo de esta patología clasista en el odio incontenible que las derechas –o buena parte de ellas– le profesan a Tabaré, el que viene a parar los brindis?

Tratemos de seguir el hilo. Se trata de alcanzar el gobierno y desde ahí cumplir con el programa de cambios definido en el Congreso «Héctor Rodríguez» será tarea ardua.

¿Con qué contamos para eso? No me propongo enumerar nuestras excelsas virtudes, que prosa de ese tipo tiende a proliferar a medida que mejoran las encuestas.

Pretendo partir de las cuestiones que están en debate o sobre las que los frenteamplistas tienen dudas.

Algunos compañeros hacen su apuesta firme al logro de una buena imagen pública, un buen desempeño en la TV y en la parte publicitaria que toda elección conlleva. El blanco de esta acción es la conquista de los indecisos «de centro». Es una tarea que podría ser provechosa y no hay reproches que hacer salvo que se pretenda hacer de la publicidad la única vía.

Junto a este giro, que aunque sin proponérselo convierte al ciudadano en consumidor pasivo, no faltan los críticos e hipercríticos de la estructura organizativa y de base del Frente Amplio. Para algunos, hacer gracias sobre eso se ha convertido en un recurso muy festejado, sobre todo lo lisonjean los medios de comunicación de la derecha.

Pero la estructura orgánica del Frente Amplio es algo más que un estatuto, algunos organismos y unos miles de militantes tenaces.

Es algo más también que todo lo que eso tiene de original y de simbólico. La bandera, el logo, las viejas consignas. Símbolos que encarnan una comunidad no sólo política sino también afectiva, hecha de compañerismos y de broncas, de buenos recuerdos y de demasiadas cuentas sin saldar con el poder.

Todo eso podría ser despreciado, de hecho lo es, por las nuevas modalidades impuestas por la sensibilidad y la novelería de la posmodernidad. Aunque el Frente Amplio fuera sólo eso, unas solidaridades forjadas en el dolor, ya eso sólo sería un buen auxiliar para la titánica tarea que nos espera.

Pero sucede –y esto intenta ser el centro de esta reflexión– que además de sus contenidos simbólicos y emocionales, el Frente Amplio tiene una organicidad propia, construida por él mismo, con un Estatuto y un Compromiso Político y unas autoridades propias y legitimadas por la democracia interna del Frente.

Y esa organicidad es hoy, en junio de 2004, un instrumento muy apropiado para las tareas que tenemos por delante: las de ganar y gobernar bien, con creciente respaldo popular.

Comités de Base, Coordinadoras, Departamentales, Plenarios Nacionales, Congresos: es una estructura legitimada por acuerdos, consensos y mayorías que le permiten al Frente Amplio resolver la original ecuación de ser, a la vez, una coalición de partidos con distintas inspiraciones ideológicas, y además, un movimiento que actúa, cuando se lo propone, de manera unida.

Y sucede que cuando el Frente Amplio se propone actuar de manera unida, es capaz de lograr la creación de corrientes de opinión democrática de una fuerza extraordinaria.

Hay, y ha habido, muy pocos movimientos en América Latina capaces de organizar, desde abajo, movilizaciones como las que culminaron el pasado 7 de diciembre con la victoria de la papeleta rosada.

Esa excepcionalidad reposa sobre el hecho de que el FA ha sabido establecer unos buenos y ricos vínculos con la sociedad y con sus organizaciones sindicales, cooperativas, estudiantiles y barriales para impulsar acciones democráticas contrarias a las privatizaciones, o a algunos de los ejes más irritantes del programa neoliberal.

¿Qué es lo que ha hecho y hace posible que esta conjunción se realice? ¿Qué es lo que ha posibilitado la constitución de un gran bloque de fuerzas sociales de signo progresista cuyo crecimiento ha tomado un ritmo incontenible?

La existencia de una estructura de implantación en la sociedad y de autogobierno propia del Frente Amplio.

Implantación y democracia interna (con carencias y todo lo que se quiera pero democracia al fin) que hicieron posible que todo lo que el FA va a impulsar junto con sus aliados, si alcanza el gobierno, lo discutió y lo resolvió primero en un Congreso al que asistieron unos 1.500 delegados de todos los Comités de Base del país.

Esa cohesión programática y esa legitimidad de los organismos de gobierno del Frente son hoy atributos sustantivos, no sólo para el Frente Amplio y sus aliados sino para la democracia en el país.

Tabaré Vázquez elegido presidente en la primera ronda del balotaje llegará a Suárez con un Programa de Gobierno acordado por todos los grupos que componen su fuerza político-electoral.

A diferencia de cualquier otro de sus rivales de hoy, imaginemos que fuera Jorge Larrañaga, que tendría que pactar con los Lacalle, Sanguinetti y Batlle, Vázquez llegaría con una amplia porción de gobernabilidad asegurada. Con un paquete de leyes esenciales para el cambio ya estudiadas y en torno a las cuales los consensos políticos y legislativos ya están construidos y legitimados. Y que sin duda precisarán conquistar la hegemonía en la sociedad y un activo respaldo de gente movilizada.

¿Podría decir lo mismo Larrañaga? ¿Leyes para los cambios con apoyo de Lacalle, Sanguinetti y Batlle?

Hemos dicho: Vázquez llegaría con una «amplia porción» de gobernabilidad, de certidumbres y seguridad de gobierno. ¿por qué empleamos la expresión cauta, de «amplia porción»?

Porque resulta que no es la primera vez que algunos legisladores frenteamplistas deciden actuar de acuerdo con su criterio propio y equivocadamente desconocen las resoluciones aprobadas por las mayorías orgánicamente constituidas.

Segunda y definitiva razón para defender y mejorar el funcionamiento de la democracia y la estructura de base participativa que el FA tiene definida en sus estatu
tos. Lo contrario pone en cuestión no sólo la posibilidad de victoria en octubre sino que abre la posibilidad que el enemigo juegue con nuestras disensiones internas para vetar nuestro proyecto de cambios.

 

(*) Profesor de historia, editorialista.

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