Estimulante maestra la memoria

La crónica sobre el crecimiento de la mortalidad infantil en el departamento de Artigas (El País, 28-5-04) constituye un reconocimiento por parte de la derecha de los extremos de miseria que se viven en el país. Situación que no es fruto de una guerra ni de un cataclismo sino de la acción política y del peso de las estructuras económicas y sociales que existen en el país y que blancos y colorados han pretendido convertir en intocables.

En Artigas en 2003 nacieron 1.352 niños y 39 fallecieron antes de cumplir un año. La mortalidad infantil en ese departamento es de 28,9 por mil, casi el doble que la tasa promedio del país que es de 15 por mil.

Según Unicef la tasa de mortalidad infantil de Artigas es similar a la de algunos de los países más pobres de América, más alta que la de Ecuador y cercana a la de Honduras.

Un médico forense, Ruben Medina, comparó a los cadáveres de niños fallecidos en Artigas con las fotos de los campos de concentración.

El hambre en los niños afecta, agrega El País, a alrededor de 10% de los niños de Artigas. Los datos sobre mortalidad no reflejan con exactitud esta realidad pues se anota como diagnóstico la última causa de muerte. Se escribe aspiración de vómito, paro respiratorio, diarrea, que son estragos de la desnutrición. Pero la planilla no incluye la mención expresa a la desnutrición.

En Bella Unión la situación es tremenda. En el barrio Las Láminas, donde la miseria es gravísima, muchos niños portan parásitos intestinales de hasta 15 centímetros. Cuando los están eliminando se produce pánico en la familia porque los pueden eliminar por la boca o la nariz. Con ese cuadro un Canal de TV local preparó un video pero nunca se atrevieron a exhibirlo. En esta zona, la tasa de niños con bajo peso al nacer es igual a la de Ghana, Kenia y Camerún.

La línea política que impulsan algunos compañeros de izquierda parece inspirarse en la idea de que todo lo que sucede y sucederá en el país está determinado por lo que ocurrió en agosto de 2002. Según esta visión, ni los partidos ni las clases sociales tienen antecedentes anteriores a la crisis financiera. Interpretar de esa manera a este mojón, que lo es, nos priva de enseñanzas importantes.

No sólo porque las clases y las mentalidades tienden a reproducirse, a menudo bajo otras máscaras, sino porque la memoria puede aportarnos una fuerza incomparable, que va más allá de lo electoral y se sitúa en el campo de la cultura de la resistencia, de la rebeldía, de la innovación.

A diferencia de otros pueblos del Tercer Mundo, nuestro país conoció un largo período de bienestar. Un puerto apto, una pradera casi despoblada, pletórica de vacunos, una comarca a la que anhelaban venir europeos no sólo de las tierras pobres del Sur sino de los países centrales, de las capitales de los imperios más poderosos de la tierra, de esos que estaban saqueando África y Asia.

Hacían fila para venir, no sólo españoles e italianos sino franceses, ingleses, escoceses, vascos, alemanes y suizos, entre otros. Aquí había lugar para todos. Por eso resulta absurdo cuando se compara nuestra pobreza actual con la de otras regiones de América que ya eran superpobladas (y supersaqueadas) en los siglos XVI y XVII, mientras a las nuestras se las consideraba «tierras de ningún valor».

Nunca fuimos tan pobres como en los últimos decenios.

Durante muchos años el desarrollo del agro y de la industria y las luchas del movimiento obrero y estudiantil lograron leyes avanzadas, conquistas sociales importantes, bienestar y un concepto de ciudadanía que incluía el derecho a la educación, a la salud, a la vivienda y a los bienes de la cultura.

Ese bienestar, aquellas conquistas fueron arrasadas, es verdad.

Pero formaron parte de la realidad cotidiana del pueblo uruguayo. La carne barata, la buena alimentación no es una leyenda, fue una conquista. Y hay una gran diferencia entre una y otra cosa.

Es distinto luchar por una ilusión o un hermoso mundo imaginado que luchar por eso y además por reconquistar algo que ya se tuvo, que se vivió cada día como fruto de la acción política avanzada y de las luchas obreras y populares.

Si todo empezó ahora, si el hambre llegó como un tornado, las responsabilidades de los grupos económicos y políticos (las clases) que sustentaron las políticas hambreadoras de larga duración se diluye, se pierde en la bruma que envuelve, como en un cuento de hadas, a todo lo anterior, lo bueno y lo malo, a la subversión y al terrorismo de Estado, a las leyes obreras y a los actos de corrupción.

La historia se vuelve una sucesión de postales caprichosas y pierde sentido. El sentido que tenemos que rescatar desde la izquierda, que es el de nuestra historia como una larga saga por la verdadera democracia, contra la dependencia, los autoritarismos y las injusticias.

Despojados de memoria, se pretende que somos una nación donde no ha habido héroes (o sólo se le admite esta condición a los que la derecha ha logrado pasteurizar, colocándolos por encima de las clases) ni villanos.

¿Nunca hubo gente que entregó al país, que se enriqueció a su costa y logró que sus hijos y sus nietos y bisnietos siguieran robando al país y a menudo gobernándolo? ¿Nunca esa gente estuvo asociada a los imperios más poderosos de la tierra?

Sin memoria no hay registro de nuestras rebeldías, casi siempre derrotadas y a menudo ahogadas en sangre, como en la última dictadura.

Por eso el desafío del progresismo tiene hoy una cuota importante de recuperación cultural, de reconquista: la de los logros sociales y civilizatorios del mejor Uruguay, de la libertad sin temor a las amenazas golpistas, de la democracia con igualdad.

En el futuro que se acerca, los frutos no serán cosecha de la imaginación calenturienta de nuestros líderes. Esos frutos ya los han probado los obreros y los granjeros y los maestros y los enfermeros: no son ni más ni menos que salarios para vivir dignamente, un porvenir mejor para nuestros hijos y una sociedad con menos injusticias e inseguridades. Todas cosas ya experimentadas . Con reconocible gusto a bienestar y vida digna. Nadie nos contó el sabor de la manzana. La probamos. Ese es el punto flaco del proyecto de ellos.

Sin ser socialista, el país fue más igualitario. Desde los 60 se viene desarrollando la «reestructura conservadora» y la instalación rotunda y rampante de los privilegios sociales. ¿Vamos a abdicar de denunciarlos?

¿Quiénes hicieron posible la congelación de salarios y el cierre de miles de fábricas, las privatizaciones y la ruina de la enseñanza pública? ¿Quiénes se enriquecieron con esas decisiones?

Abdicar de la denuncia de los privilegios y de la lucha por la igualdad social es negarnos a nosotros mismos, es renunciar a ser quienes somos y quienes hemos sido.

Nuestras denuncias y nuestras exigencias igualitarias suscitarán, a no dudarlo, la reacción de los reaccionarios. Su odio ancestral al cambio. Ya conocimos eso, el paroxismo de ese odio fue la dictadura.

Renunciar a las exigencias democráticas e igualitarias, renunciar a lo que somos y lo que hemos sido nos expone a defraudar a nuestros respaldos populares, a los que se sienten identificados con aquellas conquistas y aquellas rebeldías. Es un riesgo grave. Porque si la gente que vive peor, esa gran mayoría, no cree en el cambio, es que ha dejado de creer en la democracia.

Mientras en Artigas reina el raquitismo y crece la mortalidad infantil, nunca como en los últimos meses se construyeron más edificios de lujo en Punta del Este, nos dice el diario El País del viernes 4 de junio. Edificios de entre 300 y 2.000 metros
cuadrados edificados.

¡Qué ancha la brecha social! ¡Qué lejos está la igualdad que la Constitución proclama y el sentido de justicia requiere! ¡Qué maestra estimulante es la memoria! ¡Qué necesaria nuestra victoria! *

 

(*) Ex diputado, historiador.

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