La batuta del enemigo

El tratamiento mediático y político de las declaraciones de Carlos Viera en una mesa redonda convocada por la Asociación de Dirigentes de Marqueting (ADM) creo que merece ser analizado. No sólo por el respeto que nos merece su solvencia técnica y su trayectoria como militante de izquierda. También porque no podemos asistir pasivamente a las agresiones a un compañero.

Creo que en la manera que expuso su punto de vista, Viera cometió algún error. Pero eso pasa a segundo plano cuando, acto seguido, asistimos a una febril andanada de pronunciamientos empresariales y políticos que desvirtúan y caricaturizan el sentido de sus declaraciones, por lo demás realizadas, según lo anunció previamente, a título personal.

Hábilmente manejados, los aspectos semánticos y visuales indujeron a presentar ante el público a Viera como un «enemigo del agro». Las imágenes que ilustraron gran parte de la difusión televisiva de sus declaraciones mostraban en el surco o el tractor, la imagen de trabajadores rurales. Tal como se armó la noticia, ellos eran el blanco del «ataque» del despiadado economista.

Tras la consigna de un ataque al agro marchó todo. Las campañas mediáticas no están para establecer matices y hacer discernimientos. Los productores endeudados y arruinados por las políticas de los gobiernos blancos y colorados, de los que un gobierno de izquierda tendrá que ocuparse, situación bien distinta por cierto de los que por tener respaldo financiero se enriquecieron con la ruina de otros productores y de las empresas extranjeras.

Es claro que un tramo de la exposición de Viera no fue hábil: la referencia a que se debería examinar la derogación de ciertos impuestos y la mención al pasar a las detracciones como uno de los instrumentos posibles de recaudación. Esta es una medida que se puede discutir. En Argentina el gobierno de Kirchner la viene aplicando, al parecer con buenos resultados.

Es una idea que se puede examinar, sobre todo si se está en un seminario «liberal», departiendo amablemente con otros que piensan distinto. Lo que me lleva a preguntarme si estos intercambios «fermentales» no debieran anunciarse aclarando que, terminada la libre y amena lluvia de ideas, se procederá al linchamiento mediático de todos los que se atrevan a decir algo que sea distinto al pensamiento único predominante.

Hay un aspecto del asunto que no es tributario o exclusivamente económico. Se trata, creo, de nuestra relación con los medios de comunicación y de cómo llegamos a la gente. A esa gente que pronto tendrá en sus manos decidir quién va a gobernar al país en los próximos años.

¿Sobre quién ha recaído y recae el costo del déficit fiscal? ¿Qué sectores sociales han pagado los costos del despilfarro, de la ineficiencia y de los robos de los especuladores financieros? Lo han pago, entre otros, los asalariados cuyo poder adquisitivo no ha cesado de caer desde hace años. Los enfermeros y los maestros, los obreros y los empleados, los que hacen investigación científica y los policías, los talleristas, los artesanos y los artistas, todos, es decir la inmensa mayoría de la gente que trabaja, siempre recibiendo cada vez menos.

Cuando alcancemos el gobierno ¿se alterará o no esta situación?

Creo que los frenteamplistas podemos decir firmemente que con el advenimiento de la izquierda no sólo se terminará con el robo y el despilfarro sino que se modificará en profundidad el destino y la forma de financiar el gasto público.

Todos sabemos que los costos de las medidas de emergencia en materia social que es necesario aplicar, alguien tendrá que pagarlos. Y puede ser también una forma de ingenuidad pensar que se ganan votos con el silencio.

Si este criterio se generalizara, el anhelo por obtener votos nos llevaría a un tipo de prédica abstracta, compuesta por fórmulas demasiado generales, un modoso rosario de buenas intenciones que no aclararía nada ni movilizaría a nadie pero con el dudoso mérito que de que nadie lo atacaría.

Es posible que a una parte de los electores, por un instante, les convenza esa prédica chirle e insípida.

Ahora bien ¿es esa clase de adhesión la que nos hace falta? ¿Es ese el único resultado que aspiramos obtener con la campaña política de este año?

Las elecciones se ganan con votos, precisamos muchos votos para ganar en la primera vuelta y para tener mayoría legislativa. Es así.

Pero, ¿no resultará también una proposición ingenua creer que a la gente se la convence evitando comprometer opinión en los temas escabrosos?

¿Quién fija los términos de nuestro mensaje a la ciudadanía?

¿Quién hace la nómina de los temas que no se pueden abordar?

Como en un momento se dijo de la impunidad, ¿se irá ampliando la lista de los asuntos de los que no se habla?

Tenemos por delante varios meses de agitación política en disputa por el apoyo del pueblo para nuestro programa ¿ese tiempo no nos convida a que avancemos en el desarrollo de la conciencia crítica de sectores populares que hoy viven la cuestión política desde afuera, con apatía y descreimiento?

Haciendo de la cautela nuestra máxima virtud ¿no estaremos finalmente perdiendo las elecciones?

Los nuevos electores, los jóvenes sin experiencia política ¿cómo entrarán en contacto con nuestra propuestas de fondo?

¿Acaso se piensa que ya hemos alcanzado nuestro techo electoral entre los que viven de su trabajo? No creo que sea así. Cuando eso ocurra ya estaremos ganando holgadamente las elecciones.

Finalmente, ¿cómo estamos preparando desde ahora no sólo la victoria electoral sino la posibilidad de movilizar a la ciudadanía para el cumplimiento de nuestro programa? ¿Cómo contribuiremos a desarrollar su espíritu crítico?

Con las palancas oxidadas de este Estado escuálido ¿cómo desarrollaremos nuestro proyecto de país y cómo generaremos el entusiasmo imprescindible de los funcionarios públicos para hacer un Estado efectivamente al servicio de la población?

En fin, los dueños de la agenda mediática no son nuestros aliados. Son lo contrario. ¿Dejaremos en manos de ellos la determinación del tono y de los contenidos de nuestra campaña política?

Creo que asumir ese punto de vista sería una forma parsimoniosa de irnos suicidando.

Hace unos meses nos sumamos a quienes proponían la creación de un Observatorio sobre el desempeño de los medios de comunicación en nuestro país.

Un centro de estudios, conformado por expertos y ciudadanos de reconocida idoneidad moral, que realice un seguimiento sobre el tratamiento de la información que se nos proporciona a los uruguayos por parte de los medios de información masiva, esos medios controlados por unas pocas familias, muy ligadas a los partidos conservadores y al poder económico.

Esta cuestión precisamos estudiarla y discutirla. En nuestro país no hay nada que tenga la influencia cultural que posee la televisión. Ni los sindicatos ni los partidos políticos, ni la Iglesia; ni siquiera el sistema educativo tienen la gravitación que tiene la TV en la formación de opiniones y conductas.

Y no podemos resignarnos a esa hegemonía cultural e ideológica. Y menos podemos entonar como nos lo exige la batuta del enemigo. *

 

(*) Historiador, ex diputado

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje