Crisis de la familia y razonamientos sofísticos

Desde hace ya unos cuantos años se oye hablar –y la realidad de la sociedad actual lo confirma– de la crisis de la familia como institución.

Aquella imagen clásica de la familia decimonónica (e incluso de lo que fue una familia tipo hasta mediados del siglo pasado), integrada por un matrimonio y su por lo general numerosa prole, con el agregado de abuelos más algún tío solterón a quien se reservaba el altillo siempre que éste no estuviera ya ocupado por un pariente lejano fuera de sus cabales, esa imagen estereotipada, repito, se ha venido deteriorando y desdibujando con el paso del tiempo. En ese sentido, la memorable película de Ettore Scola resulta un retrato sociológico perfecto además de ser una obra magistral del séptimo arte.

No es preciso ser conservador para añorar los tiempos dorados de aquellos caserones donde convivía un grupo humano más o menos heterogéneo cuyos integrantes estaban vinculados por lazos sanguíneos, en una armonía sacudida a veces por disputas no demasiado violentas. Eran épocas en que no existían las «casas de salud» o «residenciales para la tercera edad», y a nadie se le ocurría que los viejos pudieran no vivir con sus hijos y nietos; ni tampoco era concebible que algún otro miembro de la familia –no necesariamente viejo– viviera solo en una pensión o en un pequeño apartamento. El espíritu de clan –con toda su carga de solidaridad– tenía entonces plena vigencia, vigencia que fue perdiéndose a medida que iba ganando terreno la necesidad de independencia de unos y otros, y a medida también que la crisis fue corroyendo a la sociedad.

La prueba de ello está en el tipo de vivienda que la clase media (ya un tanto desmejorada) empezó a elegir (o a aceptar porque era la única oferta accesible). Las grandes casonas capaces de albergar a familias numerosas dieron paso a apartamentos y casas de espacio reducido, de dimensiones mínimas, pensados para la familia tipo moderna, constituida por alrededor de tres personas. Por supuesto que la crisis de la familia no está determinada por las viviendas que se construyen, pero ¿cómo hacer para que quepan la abuela y el tío solterón en cincuenta metros cuadrados?

Dicho esto, no es preciso aclarar que yo, como tantos otros, deploro la crisis que vive actualmente la familia como institución porque estoy de acuerdo con la afirmación constitucional de que la familia es la base de la sociedad. Creo que la modernidad ha exacerbado el individualismo, ha instalado la prescindencia y ha terminado por aislar a la gente disolviendo o minimizando los vínculos familiares. Ahora bien, no obstante lo dicho, me llama la atención un artículo aparecido en El Observador el lunes pasado, donde un economista catedrático de la Universidad de Montevideo acusa a la Intendencia Municipal de Montevideo de perjudicar a las familias formadas por madre, padre e hijos, en razón de que, a la hora de adjudicar viviendas o terrenos a los habitantes de asentamientos, la comuna prioriza a las mujeres jefas de hogar. De acuerdo con tan peculiar razonamiento, habría que postergar a las madres solas para premiar a los grupos familiares bien constituidos como Dios manda. Como si vivir sola fuera el resultado de una opción, como si las jefas de hogar (madres solteras o divorciadas o abandonadas) hubieran elegido vivir solas pudiendo hacerlo en compañía de su esposo o concubino. Y si así fuera, si una madre con hijos a su cargo prefiere vivir sola, ¿cómo no privilegiarla igual?

Con ser esto bastante grueso, hay otras consideraciones del mismo artículo que resultan sorprendentes. Veamos. Parece que hay que defender a la familia y propender a una vuelta a los tiempos dorados de la familia sólida y numerosa pero no por las razones expuestas más arriba sino en razón de los «beneficios económicos que traen las familias a la sociedad». Sostiene el analista que la familia opera como un seguro contra la vejez: los pasivos de ingresos insuficientes tendrán cubiertas sus necesidades sin ocasionar más gastos al Estado (!); asimismo, constituye un seguro contra la enfermedad y contra el desempleo ya que cada miembro de la familia que quede sin trabajo estará atendido por el resto de la familia; me pregunto si querrá llegar a eliminar el seguro de paro…

Y por fin, «la familia juega un rol crucial en la reparación de las ineficiencias del sistema de mercado», como dice Gary Becker, citado por el columnista. Ahí está la madre del borrego (madre soltera, por supuesto). Ahora resulta que el «sistema de mercado» exhibe «ineficiencias» (lindo eufemismo por injusticias, ¿no?) y que éstas deben ser resueltas o paliadas por la familia. Así que hay que vigorizar a la institución familia para desfacer los entuertos del sistema; pero dígame una cosa: ¿no es acaso el «sistema de mercado» (que es como decir el capitalismo salvaje) uno de los principales responsables de la disolución de la familia?

Como muestra de razonamiento sofístico es insuperable. *

 

(*) Periodista

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