Unas internas sosas
Cuando el ex presidente argentino, Carlos Saúl Menem, a pesar de haber ganado en la primera vuelta, declinó presentarse al balotaje en las elecciones del 18 de mayo de 2003 ante la segura derrota frente al actual presidente Néstor Kirchner, se derramaron ríos de tinta por lo que se entendió que fue la sustitución de la soberanía popular por los fríos e implacables números que arrojaban las encuestas.
En efecto, todas las encuestas de las empresas especializadas de la vecina orilla daban cuenta de una segura derrota de Menem a manos de Kirchner y el riojano, que no quiso hacer un papelón, dejó el camino libre al actual presidente argentino para que accediera al sillón de la Casa Rosada.
Varios analistas políticos dijeron en ese momento que fueron las encuestas, y no Kirchner, quien había derrotado a Menem y se llegó al extremo de hablar de una peligrosa situación para el futuro de la democracia argentina, dado que el presidente que iba a asumir, un casi desconocido gobernador de una fría provincia de sur, lo hacía sin el sustento electoral derivado de una elección nacional.
Los meses posteriores a la asunción de Kirchner al frente del gobierno aventaron esos temores y hoy nadie se acuerda de que en realidad llegó al poder con un escaso apoyo, de algo así como un 22% del electorado argentino.
El tema de las encuestas es polémico, de eso no hay dudas y cada vez que se acerca un período electoral la discusión se renueva.
Todos los políticos, sin excepción, en cualquier parte del mundo, miran las encuestas, ya con recelo, ya con simpatía, de acuerdo a como marque en el pizarrón su candidatura.
Quienes se ven favorecidos por los números que expresan las encuestas las darán como buenas y quienes no lo son van a criticarlas y/o cuestionarlas, ambos sin rigor científico alguno, sino que lo hacen de acuerdo a sus intereses específicos.
Sin embargo, todos los políticos saben del valor de las encuestas y del peso que éstas tienen en la vida pública, a tal punto que cuanto más cerca están las elecciones incluso llegan a aparecer empresas encuestadoras fantasmas que por el famoso arte del birlibirloque operan a favor de tal o cual candidato.
Lo que queda claro es que quienes le hacen más caso a las encuestas son, justamente, los políticos mucho más que los electores. El caso más reciente es el de España, donde todas las empresas de opinión pública, sin excepción, daban como seguro ganador de las elecciones al candidato del Partido Popular Mariano Rajoy. Los criminales atentados del 11 de marzo y, fundamentalmente, el manejo interesado y mendaz de la información sobre los autores del mismo por parte del gobierno de José María Aznar dio vuelta el resultado de las encuestadoras y el nuevo presidente de España resultó ser el socialista José Luis Rodríguez Zapatero.
¿Se equivocaron las encuestas en este caso? No; ocurrió que los pronósticos daban cuenta de un estado de la opinión del público favorable al oficialismo antes de los atentados. Lo que ocurrió en los dos días posteriores no pudo ser previsto y tampoco expresado por los profesionales encuestadores.
En España quedó claro que los encuestadores no deciden las elecciones y no lo hacen en ningún caso. Y acá, en Uruguay, nadie va a ganar o perder una elección por lo que diga Equipos Mori, Factum, Radar, Interconsult, People´s Tendencies o Doxa. Esto lo tiene claro el público, sin duda, no así los políticos, porque así como Menem declinó su candidatura porque le creyó a pie juntillas a las encuestadoras de Argentina, acá han sido ya muchos los líderes políticos que dejaron de lado sus candidaturas a poco de ver que su nombre no subía en las preferencias del público.
El caso más notorio y seguramente el más impactante fue el del ex presidente por dos veces, Julio María Sanguinetti, quien más allá de todo tipo de consideración política o personal con que quiso enmascarar el retiro de su candidatura para las elecciones internas del Partido Colorado, leyó lo que decían las encuestas y tomó la decisión de no presentarse para no sufrir una derrota no en la interna, que ya la tenía ganada sino en las nacionales.
Lo mismo ocurrió con Danilo Astori que no se presenta a la interna del Encuentro Progresista Frente Amplio luego de constatar, encuestas mediante, que no le podía hacer fuerza a Tabaré Vázquez.
Lo mismo pensaron los precandidatos nacionalistas Sergio Abreu, el senador Francisco Gallinal, el ex presidente del Latu Ruperto Long y el diputado Arturo Heber.
Así las cosas, una elección que en lo previo se iba a presentar como la más jugosa de la historia pos dictadura uruguaya no lo será tal.
Imagine un acto eleccionario con tres pesos pesados recorriendo el país, presentando sus propuestas, debatiendo por lo alto: Lacalle, Sanguinetti y Vázquez. No lo imagine porque no será posible.
Pero hay algo más, cuando en 1997 la ciudadanía aprobó la reforma constitucional lo hizo entre otras cosas porque se le dijo que iba a ser más libre para poder elegir a sus candidatos al introducir, por primera vez el mecanismo de las elecciones internas.
Hoy la realidad es otra, los acuerdos de cúpula por un lado y las especulaciones interesadas por otro, le están birlando a los electores la posibilidad de ejercer el derecho de elegir al precandidato de su agrado, derecho que la Constitución ampara. Esto no quiere decir que se esté violando la Constitución, pero sí que se está caminando en los bordes de la misma. *
(*) Secretario de Redacción
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