¿Qué harán si llegan al gobierno?

Desde que el ex ministro del Interior y actual candidato colorado, don Guillermo Stirling, expresó que no se imaginaba un gobierno de la izquierda (declaración que el propio Stirling hubo de aclarar más tarde precisando que su intención no era descartar el previsible triunfo de Vázquez sino simplemente señalar que no conocía el programa de esa fuerza y que por tanto no se podía imaginar cómo sería un gobierno progresista), hasta las recurrentes referencias a la falta de propuestas de la Nueva Mayoría, pasando por los periódicos desafíos lanzados por diversos precandidatos del oficialismo, uno termina por convencerse realmente de que las fuerzas progresistas carecen de ideas, de iniciativas y de propuestas, que la Comisión de Programa del EP-FA no existe, que la izquierda no tiene alternativas a la derogada Ley de Ancap, y que sus dirigentes y legisladores –por alguna misteriosa razón– han mantenido y mantienen un hermetismo total respecto de sus planes de gobierno.

Se nos dice que Tabaré no tiene programa. Y yo creo que es cierto; y que, por el contrario, blancos y colorados sí que tienen programa; y no uno sino varios programas de televisión donde aparecen y son entrevistados con una complacencia admirable.

Se nos advierte de las catástrofes que sobrevendrían en caso de triunfar el EP-FA. Que cuál será el alcance de la aplicación del artículo cuarto de la Ley de Caducidad; que si se pagará la deuda externa como hasta ahora o el país se alineará con Argentina; que cómo será el relacionamiento entre el gobierno progresista y los sindicatos; que cuál será la política cultural de la izquierda; que si Lagos, Lula, Chávez o Kirchner; que qué van a hacer con las empresas públicas, etcétera, etcétera.

Pero nadie se pregunta qué harán ellos, los sabios y experientes políticos de los partidos tradicionales, en caso de acceder –una vez más– al gobierno. «Â¡Pero qué nos vamos a andar preguntando si sabemos de sobra lo que harán!», me dice mi amigo Mendieta con su escepticismo visceral. Sin embargo, como soy panglossianamente optimista, tengo la secreta esperanza de que ofrezcan algo nuevo, audaz y creíble a la vez.

Por eso me propuse indagar un poco y salí, libreta en mano, a recoger las ideas fundamentales que aplicarían los presidenciables colorados y blancos en la hipótesis de que uno de ellos gane el balotaje de noviembre.

Lo que sigue es un resumen del resultado de mis indagaciones.

En cuanto a las investigaciones sobre terrorismo de Estado, las novedades son las siguientes. Un alto dirigente forista me dijo que no hay que tener ojos en la nuca, mientras un herrerista me aseguró que el tema estaba laudado con la Ley de Caducidad. Tales afirmaciones me tranquilizaron, por lo que no insistí en más detalles.

Los intereses de la deuda seguirán pagándose puntual y escrupulosamente, no como ese comunista de Kirchner; respecto del Mercosur, puedo asegurar que el país se mantendrá en el bloque pero no mucho, porque está el proyecto de realizar jugosos acuerdos comerciales con Albania.

La política cultural se orientará a preservar los valores de nuestra nacionalidad y a promover la música vernácula mediante subsidios a grupos de cumbia. Los textos que cantan las murgas serán depurados de groserías y se estimulará la emisión de programas televisivos de alto contenido moral tales como el de Tinelli y Hola Su. Estatuas vivientes, malabaristas, artesanos barbados y pelilargos serán perseguidos sin tregua y remplazados por personajes de Walt Disney.

Las empresas públicas dejarán de ser tales y se convertirán en empresas privadas derecho viejo. Previamente, se procurará que las mismas se vuelvan totalmente ineficientes (más de lo que lo son) y que sus tarifas sean inabordables, de modo que no haya oposición a la venta y que ésta se realice de manera expeditiva y a un precio tentador para el comprador.

Se mantendrá una política tributaria que apunte a fomentar la inversión y alivie de cargas a los empresarios capitalistas, esos héroes salvadores que impulsarán el desarrollo y el bienestar económico, pues –como cualquiera sabe– la doctrina que sirve de inspiración al equipo económico sostiene que es preciso satisfacer el afán de lucro de la iniciativa privada. Siguiendo con este criterio de una política impositiva al servicio del desarrollo, estoy en condiciones de adelantar una primicia que denota la creatividad de los candidatos tradicionales. Se ha encontrado la solución al problema de la pobreza: como forma de erradicarla –y al tiempo que se exonera de impuestos a los ricos– se impondrá un tributo a todos aquellos cuyos ingresos sean inferiores a cinco mil pesos. ¿Qué tal? No me diga que no es una propuesta revolucionaria… De ese modo, ¿quién no saldrá como estampida a conseguir un laburo mejor remunerado con tal de no pagar el impuesto a la pobreza? También sé que alguien propuso gravar el desempleo para estimular a los desocupados a abandonar el ocio y salir a trabajar, pero advirtieron a tiempo que el dicho impuesto es impracticable debido a las obvias dificultades que ofrecería su percepción.

En fin, no son éstas sino algunas de las iniciativas que se proponen llevar adelante los candidatos de los partidos de la patria. ¡El porvenir es nuestro! *

 

(*) Periodista

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