El adiós de hombres y potros

Culminó ayer la Semana Criolla y con ella cientos de trabajadores rurales volverán a sus pagos, algunos cantando glorias y con el cinto «buchón» de patacones y otros con las marcas de los golpazos y revolcones en el pasto a causa de la fiereza de la bagualada.

Retornarán también los potros al campo abierto, algunos de ellos muy castigados por el paisanaje y otros no tanto, en la paleta llevarán varios las marcas de las nazarenas de los jinetes y quizás hasta muchos hayan perdido hasta la última de las crinas ante la desesperación de los paisanos por aguantárseles en el lomo agarrándose de donde pudieran.

Los potros como los hombres retornarán unos victoriosos y otros derrotados, pero en sus pagos, lejos del asfalto y el hollín de la capital, el encuentro entre ambos continuará. No ya para el aplauso de la gente ni para el casi circo del ruedo, sino simplemente para la cotidianidad de la supervivencia. Mancomunados los dos en un destino que se parece mucho entre uno y otro, porque después de todo nada más que en la capital hay una semana criolla. En el resto del territorio, en el país rural que a pesar de todo sobrevive, todo el año es criollo, aunque asomen algunas antenas parabólicas entre los rancheríos y los galpones, y algunos capataces recorran los potreros en una cuatro por cuatro y no en un pingo moro, como era el lujo hasta no hace mucho. De todas formas, mientras lentamente los galpones de la rural del Prado van quedando vacíos y los últimos relinchos de la potrada se escuchan en los corrales, en el aire mezclado con el humo de los últimos fogones, anda rondando una copla improvisada por algún payador trasnochado imaginando desde ya un regreso para cuando otra vez, el año que viene, en el asfalto y el hollín capitalino vuelva a sonar la campana del Prado y desde los palenques salgan bramando los baguales tratando se sacarse de encima a los jinetes, otra vez, como ayer mismo, como siempre. Porque después de todo, la jineteada no es otra cosa sencillamente que una versión vernácula de la eterna lucha entre opresores y oprimidos.

Quizás por eso, por más que se admire y aplauda la destreza y el coraje de los hombres, hay muchos que no pueden dejar de aplaudir y celebrar la bravura de los potros para sacarse de encima al jinete que pretende doblegarlos. *

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