Entre la fe y el sabor
Los uruguayos a pesar de ser un pueblo de tradiciones gastronómicas carnívoras, cuando los almanaques indican el advenimiento de esta semana, más allá de las creencias religiosas, culturalmente hemos incorporado el consumo de pescados y mariscos, con profundas influencias mediterráneas, producto de las nutridas corrientes de inmigrantes europeos que llegaron a nuestro territorio y asentaron en él.
Aunque muy lejos están ya aquellos potajes de vigilia preparados en abundantes ollas con bacalao noruego, llegado en cajas de madera en las bodegas de los barcos de carga, paprikas picantes españoles, azafrán en rama, aceites de oliva italianos, y criollísimos garbanzos, o quizás aquellas empanadas gallegas con centollas, mariscos, azafrán y unos buenos «chatos» de manzanilla fresca española para acompañarlas, de todas formas los orientales de hoy, aprendimos a deleitarnos con el cazón industria nacional, las corvinas negras a la parrilla, y hasta algunas majuguitas crocantes para acompañar rozagantes vasos de sangre de Cristo en una especie de gastronómica y ritual comunión.
A veces hasta nos animamos a algunas «paellas» acriolladas, en las que además de los pescados y los mariscos, suelen caer en la olla algunos otros «bichos» como conejos, liebres y hasta alguna bataraza.
Este año se duplicó, según se afirma, el consumo de pescados y mariscos en la Vigilia Pascual por parte del consumidor criollo, lo que demuestra efectivamente que el paladar no es una cuestión solamente de fe. Por lo pronto, nada se ha dicho sobre una duplicación de las vocaciones. *
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