La trompa del elefante
Al cronista, el elefante del circo le impactó siempre. ¿Cómo era posible que esa mole de músculo, acatara las órdenes del diminuto domador, aún cuando éste le forzara a lo inaudito? Cuarenta años después la pregunta continúa: ¿cómo es posible?
Cierto es que los elefantes del circo son unos privilegiados casi, comparados con el mundo. Así lo avalan, las miras de los cazadores furtivos dispuestos a ganarse los 10.000 dólares que hoy valen en el mercado negro un par de colmillos, aún cuando el elefante esté en la más protegida reservación africana. Así lo avalan las atrocidades que se cometen en toda India, con estos infatigables trabajadores a la hora de talar selvas. Así lo avalan los elefantes en los zoológicos, condenados desde a símiles plásticos de la selva en los más modernos, pasando por los opiáceos «Villa Dolores» que aún existen, a zoos aún más anticuados e inhóspitos. Así, desde aquellos elefantes que se empleaban en el medioevo oriental, para ejecutar condenados cargando toda su mole sobre una pata delantera que debía apoyar sobre la cabeza del condenado yacente, a los actuales, que bailan una rumba para el cine, todos han sido victimizados. Para su placer, el hombre moderno, ha obligado al mayor mamífero terrestre a hacer ridiculeces que hagan reír a sus hijos. Curiosamente, es el mismo hombre que se aterroriza de pisar un perro con su auto, evita comer carne «que haya sufrido», y hasta rezongue a los niños que apedrean el gato del vecino.
El circo Bremer no tiene elefantes. *
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