Manifestaciones ante el circo, junto al Estadio, exigen abolir uso de animales
En medio del silencio expectante en plena pista del circo, la prueba abre las bocas atónitas de filas de niños, y el redoblante, atruena vertiginoso. Al redoblar ensordecedor y único, la espera del momento crucial, y entonces… lo inaudito. Otro redoblante exasperado, fuera de la carpa del circo, atruena a bramar, como si reclamara ser parte de la función. Y aunque la prueba que exigía silencio absoluto, es realizada a la perfección, niños y padres, se preguntan qué es lo que ocurre afuera del circo. Es que a medida que el espectáculo continúa, desde afuera llegan coros, palmas y consignas. Como si una candidatura o reclamo se estuviera gestando a las puertas de lona del circo, aunque las voces no alcanzan a superar los sonidos del espectáculo. A la salida, la «movida» subirá de tono, enfrentando a dos corrientes, una de ellas inédita para Uruguay: por un lado, el circo tradicional; por otro, las nuevas corrientes que promueven boicotear a los circos que emplean animales.
Abriendo el arca
«Es moralmente reprobable hacer sufrir a los animales para divertir a los humanos. Hay mucho que admirar en las demás especies que comparten nuestro planeta. Pero en el circo no aprendemos nada sobre ellas», dice el volante que entrega el grupo de jóvenes ante las vallas metálicas que rodean el predio circense, frente al Estadio Centenario. Bajo la consigna: ¡No a los circos con animales!, reparten volantes, y, de a ratos, corean consignas, a los sones del redoblante.
«El colorido y la parafernalia de los circos distrae la atención sobre el maltrato y abuso de los animales que mantienen cautivos. Si salieran a la luz las atrocidades que se llevan a cabo con los animales en los circos, como las formas de captura, entrenamiento y retiro, inmediatamente perderían todo atractivo», explican los jóvenes. Citando como fuente a la People for Ethical Treatment of Animals, detallan que los animales «son drogados para volverlos más maleables, mientras que a otros se les quitan los dientes. Los trucos que los animales son obligados a hacer, balanceándose sobre pelotas, andando en motos, o parándose sobre las patas traseras, son físicamente dolorosos y totalmente antinaturales. Las herramientas utilizadas en los entrenamientos, como látigos, collares de ahorque y ganchos de metal, confirman esta teoría».
Convocando al público interesado en participar del foro en Internet: [email protected], los manifestantes, apuntan a que «este tipo de actos, no educan al público sobre el comportamiento natural de los animales. En el circo sólo se muestra a los animales como feroces o estúpidos. Cuando los animales ya no sirven para actuar, son confinados en jaulas, vendidos a otros circos, a zoológicos, a cotos de caza privados, como carne exótica, y hasta a laboratorios para experimentar con ellos. Por lo general terminan sus días de la misma forma en que transcurrieron siempre, con dolor y miseria».
Apuntando como misión última, «a abolir los espectáculos con animales, lo que a su vez aumentará la demanda por artistas y actores humanos», convocan a la población a «no visitar circos que utilizan animales: lleva a tu familia sólo a circos libres de crueldad».
Finalmente cabe apuntar que si bien el movimiento es absolutamente original en la materia en el país, el tema ha sido (y sigue siendo) debate en el mundo desarrollado.
Países como Finlandia, Suecia, Noruega, Dinamarca, y últimamente Suiza, han desde prohibido a restringido de forma severa, la utilización de animales con fines circenses. En otros países, como el caso de Inglaterra, los condados niegan cada vez más los permisos para el uso de tierras públicas, donde generalmente se asientan carpas y caravanas.
Otra visión del arca
«En mi país la gente hace manifestaciones por falta de trabajo, contra las drogas, por el sida, por muchas cosas: pero jamás tuvimos en Brasil, una «manga» como ésta», asegura, mientras, con cara de asombro atisba detrás de la lona de la carpa. Al rayo del sol, los manifestantes redoblan sus cánticos en favor de los animales: sólo un par de camellos «asiente» a las pancartas. O simplemente, rumia.
«Me llamo Ismar Bremer, soy uno de los dueños. Cuarta generación de familia de circo en Brasil. Aquí trabajamos de abuelos a nietos, más un montón de primos, sobrinos, cuñados y ainda mais«, se presenta. Aunque el reclamo le indigna, y pone obviamente nervioso, afronta el diálogo coloquialmente, con respuestas breves, y en todo caso, razonables.
«Primero quiero decir que el viernes, cuando abrimos el circo, invitamos a los manifestantes a conocer las instalaciones, ver cómo hacemos las cosas, y evitar confusiones. Nos dijeron que no, en todo momento. Así que no contamos nuestra versión, nadie nos escuchó», asegura.
«Segundo, es que todos los animales nacieron en el circo». Con esta lacónica frase, abre su arca laboral: 6 tigresas, 2 camellos, 4 monos, 6 llamas, 10 ponnies, y algunos caballos.
«Ninguno de ellos podría ser dejado en libertad, porque al nacer en el circo es lo único que conocen. La acusación es que maltratamos a los animales para entrenarlos. Es ridículo: los animales tienen muchísimo de humano, es decir, si unos los castiga, los atormenta para que aprendan, no aprenden nada. Además que en el caso de algunos animales, el resentimiento generado, podría acabar de manera fatal para el entrenador».
Acerca de las formas en que asegura son entrenados los animales, señala que dependiendo de la especie, el aprendizaje comienza entre el año y los dos de vida. Cada animal tiene un guía humano, que lo acompaña, mientras el entrenador da las órdenes pertinentes. El guía «ayuda» al animal a no equivocarse, hasta que aprende de qué se trata, entonces lo premian con alguna golosina. Por repetición, afirman, los trucos se aprenden.
«Es así: si debiera hacerlo asustado, ningún animal lo haría. Es imposible, si se le pega a un animal, que aprenda algo complicado», enfatiza Ismar.
En cuanto a los látigos, afirma que «son parte del espectáculo en algo absolutamente diferente que el castigo: los chasquidos del látigo en el suelo, son señales claras para el animal de qué hacer, y de cuál es el momento de hacerlo. Jamás verán en el circo pegar a un animal con el látigo, eso lo asustaría y las consecuencias podrían ser absolutamente diferentes a las deseadas».
Asegura finalmente que el circo cuenta con todos los permisos internacionales en la materia, así como la documentación adecuada para trabajar en Montevideo. «Estos animales nacieron todos en circo: si no fuera así el Instituto Brasileño de Medio Ambiente, los hubiera decomisado hace mucho tiempo», concluye, invitando al público a concurrir a » este circo de la familia Bremer, donde pueden estar seguros ningún animal es, ni ha sido, castigado».
Por último y en relación a la tradicional afirmación popular de que «cuándo llega el circo, se acaban los gatos», el representante en Uruguay del circo descarta de plano la versión e invita a consultar en determinados comercios del barrio La Blanqueada. Juan J. Vercellotti, asegura: «Compramos en carnicerías del barrio, aunque también en algún frigorífico que nos informa de algún animal descartado, de uso para nosotros. Para los demás, compramos forraje». El representante invitó a LA REPUBLICA a recorrer las instalaciones, a fin de verificar los espacios vitales en que viven los animales. En todos los casos eran mayores a los denunciados por los manifestantes, pero a los ojos de cualquiera, insuficientes para pasar así toda la vida. *
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